La identidad, ese camuflaje

  • Impedimenta edita 'Caída y auge de Reginald Perrin', deliciosa crónica de la rebelión de un tipo corriente que se encuentra a sí mismo en la adopción de otras personalidades.

Caída y auge de Reginald Perrin. David Nobbs. Traducción de Julia Osuna Aguilar. Impedimenta. Madrid, 2012. 368 páginas. 22,75 euros.

En un pasaje de Caída y auge de Reginald Perrin, la novela de David Nobbs que inspiró una célebre serie televisiva, su protagonista se permite un momento de confidencias con su gato Ponsonby. Perrin, ejecutivo de cuentas en la empresa de postres Lucisol, toma conciencia de su propia insignificancia, de su deriva a una edad en la que él había previsto tener ciertamente más amarradas las circunstancias de su entorno: cuando era joven, admite a su mascota, cuando tenía "una piel de mandril horrible" y "los granos eran los amos del universo" observaba con envidia a los adultos, que le parecían "personas confiadas y respetables", pero, a los cuarenta y seis años, Perrin no se siente "ni confiado ni respetable" y ve a los jóvenes "pavoneándose por ahí... tan seguros de sí mismos, tan confiados... Dan miedo". El sujeto se pregunta si a él y a su generación la vida les ha saltado sin otorgarles el sitio que les correspondía, pero Reggie no se abandona al desánimo, se envalentona y se promete que piensa pelear, que va a hacer que quienes han interpuesto tantos obstáculos en su camino "suden tinta".

Caída y auge de Reginald Perrin, editada en España por Impedimenta, narra así la rebelión de un tipo corriente que un día decide responder con disparatada extravagancia al rostro adusto de la rutina. Los síntomas de su insatisfacción asomarán casi por accidente: empezará llamando hipopótamo a su suegra, se relajará en sus horarios y cogerá un tren más tardío al que acostumbra, desquiciará a los camareros con un menú compuesto únicamente por raviolis, y a sus invitados con una cena en la que decidirá servir alcohol únicamente, y seducirá a su secretaria, con la que siempre se había comportado con recato, antes de desatarse definitivamente en su conferencia A la postre, ¿tenemos los postres que nos merecemos? Esas pequeñas transgresiones colocan a Perrin sobre la pista de otro individuo: su otro yo, ése que se destapa cuando uno se arma de valor y decide abrir la puerta a lo inesperado. "Bueno, de vez en cuando hay que hacer algo impredecible, ¿no te parece?", argumentará Reggie más tarde, de nuevo ante su gato. Quienes hayan visto la producción televisiva ya conocerán cómo evoluciona ese viaje a lo imprevisible: Perrin probará varias identidades tras fingir su suicidio y recobrará la felicidad perdida (y la armonía familiar) haciéndose pasar por otro hombre.

Caída y auge... se convirtió en un clásico de la comedia británica gracias a ese personaje inolvidable, ese hombre desubicado con el que cualquier lector puede identificarse y en el que seguramente Nobbs volcó mucho de sí mismo: hasta el triunfo que le reportó esta novela, a la que seguirían otros títulos centrados también en el mismo héroe, el autor también estaría largo tiempo buscándose, de su empleo como reportero en un diario de Sheffield se recordará como "el periodista más pésimo de la historia de Inglaterra", entregado a la cerveza y a la escritura de obras de teatro. Perrin, en todo caso, no es el único logro de un libro que contiene una galería de secundarios magistrales: ese jefe ridículo que repite siempre las mismas consignas, tan bochornosas como esos sillones de su despacho que provocan el ruido de una pedorreta cuando alguien se sienta en ellos; el médico de la empresa, como Perrin en un declive en el que ya sólo puede pensar "en atletas desnudas"; el cuñado militar, al que el destino había repartido unas cartas terribles, la peor de todas "una pasión, casi irresistible, por las mujeres gordas que sudaban"...

Más allá de las entrañables criaturas que habitan sus páginas, de esos diálogos desopilantes, aparentemente amables pero también cargados de pólvora, la novela propone una reflexión sobre las trampas de la estabilidad. ¿Es más lúcido consagrar tu existencia a una empresa donde la mayor emoción será definir la gama de helados exóticos -Delicia de mango, Sorpresa de kumquat y Marmolado de fresa y lichi, aunque un fallo del ordenador había decidido poco antes que los sabores predilectos eran Sujetalibros, Alemania Oriental y Piedra Pómez- o abandonar el domicilio conyugal en busca de los paisajes que depara el mundo? En una carta a su esposa, Perrin explorará ese parentesco entre el desvarío y la razón. "Un buen día empecé a ver muchas cosas muy claras y aquello fue a coincidir con el comienzo del que supongo que era una especie de crisis nerviosa. Sentía como si me estuviese volviendo cuerdo y loco a la vez, pero sin que las palabras cuerdo y loco tuvieran mucho sentido para mí. Hay pocas que lo tengan: azul, verde, mantequilla, tetera, etc. Incluso hay gente que no distingue el verde del azul y otra que no diferencia la mantequilla de la margarina. Creo que tetera se libra. Nunca he oído de nadie con ceguera instrumental, alguien incapaz de distinguir una tetera de un colador...". Nobbs perfila con exquisita ironía cuanto de irracional hay en la existencia: al fin y al cabo, viene a decirnos, un hombre puede ser más uno mismo si adopta un disfraz. Y quizás no haya que preguntarse demasiado. Como dice Perrin, en esa hilarante conferencia que pronuncia, "el ser humano es el único animal lo suficientemente neurótico para creer que la vida ha de tener un sentido".

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