Póngale dos rombos

  • El punta del Atlético, espoleado por la impunidad arbitral, deja de lado su fantástico juego para cimentar su éxito en el engaño El brasileño, lejos de ser un icono educacional para los niños

Sevilla y Atlético libraban otro partido no apto para tiernos pipiolos. Fútbol viril, bordeando el reglamento. Pero todos sabían que tarde o temprano brotarían acciones para el sonrojo, jugadas de conducta pandillera en las que el padre no sabe qué decirle al hijo que busca una explicación. En todos y cada uno de los partidos en los que Diego Costa actúa -porque actúa, más que juega, aunque juegue muy bien, por cierto-, está asegurada alguna acción de las que impele a la FIFA a invertir millones en sus campañas por el Fair Play.

Si el Sevilla-Atlético de ayer era para futbolistas de barba cerrada, todo partido en el que tome parte Diego Costa debiera ser clasificado por los canales televisivos como no apto para menores de edad. Son encuentros dignos de que aparezcan en el margen superior derecho de la pantalla los dos rombos de aquellas películas y series, de contenido sangriento o erótico, que programó TVE desde 1962 hasta 1985. Si juega Costa es segura la violencia, la zafiedad (a veces escupitajos, el domingo pasado tocó llevarse la mano a los genitales, en su dedicatoria a la grada, cuando se encaminaba al banquillo) y por supuesto el engaño sistemático. El chico de 24 años se ha creído tanto su papel de malo de la película, que cimenta su juego en qué puede rebañar para su equipo sorteando el reglamento. Flaco favor le han hecho los entrenadores y jugadores que lo querrían "para su equipo". Así no. Ese entrenador que soltó la maquiavélica frase, seguramente, se gasta en torno a 1.000 euros mensuales en un selecto colegio para su hijo. ¿Querrá que su vástago se tome a Diego Costa como icono educacional del deporte? Si es así, que aconseje al hijo que se lleve unas buenas chuletas a los exámenes. Al fin y al cabo, sería coherente con el espíritu del juego que propone Costa: el engaño como forma de vida.

Ante el Sevilla, no hubo acción en la que no buscó la fricción para luego caer al suelo y desplegar sus dotes dramáticas. El momento de éxtasis interpretativo llegó en el tercer acto, cuando tras una pugna por un balón alto con el central Cala, ambos se encararon, frente con frente. Cuando ambas cabezas se juntaron sin apenas fuerza, el brasileño, medio segundo después del impacto, se dejó caer de forma patética. Lanzó el anzuelo para que el castellano-leonés González González picara. Fue una temeridad, ya que unos minutos antes fue amonestado, curiosamente, por una de las acciones menos sucias, ante Kondogbia. La trifulca que originó su artera trampa dio tiempo al colegiado para pensar. Y pensó que mejor escurrir el bulto, evitar ser el foco de los debates nacionales durante días y advertir a ambos jugadores antes que sacar la amarilla, como exigía el reglamento.

González González no se atrevió a expulsar a Diego Costa, que jamás ha sido expulsado en los 54 partidos de Liga que ha jugado en sus dos temporadas en el Atlético de Madrid. Hasta 17 tarjetas amarillas ha provocado el fantástico -cuando se dedica a jugar, es fantástico- delantero a sus contrarios esta temporada. Pero jamás se ha ido a la ducha antes de tiempo. Ello equivale a decir que siempre se salió con la suya. Paradigmático fue su partido de Liga ante el Betis en el Calderón. Los verdiblancos cada vez tenían el partido más de cara. Diego Costa se removía ansioso en el banquillo. Todo cambió cuando saltó al campo. Empezó a sembrar de celadas el partido y algunos béticos cayeron en ellas. El equipo de Mel perdió el norte. Tanto, que Amaya escupió a Costa cuando éste ya había marcado el 1-0. La acción de Amaya fue nauseabunda, pero pidió perdón. ¿Cuándo pedirá perdón el brasileño por su nauseabundo manual?

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