Mala costumbre ésa (2-1)

  • El Sevilla sigue fiel a su sino y no sólo desaprovecha ante el Sporting una ocasión de ganar fuera sino que, además, pierde. Tras fallar ante el gol, Isma López lo castigó aún más al final.

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El Sevilla es un animal, y que nadie malinterprete este concepto, de costumbre. Se ha habituado a acabar con cara de enfado cada vez que juega fuera de casa y ayer lo volvió a hacer, para no variar, pese a que jugó de una manera muy diferente y tuvo oportunidades clarísimas para conseguir su primer triunfo liguero como forastero de todo el curso. Pero no, parecía imposible que así fuera por la multitud de opciones desaprovechadas ante un Sporting entregado, salvo los minutos que fueron desde el tanto de Iborra hasta el empate con el desvío de Krychowiak a su propia meta. El cuadro de Emery no fue capaz de aprovechar su teórica superioridad y ni siquiera adicionó un punto a su casillero debido al castigo final del tanto de Isma López en una posición más que dudosa.

Fue incluso cruel el desenlace final para los nervionenses, un rejonazo en toda regla después de haberse dejado hasta el último aliento en pos de finiquitar esa paupérrima racha lejos del Ramón Sánchez-Pizjuán. Y que nadie diga que hubo desidia, porque se podrá hablar de desaciertos, de errores delante de Cuéllar y de todas las cuestiones que se quieran, pero los hombres elegidos ayer por Emery se vaciaron completamente en el cada vez más mojado césped de El Molinón y no se guardaron nada, pero nada de nada.

Y encima recibieron el castigo del gol final después de haber desaprovechado durante el segundo periodo no menos de media docena de ocasiones diáfanas para haberse adelantado, algunas con remates incluso y otras que se quedaron sin opción a ello por un mal último pase cuando la situación era ventajosa para los hombres que ayer vestían con una indumentaria tan negra como el resultado final para ellos.

Pero el fútbol es así y para quienes partimos del axioma de ser fieles al resultadismo hay que decir con prontitud que no lo haría tan bien el Sevilla cuando González González registró en el acta un dos a uno favorable a ese Sporting que se quedó sin aire a la media hora y que sólo actuó a base de un quiero y no puedo en pos de buscar la portería de Sergio Rico. Por tanto, el resultado final responde a un par de suertes que en el fútbol son indispensables, cuales son el dominio de las áreas, acertar arriba y proteger en condiciones tu portería.

Ni una cosa ni otra hizo al final al Sevilla, que, ojo, tampoco es que hiciera un fútbol exquisito, aunque sí debió serle suficiente para haber conseguido su primera victoria con holgura incluso de haber tenido algo de acierto en el remate. Sobre todo en ese segundo periodo en el que Fernando Llorente tuvo dos clarísimas ocasiones, una en un mano a mano ante Cuéllar en el que optó por picarle el balón al guardameta y otra cuando llegó antes que éste y en lugar de rematar se tropezó con el balón prácticamente a puerta vacía. Pero no fue el único el riojano, también lo tuvieron fácil para marcar Coke, Iborra y hasta Konoplyanka tanto en un tiro ajustado casi sobre la hora como en una internada en la que nadie lo siguió y fue incapaz de habilitar a uno solo de los cuatro o cinco compañeros que llegaban en disposición de rematar casi a puerta vacía.

Ahí, seguramente, comenzó a mascarse lo que luego sería un disgusto aún mayor, pues no se puede dejar con vida a un adversario que prácticamente se ha quedado sin aire y que ni siquiera es capaz de tener fuerzas para retroceder. Lora dejó por imposible a Konoplyanka en su internada, pero el ucraniano, también muy fatigado, no fue capaz de pararse y otear el horizonte con claridad. Cuando un futbolista pretende ser un crack tiene que hacerlo y no lo hizo. Al contrario, dejó todo en manos de un rebote final, de una jugada aislada, como la que le dio el triunfo al Sporting con Isma López en posición adelantada.

Pero daba igual, el castigo para el Sevilla tenía que llegar de alguna forma y parecía que estaba cantado a pesar de que se puso muy pronto por delante en el marcador en El Molinón. Emery había vuelto a recurrir a la pareja de gigantes formada por Fernando Llorente e Iborra en la delantera y pronto demostraron su superioridad física sobre la defensa asturiana. Una apertura, un pase del delantero centro y el balón lo empalmó Iborra en el segundo palo previo toque en la cabeza de Sergio Álvarez.

Cero a uno y aquello no podía comenzar mejor para el Sevilla. En un terreno de juego bastante rápido por la lluvia, el cuadro visitante sí aparentó mandar durante el primer cuarto de hora, incluida una opción de Konoplyanka, la primera, tras un precioso regate a Lora. Pero el ucraniano parece incapaz de hacer dos acciones positivas consecutivas y disparó para el lucimiento de Cuéllar. Y ahí comenzó a variar el devenir de los acontecimientos, pues los hombres de Emery comenzaron a complicarse, a perder balones con todo a favor y a posibilitar el primer arranque de furia del Sporting.

Claro, cuando un central intenta una bicicleta casi en el campo rival con el marcador cero a uno para su equipo, pues pueda pasar lo que sucedió. Pérdida, salida a la contra de seis contra tres del Sporting y, en el colmo de la desgracia, un despeje hacia su propia portería de Krychowiak. El Sevilla había desaprovechado la oportunidad de jugar con la ansiedad del rival por deméritos propios.

Pero el cuadro de Emery volvió a coger el mando del juego y lo tuvo ya durante todo el partido, pero el fútbol consiste en buenas elecciones, en saber jugarlo y, sobre todo, en convertir en gol las llegadas a la portería contraria. Las tres cosas se echaron en falta en un Sevilla tremendamente superior al Sporting, tal vez porque los nervionenses son un perfecto animal de costumbre. Le han cogido el gusto a no ganar fuera de casa y lo hacen hasta cuando tal vez se acercan más a romper ese sino. Otro disgusto más.


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