Una luz de otro mundo

  • 'Flores de verano'. Tamiki Hara. Trad. Yoko Ogihara y Fernando Cordobés. Impedimenta. Madrid, 2011. 136 páginas. 16,50 euros.

Hace unas semanas, Ignacio F. Garmendia glosaba en estas páginas, con la pulcritud y solvencia acostumbradas, los Cuadernos de Hirosima de Kenzaburo Oé. Cuadernos donde el autor japonés daba noticia, dos décadas más tarde, de las formidables secuelas que la devastación nuclear aún originaba entre los supervivientes. Estas Flores de verano de Tamiki Hara, sin embargo, relatan el antes, el durante y el inmediato después de aquel fulgor inhumano que cambió radicalmente, no sólo el curso de la guerra, sino el propio concepto de Civilización entonces en juego. Bien es cierto que la obra de Oé es de carácter periodístico, mientras que la de Hara es una compilación de tres pequeñas piezas literarias. Hay un matiz crucial, no obstante: Tamiki Hara fue uno de aquellos supervivientes, y en calidad de tal describe lo indescriptible.

Según se nos advierte en el prólogo, las narraciones se ordenan atendiendo a la secuencia temporal de los hechos, y no a su fecha de publicación. Así, Preludio a la aniquilación (1949) precede a Flores de verano (1946) y a De las ruinas (1947). Sea como fuere, en ellas se recoge el paso de un mundo conocido al umbral de un vasto purgatorio. En el hermoso Preludio a la aniquilación, unas colegialas contemplan desde la azotea el paso de los B-29 y se extasían con la belleza metálica de los aviones enemigos. En Flores de verano, el protagonista se encuentra, tras la cegadora tempestad que sigue a la explosión, ante una ciudad devastada, sin apenas edificios, en la que no hay, sin embargo, un solo cráter. En De las ruinas, es ya la incoherencia, el estupor, la premura del superviviente, quien transmite su vacilación a las palabras. Aún así, esas dos imágenes resumen el ominoso ciclo de una era: la fascinación por el brillo y la eficiencia mecánicas; el vértigo ante una destrucción total, inhumana, sin huellas.

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