Una historia de seducción

  • Anagrama publica 'Porque la vida no basta', retrato de Miquel Barceló escrito por Michael Damiano, un joven estudiante que quedó fascinado por una de las figuras más controvertidas del arte.

Porque la vida no basta. Encuentros con Miquel Barceló. Michael Damiano. Anagrama. Barcelona, 2012. 344 páginas. 21,90 euros.

Michael Damiano llevaba años admirando a Miquel Barceló y para cuando había pasado más de un año ya estudiando pormenorizadamente la vida y la obra del mallorquín gracias a una beca de la Universidad de Georgetown, entonces se encontró con algo que le fascinó mucho más y con frecuencia de manera desconcertante: el propio Miquel Barceló. Ocurrió a finales de 2008, durante la inauguración de la polémica cúpula en la sede de la ONU en Ginebra.

El artista debió de ver o intuir entonces algo en aquel estudiante decididamente arrojado o, con esa autoconciencia de la Historia del Arte que parece siempre pesar tanto para él, tenía ganas de jugar (meses después compararía, todo indica que sólo medio en broma, la relación de ambos con la de Mark Rothko y la crítica de arte Dore Ashton), o simplemente decidió que aquel recién llegado, en principio totalmente ajeno al cinismo, a las pequeñas y grandes miserias de los circuitos internacionales del arte consagrado, representaba una buena oportunidad para dejar fluir su esquinado narcisismo, pero también un relato sincero acerca de sí mismo y de su carrera triunfal; el caso es que fue el propio Barceló quien no sólo le abrió las puertas de su taller y de su casa en París, sino que además se ofreció a ponerlo en contacto con amigos y colegas, familiares y ex amantes, viejos cómplices e incluso enemigos orillados en algún momento a lo largo del camino.

"El acceso al objeto de mi libro no pudo ser mejor, pero a ratos nuestra cercanía también complicó mi trabajo. Barceló es un seductor, en todos los sentidos. La mayoría de cuantas personas tienen relación con él acaban aspirando a más de lo que reciben de él, y quienes se encuentran a su alrededor siempre quisieran más tiempo, más atención, más afecto, y yo no fui la excepción", escribe Michael Damiano (Nueva York, 1986) en las primeras páginas de Porque la vida no basta, el extrañamente magnético retrato resultante de esa inesperada relación de amistad. "Descubrí poco a poco -añade más adelante- a un personaje complejo, contradictorio, de enorme generosidad y a la vez de gran egoísmo, con un lado cariñoso y un lado peligroso. Llegué a admirar a Miquel a pesar de que averigüé cosas de él que preferiría ignorar".

El libro no es exactamente brillante ni redondo, estilísticamente es discreto y a veces hasta un punto torpe o rígido (debido, quizás, a que el autor lo escribió directamente en español, en vez de en su lengua materna); ni oculta nunca -como el propio autor admite de entrada- esa poderosa corriente de simpatía por el personaje que se propone retratar, como tampoco esa sensación de sorpresa, ingenuidad y deslumbramiento de quien ha sido invitado a una fiesta privilegiada cuando tan sólo contaba con espiarla desde fuera, a través de un reducido ángulo en la ventana. Pero sobre esa honestidad, sobre ese entusiasmo verdaderamente contagioso y que evita, por paradójico que se antoje, el plúmbeo tono hagiográfico, incluso sobre las mismas imperfecciones de su prosa, crece esta aproximación a uno de los artistas españoles más admirados (y cotizados) en todo el mundo, uno de esos creadores que en los años 80, como ocurrió en Estados Unidos con Jean-Michel Basquiat, gozaron de fama y reputación de estrellas misteriosas y salvajes del pop, casi de celebridades per se.

En un orden cronológico que en cualquier caso no evita cierta impresión de retrato cubista, fragmentado, poliédrico y de transiciones lógicas pero sutilmente violentas, Damiano logra no sólo trazar los contornos del hombre con despreocupada hondura y riqueza de claroscuros (no obstante más esbozados que explorados a fondo, como la agria y altiva ruptura del artista con la mayoría de su entorno en la Palma de los 70, cuando muchas voces lo acusaron de traicionar abruptamente sus principios fuera-de-la-ley, anárquicos y radicalmente anticomerciales, en cuanto vio posibilidad de ingresar en el circuito institucional de galerías y museos públicos; o la profunda frustración que representó para él, y lo sigue haciendo en cierto modo, el hecho de no conquistar plenamente el mercado estadounidense, lo que sí ocurrió casi desde el primer momento y categóricamente con el europeo). El libro consigue también -sobre todo- familiarizar al lector con el artista, y lo hace sin esa tantas veces molesta prosa llena de sobreentendidos de la retórica de la crítica de arte.

Y es que no en vano el autor no es crítico de arte, sino un lector, una persona joven y curiosa con una sensibilidad especialmente abierta hacia el arte en general y hacia el de Barceló en particular, por lo que su acercamiento al mismo es no tanto conceptual, ni mucho menos académico, como sencillo, meridiano y sensorial, por momentos -como en el capítulo dedicado a los viajes del artista a Mali y a la etapa africana, sin duda de los más sobresalientes y potentes del libro- con un espíritu casi impresionista. Damiano describe los procesos muchas veces minuciosamente, y en esa minuciosidad muestra a un hombre peleando literalmente hasta el sudor con los materiales, pensando y escribiendo -Miquel Barceló es un lector fino y voraz, queda probado tras la lectura de este libro, y en los fragmentos que se reproducen de sus diarios personales hay relámpagos de una inteligencia sintética, audaz, irónica y casi siempre cruda consigo mismo-; lo muestra trabajando, viviendo, no como un portador del fuego sagrado instalado en esferas abstractas e inalcanzables.

El arte aquí es terrenal: sublime porque es terrenal, y una vez aclarado este punto de partida, Damiano pasa a demorarse en el impacto emocional de estos trabajos del hombre. "Con su pintura crea algo nuevo, vivo y real que nunca ha existido hasta entonces. La conclusión de la obra es un nacimiento (...) La idea fundamental es que Miquel no crea una imagen, una reproducción, y por ello no busca la verosimilitud; lo que crea es una esencia", escribe el autor en Gogolí, el remoto pueblo de Mali donde Barceló se compró hace años una casa al pie de un precipicio, desde donde el paisaje, dice el escritor, parece un cuadro suyo o una acuarela, "el Sahel virgen e interminable y el enigmático paisaje de arena con escasa vegetación" confundiéndose con una de esas obras del artista "en las que apenas se pueden distinguir los objetos de la sombra".

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