Una mirada implacable

  • 'Mi hermana y yo'. J.R. Ackerley. Trad. Andrés Barba. Sexto Piso. Barcelona, 2013. 288 páginas. 23 euros.

Quienes no sientan un particular aprecio por la literatura confesional difícilmente gustarán de los libros de Joe Randolph Ackerley, un escritor que llevó el análisis de la propia intimidad a extremos poco frecuentes entre los británicos, proverbialmente elusivos a la hora de tratar de su vida privada. El brillante crítico y editor de The Listener, la revista semanal de la BBC donde acogió a jóvenes talentos como Auden, Spender, Isherwood o Larkin, publicó con éxito unos pocos títulos en vida -entre ellos la novela Vales tu peso en oro (1960) o los libros de memorias Vacación hindú (1932) y Mi perra Tulip (1956)-, pero su obra más celebrada es la póstuma Mi padre y yo (1968), que causó un profundo impacto por la crudeza con la que narraba la doble vida de su progenitor -conocido como "el rey del plátano" por sus actividades en el negocio de la importación- o sus propias experiencias homosexuales.

Inédito hasta ahora en castellano, este otro ensayo autobiográfico apareció también tras la muerte de Ackerley, cuando su albacea Francis King decidió hacer pública una selección de los diarios del escritor. Traducido por Andrés Barba para Sexto Piso, Mi hermana y yo (1982) no es un libro tan redondo como el dedicado a la figura paterna, con el que comparte el rigor analítico y la mirada implacable, pero completa el autorretrato entonces trazado al abordar las relaciones de Ackerley con las que King llama "sus mujeres": su tía Bunny, su hermana Nancy West y la perra Queenie (Tulip), el único ser vivo por el que el despiadado Joe parece haber sentido un afecto incondicional. Como ya vio el novelista E.M. Forster y reitera el propio King, los dos hermanos -a quienes el albacea recuerda en términos conmovedores que contrastan con el tono inmisericorde de los diarios- parecían uno de esos matrimonios que se mantienen unidos "por la fuerza de la obligación, la lástima y el sentimiento de culpa". Inteligente y lúcido como pocos de sus contemporáneos, Ackerley es un escritor extraordinario, aunque ante muchos pasajes el lector no puede evitar sentirse incómodo. Está claro que el impudor no es incompatible con la buena literatura, pero en algunos casos desearíamos no saber tanto.

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