alexis ravelo

"Tenemos discursos iguales a los de antes y después de la guerra"

  • El escritor canario publica con Siruela 'Los milagros prohibidos', donde relata algunos de los aspectos más desconocidos de la Guerra Civil.

El escritor canario Alexis Ravelo. El escritor canario Alexis Ravelo.

El escritor canario Alexis Ravelo. / chiqui garcía

-¿Es desconocida la Semana Roja de La Palma fuera de las islas o es pecado peninsular?

-La Semana Roja era algo que se nombraba de manera genérica para referirse a los "alzados", pero tampoco en La Palma se sabía mucho más. Salvador González Vázquez y Alfredo Mederos empezaron a investigar aquellos sucesos hace unos años, con los archivos de la causa general y documentos periodísticos de la época. Y, sobre todo, Salvador pudo recoger algunos testimonios, lo que nosotros llamamos "la memoria chica", y pudieron difundir a través de sus monográficos un conocimiento más riguroso sobre estos hechos, prácticamente desconocidos.

-¿Hubo peculiaridades insulares en la Guerra Civil?

-Franco era capitán general de Canarias en ese momento. Nos dice mucho de cómo se vivía la situación fuera de la metrópoli, y de la dificultad de las comunicaciones en la época, el hecho de que La Palma pudiera mantenerse republicana porque un telegrafista delegado del Gobierno interceptó el mensaje -en un ejercicio de lo que ahora llamamos posverdad, ni los alzados fueron los que se alzaron, ni la Semana Roja se llamó así por la sangre vertida-. La historia de Los milagros prohibidos refleja, en personas muy concretas, el pequeño microcosmos de lo que pudo ocurrir en España en ese momento. A pequeña escala, La Palma tenía absolutamente todos los ingredientes que participaron en ese momento.

-Ese microcosmos recoge también una características particular de nuestra guerra: su utilidad a la hora de arreglar odios personales.

-Los golpistas azuzaron conscientemente las rencillas que conocían entre las clases más bajas. Esos verdugos también son víctimas de esa situación. Floro El Hurón es un verdugo, asesino, mala persona, pero es víctima, primero, de sus bajos instintos y de esa educación patriarcal, y todo ese odio, ignorancia y rabia son instrumentalizados por los dirigentes a quienes sirven. A Álvaro Luján, que promueve la Falange le mueve muy bien la rabia de Floro.

-Precisamente, el terrateniente tiene un discurso de autojustificación que perfectamente se podría traducir a la época actual.

-"Yo lo entiendo todo -dice- siempre que se respeten la propiedad privada, la religión y las buenas costumbres, en ese orden, me da lo mismo". Una de las cosas que me preocupan es que algunos discursos y argumentarios de momentos previos o posteriores a la guerra, los exponen hoy en día algunos envueltos, con un discurso casi calcado a ese argumentario de espíritu de reconciliación nacional de los años 40. Al margen de lo literario, escribir tiene ha de tener como meta proporcionar preguntas y mover a la reflexión. Todo el discurso de Álvaro Luján está escrito íntegro (aparte de la metáfora con unas hojas de tabaco) tras leer algunos artículos de la época. La República empieza a molestar a los círculos reaccionarios cuando pierden las elecciones, y es entonces cuando vuelven a sentir la tentación que habían tenido siempre: la de saltarse el orden y recuperar un poder que consideraban legítimo.

-¿Qué papel cumplió la presencia británica en las islas?

-Los ingleses siempre han tenido un peso importante en Canarias, hasta el punto de que influyeron hasta en el lenguaje: tenemos un tipo de cuchillo al que llamamos naifer, o un tipo de patata que es la quinegua, por King Edward, por ejemplo. Los británicos tenían las islas como puerto importante en su comercio con África y con las colonias. Y precisamente por eso, propiciaron el desarrollo de infraestructuras, puertos, carreteras, almacenes... Cuando estalla la guerra, muchas empresas europea, aunque parecen no posicionarse, dotan de medios al bando golpista.

-¿La insularidad conllevaba especial impunidad?

-Al principio, fue casi lo contrario: hubo un cierto intento de no hacerle daño al vecino. Es la influencia externa la que propicia que la situación se desborde y comience una espiral violentísima de ejecuciones y torturas.

-Pueblo chico, infierno grande.

-Como ocurrió en toda España. Los ejecutores fueron muy crueles, no perdonaron y se acordaron muy bien de quién no estaba en su bando. En fin, en todo el país, sólo que aquí con la dificultad añadida de ir a otro sitio y empezar una nueva vida. Aparte de que las carestías fueron también bastante mayores que en la Península. Se dio una larga oleada de emigración ilegal a Venezuela, en el 46-7, con historias dantescas. Por supuesto, también hubo historias de topos.

-"Los hombres hacen la historia -afirma en un momento de la historia-; las mujeres, la sufren".

-Al ver los documentos sobre los hechos que ocurrieron, se ve que los alzados y verdugos eran hombres, claro. Pero las redes de apoyo no hubieran podido existir sin las mujeres, y había además madres, hijas, novias... Hay autores que analizan la violencia y la agresión como un fenómeno eminentemente masculino, en contraste con nuestro modo femenino de ver la sociedad, donde puedes esperar más diálogo y solidaridad. E intentado mostrar también esa otra parte de la historia.

-Y España sigue siendo, desde luego, esa país donde Dios está del lado de los mediocres.

-El 'Vivan las caenas' nuestro de siempre. Eso continuará siendo así, pero al menos nos queda la prerrogativa de poder decirlo. Nosotros siempre decimos que Canarias cometió dos errores históricos: no dejar salir a Nelson y dejar entrar a Franco.

-Siempre me ha sorprendido de nuestra guerra el largo ensañamiento en la humillación.

-Y justo en ese momento, en la posguerra, en el que se propagaba el falso espíritu de la reconciliación es cuando había más ensañamiento, más crueldad, más aislamiento social hacia las personas que habían estado en bando perdedor y su familia. Qué es ser hijo de rojo lo contó Vázquez Montalbán muy bien. Y los hijos de los vencedores fueron educados, además, para despreciar y aislar a los otros.

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