El hombre de Baker Street

  • Akal publica un volumen editado por el erudito holmesiano Leslie S. Klinger, que juega con la muy extendida idea de la existencia real del legendario detective.

Sherlock Holmes anotado. Relatos II. Arthur Conan Doyle. Edición y notas, Leslie S. Klinger. Trad. Lucía Márquez de la Plata. Akal. Madrid, 2011. 912 páginas. 60 euros.

En 1886 ocurren en Londres dos sucesos de singular importancia, cuyo influjo en la imaginación popular alcanzará cotas extraordinarias. En el plazo de unos meses, la metrópoli victoriana acudirá al nacimiento de Sherlock Holmes y al monstruoso bautismo de Jack el Destripador en los suburbios de Whitechapel. Pocas veces nos es dado contemplar, en tan breve tiempo y en las mismas calles, el círculo completo de un fenómeno histórico. Lo cierto, sin embargo, es que ambos personajes representan las facetas opuestas de la criminología moderna. Holmes, con su infalible método inductivo; el ominoso Jack, con su asombrosa astucia para alumbrar, amparado por el vasto anonimato de la ciudad, un crimen aleatorio y brutal, nunca visto hasta entonces.

Llegados aquí, el lector argüirá, con razón, que Holmes es sólo un personaje literario, mientras que el misterioso Destripador fue una realidad tan enigmática y esquiva como terrible. No obstante, es aquí donde, sin lugar a dudas, se equivoca. Para miles de hombres y mujeres de aquel Londres finisecular, el habitante del 221b de Baker Street fue una realidad tan benéfica e indiscutible como la reina Victoria. Y en cualquier caso, mucho más próxima y fiable que las remotas colonias del Oriente. Fueron miles las cartas que se recibieron en la redacción del Strand Magazine tras la falsa muerte de Holmes en El problema final de 1893. Y, de otra parte, es muy célebre la frase que su madre le escribe a Conan Doyle, temiendo por la integridad del detective: “Te cuidarás muy mucho de causarle mal alguno a una persona tan simpática y agradable como el señor Holmes”. De este modo se demuestra la asombrosa confusión entre literatura y vida que se operó en la figura, colosal e infalible, de Sherlock Holmes, de igual modo que el Destripador se ha convertido, desde aquel año de 1886, en el eje de todo tipo de fabulaciones y complots, la mayoría inverosímiles, que aún hoy se investigan. De hecho, Doyle, cuando leyó las cartas del Destripador enviadas a Scotland Yard, insinuó la nacionalidad estadounidense del asesino. Y es esa, precisamente, la tesis que mantienen Evans y Gainey en The lodger (El inquilino), señalando como probable Destripador al doctor Francis Tumblety, un ginecólogo de ultramar que fue detenido por aquellos días y que estuvo implicado de algún modo en el asesinato de Lincoln.

En efecto, Doyle quiso acabar con Holmes, cansado de su celebridad, devorado por el éxito de su criatura, y para ello lo hizo desaparecer en las cataratas de Reichenbach, tras un violento combate con el profesor Moriarty. Pero el clamor popular, las esperanzas suscitadas por aquella mente implacable, le obligaron a devolverlo a la vida en 1903, ayudado –ay– por un sustancioso contrato. Todos los relatos publicados desde entonces, desde La aventura de la casa deshabitada hasta La aventura de Shoscombe Old Place, publicada en 1927, son los que se recogen en este espléndido volumen. Un volumen, editado por el erudito holmesiano Leslie S. Klinger, que incluye, no sólo una gran cantidad de notas e informaciones sobre Holmes y su tiempo, sino que además juega con la idea, muy extendida como hemos visto, de la existencia real de Sherlock Holmes. Así, a los apéndices sobre vampiros, huellas dactilares, ángulos de tiro, etcétera, se unen los inagotables debates sobre la biografía de Holmes y Watson, y las numerosas especulaciones acerca del carácter y aficiones de cada cual, que Doyle fue desgranando en los tres volúmenes que aquí se recogen: El regreso de Sherlock Holmes, Su último saludo y El archivo de Sherlock Holmes.

Por qué Holmes, sin embargo, se convirtió en un mito, en una realidad maciza, incontestable, heroica, de cuya existencia no dudaron millares de personas en todo el globo. Si volvemos la vista a los crímenes de Whitechapel, veremos que la pavorosa inteligencia del Destripador bordeó conscientemente las técnicas policiales hasta convertirse en un matarife invisible, con la violencia fulminante de un dios antiguo. Sus cartas al inspector Abberline así lo demuestran. Holmes, no obstante, venía a demostrar lo contrario: es posible descifrar el mundo, es fácil determinar, con el cerebro adecuado, la autoría y los crímenes de una bestia esquiva. La historia nos enseña que venció el Destripador. Pero también nos dice que los hombres soñaron con la pericia de Holmes, con su deslumbrante justicia, con la posibilidad de capturar al diablo.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios