De libros

Por la verdad final

  • Aitor Saraiba y Paula Bonet firman un libro conjunto en el que palabras e imágenes rinden un apasionado homenaje a la literatura de Roberto Bolaño

Aitor Saraiba (Talavera de la Reina, 1983) y Paula Bonet (Villarreal, Castellón, 1980) se alían en 'Por el olvido'. Aitor Saraiba (Talavera de la Reina, 1983) y Paula Bonet (Villarreal, Castellón, 1980) se alían en 'Por el olvido'.

Aitor Saraiba (Talavera de la Reina, 1983) y Paula Bonet (Villarreal, Castellón, 1980) se alían en 'Por el olvido'. / aitor saraiba

Hay una literatura necesaria en la que el origen, el centro y el destino es el amor, y otra literatura que se hace desde algún otro sitio y que también existe como tal, pero de otra manera. Por el olvido, el volumen escrito por Aitor Saraiba e ilustrado por Paula Bonet, pero construido radicalmente por los dos, es un libro necesario, casi urgente, porque es un libro de dos personas que creen en el amor y en la autolimitación que suponer ir con el otro, acompañar al otro, dejar espacio al otro. Es un ejercicio de esfuerzo por la sencillez y por entender que es en lo cotidiano y en lo cercano donde hallamos las cosas más concretas que nos completan como seres que siguen un camino y aman un camino. Estamos ante una novela que abarca las obsesiones autobiográficas de sus autores, que son las angustias propias de dos personas jóvenes que se encuentran un día y comparten una sumisión común: Roberto Bolaño.

El poeta y narrador chileno, y su ausencia, supone una especie de guía por todas las penumbras y los recovecos luminosos y radicalmente autobiográficos que escribe Saraiba y por todo el contorno que completa Bonet para solidificar esas necesidades en un universo más certero, para ampliar precisamente nuestro espacio y el trasunto de unos avatares que no se resuelven, pero que sí se achantan ante el privilegio de una existencia que ama la luz y el vino, una existencia que ocurre y pasa en un cuarto donde huele a aguarrás y suenan las canciones de Sufjan Stevens o Mariona Aupí. Escribe el autor que su poema favorito de Bolaño es Los años. En los años escribió Bolaño: "Un tipo con una extraña predisposición / a sobrevivir / Un poeta latinoamericano que al llegar la noche / se echa en su jergón y sueña / Un sueño maravilloso / que atraviesa países y años / Un sueño maravilloso / que atraviesa enfermedades y ausencias".

De países y años, de enfermedades y ausencias se sostiene Por el olvido. Escribe Saraiba: "Lloraba por mi amiga Agnés, que luchó por los derechos de los transexuales en un país como México. Lloraba por aquella tarde en un locutorio de Lavapiés donde escuché a Arturo: Han asesinado a Agnés. Y el lector empieza a sospechar que lo que escribe Saraiba puede ser algún texto de Bolaño que el lector no conoce, o que lo ha escrito la propia Bonet, o que la ilustración de ésta realmente la ha realizado el primero, o que Bolaño le ha pedido a la autora de Villarreal que complete que lo él no llegó a decir, y a Saraiba que acabe algo que la enfermedad interrumpió. Y he ahí el milagro de esta novela, ser un laberinto del bien. Ser un territorio de confusión donde los géneros se confunden para, desde esa autolimitación, completarse o anularse. Ambos autores nos ofrecen su intimidad, los momentos más difíciles de estas dos almas que se dicen hermanas y que se cruzan postales desde Ciudad de México, Chile o Barcelona, que nos sirven como válvulas de oxígeno, como formas de debilidad comunitaria para que entendamos que lo único importante es el amor.

"Un tipo que folla y ama y vive aventuras agradables y desagradables cada vez más lejos del punto de partida", insiste Bolaño. Unos tipos, Roberto Bolaño, Paula Bonet, Aitor Saraiba, que follan y aman y viven aventuras agradables y desagradables reinventando los puntos de partida o intercambiándolos por algo quizá mejor como el olvido. A veces el olvido es lo único que importa, como ese verso de Borges que decía algo así como por el olvido, que anula o modifica el pasado, añade el que escribe. Pues eso, por el olvido, porque "qué triste es siempre la perdida de lo que se recuerda", qué triste es el entierro de lo irrecuperable que queremos recuperar, que sólo desean los justos, los que escriben con el cuerpo y con las entrañas, con el deseo de buscar la ausencia de infelicidad en un lugar más o menos amable, con el dolor por la pérdida de los seres queridos o de los seres por querer: lo sublime, recuerda Michel Tournier, nos coloca en una situación de desequilibrio vertiginoso en que se mezclan el placer y el terror. Así lo apunta Saraiba desde Conakry, y lo aborda Bonet quizá desde Blanes: "Desde aquella barca de madera conducida por un señor tuerto y su hijo de nueve años, vi cómo del mar asomaban, entre algas y montañas de basura, una docena de barcos abandonados y anclados en distintos puntos del océano (...) Y allí sentado viendo esta imagen de hasta dónde puede llegar la basura del ser humano pensé en Rimbaud dejándolo todo para desaparecer en África. Pensé en Arturo Belano, que imita sus pasos en Los detectives salvajes. Pensé en las ganas que tenía de desaparecer y no ser encontrado jamás".

Rimbaud escribió que la verdadera vida está ausente. Y ésa es la certidumbre que nos ofrecen estas más de 400 páginas que al recorrerlas y abandonarlas nos dejan esa sensación de tranquilidad a la que aspira la literatura. Uno siente la caricia esencial de sus autores. Uno siente que todo va a ir bien. Bolaño lo dijo mejor en Nocturno en Chile: "La vida es una sucesión de equívocos que nos conducen a la verdad final, la única verdad". Por el olvido.

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