Osasuna-Betis · La Crónica

Sin Beñat se acortan las miras (0-0)

  • El Betis firma su primer empate de la Liga ante un Osasuna vulgar y tembloroso. La ausencia del cerebro vasco agudizó el estilo, más pragmático que valiente, que parece que esgrimirán los de Mel esta temporada.

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Cayó el primer empate de la Liga para el Betis en una plaza donde las tablas siempre fueron un botín apreciable, que Pamplona jamás fue una plaza de conquista fácil. Además, ese punto permite a los verdiblancos asentarse en la zona noble de la clasificación ahora que el campeonato se dispone a soltar amarras, una vez pasados los molestos parones a lo que obligan las selecciones. No obstante, el punto que se trajeron los verdiblancos de Navarra conserva cierto regusto amargo. Osasuna es hoy un equipo tembloroso, cuyas limitaciones empiezan a pesar tanto que ni su proverbial casta le da ya para encastillarse ante los suyos y así sacar la cabeza. 

Fue un puntito, más que un puntazo. Y más que arrancarlo, al Betis le cayó en los pies por pura inercia. La ambición verdiblanca resultó fría como la noche pamplonesa. Quienes se agarren a la lectura positiva, que la hay y bien clara, pueden argumentar que este Betis es más coriáceo y correoso que el del pasado curso, que a la tropa de Mel es hoy más difícil hincarle el diente. Pero los aficionados heliopolitanos que subliman las formas, esos que suelen soñar con las botas blancas de Alfonso, seguro que echan de menos la alegría y el dinamismo que desplegó su Betis en ciertas fases de la pasada temporada.

Ese juego alegre afloró en San Mamés, pero pareció ser un espejismo estival. La principal causa de que el juego haya perdido brillo también empieza por be. De Beñat. Desde esa eclosión en Bilbao, el talentoso manijero vasco ha dedicado más energías a tapar líneas de pase y perseguir contrarios que a hacer lo que mejor hace, distribuir el juego y afilar los ataques. Por eso ha visto cinco tarjetas amarillas en sólo siete jornadas y por eso no compareció ayer sobre la hierba del Reyno de Navarra.

Y el Betis, sin Beñat, es otro Betis. Un Betis compacto, sí, pero que se ensimismó en su seguridad y control de la situación sin mirar más allá. No soltó amarras de verdad.

La puesta en escena prometió mucho más. Fue pitar Velasco Carballo que el balón echara a rodar y los rayados en verde y blanco allá que fueron a apretar lo más arriba. A los dos minutos, Salva Sevilla, que se ubicó entre líneas, unos metros por delante de Cañas y Rubén Pérez, recuperó la pelota con Osasuna saliendo de atrás y envió á Jorge Molina un balón en profundidad que dejó al punta solo ante Andrés Fernández, que quedó entregado a su suerte. Molina optó por la sutileza y picó el balón, que lentamente buscó el palo izquierdo. Con suspense, la pelota se marchó por la línea de fondo, y con ella la posibilidad de disparar aún más los nervios de los jugadores rojillos.

Esa acción, al menos, espoleó el ánimo bético. Nelson y Álex  Martínez se decidieron a desdoblarse con Rubén Castro y Juan Carlos, quienes además empezaron  a correr hacia atrás con generosidad para echar una mano a los laterales en las tareas defensivas. Paulao y Perquis empezaron a marcarle el territorio a Joseba Llorente, que jamás pudo imponer su juego físico. Y el control del partido cayó del lado verdiblanco.   

Como la pelota empezó a circular más en el lado del equipo local, se abrió una vía al gol que para los béticos es más clara desde que llegó Paulao: el balón parado. Así, una falta botada por Salva Sevilla a los nueve minutos estuvo a punto de suponer el primer gol, como ante Espanyol y Real Sociedad, gracias a un cabezazo del gigante brasileño. Esta vez salió desviada la pelota por muy poco.

Ya discurría el partido por donde había soñado Mel. El dúo Puñal-Annan, sin un gramo de fútbol, cedió el timón a Cañas y Rubén Pérez. Jorge Molina maniobraba con éxito de espaldas a la portería, a veces intercambiando su posición con Juan Carlos. Y Rubén Castro completaba ese fútbol de constantes permutas al partir de la banda derecha y sorprender por otras zonas, como en su certero tirazo a la escuadra  izquierda de Andrés Fernández que invalidó el asistente por un fuera de juego justísimo (17').

Esa acción anulada fue un punto de inflexión. Cuando el partido se fue asentando, quienes se pararon demasiado en su posición por delante de los centrales fueron Cañas y Rubén Pérez, que se olvidaron de dar el paso adelante que suele dar... un tal Beñat. Por delante, la inconstancia de Salva Sevilla hizo el resto.

Quedó para el resto del partido un Betis conformista, que se regodeó en su propuesta pragmática y empezó a dar vida a Osasuna. El pálido equipo de Mendilibar se animó por las alas con Álvaro Cejudo y Lamah, quien tuvo un mano a mano ante Adrián en el minuto 39 que salvó, de nuevo, el emergente portero sevillano.    

Nada varió en la segunda parte. Ni siquiera cuando Mel sacó de la banda a Rubén Castro, prescindió de Salva Sevilla y situó de falso extremo a Jonathan Pereira. Por mucho que el canario volviera a donde debe jugar siempre, no le fluyó fútbol desde atrás. Faltaba Beñat. Y sin él, las miras de este Betis se acortan.

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