A una jornada de mar

  • Virginia Woolf evocó a sus padres y la casa de sus vacaciones infantiles en la más vanguardista de sus novelas, atravesada por el drama de la Primera Guerra Mundial

Al faro. Virginia Woolf. Alianza (El libro de bolsillo). Biblioteca Woolf, 240 páginas, 8,50 euros.

St. Ives es un hermoso pueblo inglés que, desde principios del siglo XIX, atrajo hacia su bahía, en la costa norte de Cornualles, a ilustres pintores de marinas como William Turner o James Whistler. Su luz y una vegetación insólitamente mediterránea, sus playas de arena blanca en un país de guijarros, lo convirtieron años después en un irresistible imán para los impresionistas británicos. La propia lejanía de Londres favoreció ese ambiente de libertad creativa y bohemia que pasó a ser destino favorito de poetas y escritores como D. H. Lawrence y Virginia Woolf.

Fue precisamente la autora de Una habitación propia la que alcanzó a convertir en un mito ese mar frente al que transcurrieron todos los veranos de su infancia. La familia de la entonces Adeline Virginia Stephen (Woolf fue su apellido de casada) había encontrado allí una casa de vacaciones con vistas, Talland House, que alquiló ininterrumpidamente entre 1882 y 1894. Los recuerdos de ese paisaje y de esos juegos infantiles en una corte de parientes, amigos paternos y amas de llaves darían forma en 1927 a la más autobiográfica de sus obras, Al faro.

La novela, con fama de oscura y la más experimental entre las suyas por llevar al límite los métodos narrativos y el flujo de conciencia probados dos años antes con La señora Dalloway, convierte en un potente mito literario el faro de Godrevy que los Stephen y sus continuos invitados, entre los que se llegó a contar Henry James, veían desde sus ventanales. La luz de esa torre, alzada en un islote de la bahía para proteger a los barcos de los continuos naufragios, significó para la Woolf tanto una meta inalcanzable como un abrigo contra los sueños rotos y la pérdida de los seres más queridos.

Visitar el faro, como soñaba el pequeño James Ramsay al inicio de este libro, constituía un prodigio "con el que le parecía haber estado soñando durante toda la vida" y del que apenas le separaban una noche y una jornada de mar en esa edad inconsciente a la que es posible creer todavía que, en la vida, "el bien triunfa, la felicidad prevalece y el orden impera".

En la sección central del libro, tal vez las 20 páginas más hermosas de su literatura, la autora nos enfrenta al paso del tiempo, al abandono de las cosas que amamos y, casi de puntillas, a la muerte. Para ello se sirve de la ruina de la casa de verano durante la Primera Guerra Mundial, mostrándonos los goznes herrumbrosos de las puertas, las molduras hinchadas por la humedad del mar, la loza desportillada, el desgarro de los chales y el hueco que deja en las prendas la ausencia de quienes las vistieron, como esa vieja bata gris, ahora apolillada, que usaba para trabajar en el jardín la señora Ramsay, protagonista principal de la obra y en la que Woolf retrata a su madre, Julia, sobrina de la pionera de la fotografía Julia Margaret Cameron.

El argumento de Al faro es tan nimio como desconcertante. Que la versión más divulgada en español haya sido la de Carmen Martín Gaite no cambia las cosas. En esta novela de escasos diálogos prácticamente no pasa nada. Y, sin embargo, asistimos en apenas dos jornadas separadas entre sí por diez años al flujo de la vida y la muerte, de un modo mucho más sincero y turbador que en las otras obras de Virginia inspiradas en St. Ives (Las olas, La habitación de Jacob) y con la torre como único testigo: "Las cosas se estaban pudriendo en los cajones, no se puede dejar todo tirado así. La casa estaba hecha una ruina y un dolor. Tan sólo la ráfaga de luz del faro se colaba en las habitaciones por unos instantes, iluminando la oscuridad del invierno con aquel súbito resplandor que se deslizaba por las camas y las paredes, con aquella mirada impasible sobre las briznas de paja, sobre las golondrinas, las ratas y los cardos. Nadie oponía resistencia a ese rayo de luz, no hallaba eco en nadie".

Antes de ese hemistiquio, antes de que mueran la madre, la hija más bella tras su primer parto y de que la explosión de un obús alcance al joven Andrew (todo lo cual se nos narra en apenas tres líneas y entre paréntesis, como un temblor o un latido), hemos compartido con la familia Ramsay y sus amigos un día de verano en el que se especula con la visita al faro y que culmina en una cena. La tardanza de dos de los invitados, Paul Rayley y Minta Doyle, enturbia la felicidad de la señora Ramsay, empeñada en casarlos. Dotada de una belleza espléndida a sus 50 años, obsesionada por el cuidado familiar hasta el punto de renunciar a su voz interior, la inteligencia emocional de la matriarca contrasta con las manías y obsesiones intelectuales de su temperamental esposo, al que rodean varios discípulos y estudiosos de su obra filosófica así como la pintora Lily Briscoe, en quien es fácil ver varios rasgos y actitudes de la propia Virginia Woolf así como de su hermana, la artista Vanessa Bell.

Al faro no se lee, se siente. Y, por eso, nos parece seguir oyendo los gorjeos de los pájaros y las sirenas de los barcos al cerrar la tercera y última parte, donde los supervivientes regresan a la casa y varios hijos completan, ahora contra su voluntad, esa excursión que ya sólo le interesa al padre. Su afán, al cabo, es realizar un sueño ajeno, el de la difunta esposa, un rostro que seguirá obsesionando a Lily Briscoe hasta que es capaz de completar su retrato y demostrarse a sí misma que el arte es eterno y sólo él sobrevive al cuerpo y su belleza mortal.

Con el tiempo, como adivinó la autora, St. Ives siguió atrayendo a mujeres como Lily y llegó a fundar su propia escuela pictórica. Hoy cuenta incluso con una sede del emporio museístico Tate. De ahí que, cuando hace un par de años, la playa de Godrevy se puso en venta, sonaron las alarmas y volvió a invocarse a la suicida y feminista Virginia, esta vez para la lucha contra la codicia inmobiliaria.

El reto de "conquistar lo que nos falta, recuperar el objeto perdido, conseguir lo inalcanzable" que fue un día para los Ramsay su viaje al faro, resonó de nuevo en Cornualles. Y nada importó entonces que la autora hubiera tomado prestados este paisaje y estos recuerdos para situar su novela finalmente en la isla de Skye, en el archipiélago de las Hébridas, donde, al parecer, como criticaron en su día los airados lectores escoceses, ni crecen los olmos ni florecen las dalias que ella, tan poéticamente, describió en esta cima de la literatura inglesa.

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