La selva umbría

  • 'Una muerte solitaria'. Craig Johnson. Trad. María Porras Sánchez. Siruela. Madrid, 2013. 310 páginas. 21,95 euros.

Es sabido que la novela policial es una floración urbana. Cuando Poe sitúa a monsieur Dupin en las calles de París, lo hace porque París es el corazón mismo -un corazón industrioso, multitudinario, anónimo- de la modernidad. También cabe decir lo mismo de Holmes y el Londres victoriano que conoce, por aquellos días, el vértigo homicida del Destripador. Cuando el Spade de Hammett atraviese la noche de San Francisco, las grandes megalópolis del XX serán ya el nuevo escenario, el paisaje natural, de un hombre también nuevo. ¿Por qué, entonces estos detectives o policías como el sheriff Walt Longmire, que ejercen su profesión en un paraje desolado e inhóspito de Wyoming?

Una primera explicación sería aquel adanismo de Rousseau, fatigado de la civilización, que nos acucia desde el XVIII. No obstante, esta vuelta a la Edad de Oro debe descartarse por dos motivos: por las pulsiones homicidas que se evidencian en la novela y por una la climatología adversa, poco grata al quehacer humano. Los remotos escenarios de Mankell, de Larsson, de Connolly, de Camillieri, en cierto modo, quizá deban esa soledad a una razón menos obvia, relacionada con el western. Allí, en el borde mismo de la civilización, la ley de la frontera se ha sustituido por la ley del Estado; vale decir, por la ley de la ciudad, por un derecho ajeno a las pistolas. De este modo, el crudo paisaje de Wyoming, o los pueblos hiperbóreos de Mankell, sirven para evidenciar, contra la selva umbría, el frágil equilibrio de la sociabilidad humana. Aún así, esta defensa de la civilidad, del simple confort mecánico y la vida hogareña (el frío es un personaje determinante en esta novela), no puede ser inocente.

Cuando Chateaubriand, en su Atala, invoca el paraíso intocado de los bosques americanos, sabe que está glosando un mundo en extinción. Atala y Chactas, los trágicos amantes indios, serán devorados por la civilización europea. Una civilización que, inevitablemente, llega con ruido de fusilería y cédulas registrales.

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