La huella del genio

  • 'Saturno y la melancolia'. R. Klibansky, F. Saxl y E. Panofsky. Trad. Mª Luisa Balseiro. Alianza. Madrid. 2012. 427 págs. 38,90 euros.

Alianza vuelve a editar Saturno y la melancolia, obra esencial de la Historia del Arte que continúa, en buena medida, las investigaciones de Warburg sobre la pervivencia del paganismo en la modernidad europea. Saturno y la melancolía fue, en principio, un ensayo de Saxl y Panosfky sobre el grabado Melancolía I de Durero, publicado en 1923. Sin embargo, el éxito del texto, su inclusión en un proyecto más ambicioso y los avatares de la II Guerra Mundial, impidieron que la obra definitiva, ya con Klibansky entre los autores, viera la luz hasta 1968, cuando se publica en Londres. Esta versión de 1989 incluye algunos añadidos de Klibansky, actualizaciones bibliográficas y ciertas precisiones sobre la melancolía en Cranach. Por lo demás, esta obra colosal, escrita a seis manos, mantiene intactos su vigor y su limpieza argumental, y cuyo trasfondo último es una cuestión suscitada por Aristóteles en su Problema XXXI; esto es, la estrecha relación entre el genio y el carácter melancólico.

Saturno y la melancolía es así una obra de historia cultural (como gustaba de llamarlas Warburg) y no una mera investigación sobre arte. Aquí se incluyen, pues, los condicionantes religiosos, filosóficos, médicos, astrológicos y de todo orden, que transformaron la melancolía sagrada de Aristóteles, huella privilegiada del hombre eminente, en la más funesta de las enfermedades del medievo (todavía rastreable en el XIX de Goya o en el XVII de Burton). Esta vieja acepción de la melancolía como signo magnífico y terrible de la divinidad es el que asoma, veinte siglos después, en el grabado de Durero, de la mano de Marsilio Ficino y su especulación astrológica. En Cranach, sin embargo, es la melancolía tradicional, demoníaca, influida por Lutero, la que se expresa. De cómo se opera este cambio extraordinario, desde la Hélade del siglo IV a.c. a la Baviera del XVI, trata esta excepcional obra. También, lateralmente, de por qué el XIX escogió la melancolía como su único, como su funesto heraldo.

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