El otro partido

Victorias que soterran temores

  • El gol de Luis Fabiano privó a Jiménez de escuchar sus primeros pitos en Nervión

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Cuando un equipo atascado gana, lo demás está de más. Los tres puntos soterran parcial y temporalmente las carencias conocidas, al menos hasta el próximo partido, pero, sobre todo, mitigan el efecto dañino que las dudas y la desconfianza generan cuando las derrotas ocupan el espacio de las victorias. Anoche, el Sevilla tenía que vencer, estaba casi obligado a ello, porque le urgía sumar para respirar con cierta tranquilidad, para que las preguntas que dejan en el aire quienes ya desconfían de la capacidad de Jiménez no se tornaran peligrosamente en clamor popular.

Al final, el Sevilla ganó, que es lo que cuenta para la que manda, la clasificación, si bien lo hizo a través de un penalti injusto en el descuento de un encuentro atropellado que, perfectamente, podría haber empatado o, por qué no, hasta perdido.

Este equipo no termina de superar la pérdida circunstancial de Keita y Kanoute. Semejante añoranza no debe sorprender a nadie. El juego del Sevilla, aunque en esta ocasión ganara, así lo viene manifestando a gritos desde que ambos marcharan a África. Este conjunto se está malacostumbrando a jugar a base de impulsos, a empujar con mucho ímpetu pero con poco orden, a construir un ataque con muchas prisas pero con escasa elaboración, cuando, precisamente, ése había sido el camino que lo había llevado recientemente a su máximo esplendor.

Recuperar el fútbol no sólo preciosista, sino efectivo, que había hecho suyo el aficionado de Nervión mientras celebraba cinco títulos es la gran reválida de Manolo Jiménez. No es un desafío cualquiera. Justo o injusto, es el requerimiento que escondía el sueño de su vida, con el hándicap adicional del nerviosismo de una hinchada que no se acostumbra a bajar de nivel tan pronto.

El penalti doblemente transformado por Luis Fabiano cuando el empate estaba casi firmado por los contendientes libró a Jiménez de los que, posiblemente, habrían sido sus primeros pitos en contra. Es una de las leyes del deporte, aunque, por encima de ella, está la ley suprema, la del resultado. Esta victoria, en la que tuvo mucho que ver ese futbolista con tintes de revolucionario que es Chevantón, quien se desenvuelve mejor que nadie en el fútbol alocado, le da un respiro al entrenador, una tregua de varios días que deberá ser prolongada el próximo fin de semana en el Colombino.

Sólo las victorias silenciarán las dudas de quienes reclaman el fútbol de antes, y sólo las victorias conducirán hasta la calma que lo propicie.

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