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Por el carril equivocado

  • España deja escapar sus opciones de medalla en ciclismo en ruta, natación, judo y tiro con pistola · Phelps cede su trono en el 400 estilos a Lochte y se queda fuera del podio por primera vez desde Sidney 2000

Los olímpicos españoles embarcaron rumbo a Londres bajo un indisimulado pesimismo acerca de la cosecha de medallas que se podían traer de vuelta. Y la primera jornada de podios no disipa esa nube de fatalismo. Al contrario que hace cuatro años, cuando en la Gran Muralla la sonrisa profidén de Samuel Sánchez activó la ilusión roja y gualda nada más alzarse el telón, esta vez el deporte español cruzó la primera jornada de vacío. Rozó la medalla el bilbaíno Pablo Carrera en la final de pistola de aire 10 metros, también aspiró a encaramarse al podio la Mireia Belmonte en la final de los 400 metros estilos, pero al final todo quedó en esos diplomas que a los ojos del aficionado medio (otra historia es el iniciado en el deporte en cuestión) acaban flotando en la piscina: puro papel mojado.

Esta vez no subió un ciclista español al podio de ciclismo en ruta. Y eso que el quinteto trabajó con intensidad y coordinación hasta meter a tres peones en la escapada definitiva: Alejandro Valverde, Luis León y el joven Jonathan Castroviejo, quien se destapó con una enorme actuación al servicio de los dos primeros. Al final, el entendimiento entre Valverde y León no fue el mejor y una de las opciones de medalla española se estrelló en una cuneta como se estrelló el suizo Cancellara.

Hace doce años, en los Juegos Olímpicos de Sidney, un imberbe de Baltimore de sólo quince años acabó quinto en la final de los 200 metros mariposa. Desde entonces, ese chico se fue colgando una medalla en cada una de las pruebas olímpicas que fue disputando. Así, hasta diecicéis, con 14 oros y dos bronces. Así, hasta ayer. Michael Phelps es tan grande que fue protagonista de la primera gran jornada en Londres... en la derrota. Es lo que tienen los dioses de este Olimpo de los cinco aros. Vuelan en un estrato tan alto, que ya serán grandes en el triunfo y en el fracaso.

Su gloria luce hoy más con el fondo oscuro de su cuarto puesto en la final de los 400 metros estilos, especialidad que está lejos de ser una de sus predilectas. Si Phelps batió al mismísimo Spitz con sus ocho oros en Pekín, fue gracias a su milagrosa final ante el serbio Cavic en los 100 metros mariposa, pero también por su meritorio oro en los 400 estilos. La espalda y sobre todo la braza no están a la altura de su sublime mariposa y su poderoso libre. Por eso Phelps, una vez campeón olímpico, se planteó no volver a prepararse esta especialidad.

Tras Pekín, Ryan Lochte emergió definitivamente por delante de su compatriota. Y el bicampeón mundial confirmó los presagios, avalados por los tiempos de esta temporada, y sólo nadó contra sí mismo desde que se escapó en los dos largos de espalda. ¿A Phelps muerto Lochte puesto? Sería muy atrevido, incluso imprudente afirmarlo. El hombre de las catorce medallas olímpicas de oro (6 en Atenas, 8 en Pekín) se va a retirar con alguna más. Seguro.

Era de suponer que los británicos enfocarían los Juegos con su particular modo de ver la vida y muy pronto, por la mañana, saltó la liebre. A una piscina. Las calles de natación siempre se han numerado de derecha a izquierda. Pero en Gran Bretaña, la numeración se hace de izquierda a derecha. Si allí llevan toda la vida con el volante a la derecha y conduciendo por el carril izquierdo, ¿a quién le iba a extrañar que también adoptaran su particular prisma al zambullirse en el agua? Al parecer, le extrañó al mismísimo Michael Phelps.

La gran turbina que mueve este inmenso mecano que son los Juegos son las gestas de los grandes deportistas. Y hacen falta desde el primer momento. Por eso resultó muy saludable, para el bien general de la magna cita, las exhibiciones que depararon Lochte, el chino Yan Sung en los 400 metros libres -rozó el récord del mundo y batió el olímpico- y Shiwen Ye, una desconocida china que pulverizó el récord mundial de los 400 metros estilos a sus 16 primaveras.

El gigante chino mantiene la inercia de su enorme despliegue de hace cuatro años: ayer sumó 6 medallas, 4 de ellas de oro.

Si en la segunda y última semana de los Juegos el gran caudal de energía olímpica mana del atletismo y de las finales de los deportes por equipos, en la primera semana el impulso decisivo lo dan las brazadas de los nadadores, además de las piruetas de los gimnastas.

Por eso Jacques Rogge y Sebastian Coe debieron removerse con satisfacción en sus asientos cuando las primeras finales olímpicas deparaban exhibiciones que buscaban récords aun sin esos futuristas trajes de cuerpo entero prohibidos para las pruebas masculinas.

También en la piscina se depositó la gran esperanza española, una vez que sobre el asfalto se desvaneció el sueño de revalidar el oro que conquistó Samuel Sánchez en Pekín. En la final de los 400 metros estilos, el aficionado español miró a los Juegos a través de los ojos claros de Mireia Belmonte, que acometía el reto de superar ese bloqueo que le suele afectar en las jornadas iniciales. Para eso ha trabajado su mentalización. Afrontó la final con el quinto mejor tiempo, pero tras unos aceptables 100 metros en mariposa se hundió en su peor especialidad, la espalda, y ya se ancló en el octavo y último lugar.

Antes de que Mireia saltara a la piscina, estuvo a punto de caer la típica medalla inopinada, que brota en un deporte de esos que sólo concita el interés general cada cuatro años. Esta vez, el deportista del pueblo se encarnó en un policía bilbaíno de 25 años, Pablo Carrera. Se metió cuarto en su final de pistola de aire desde 10 metros, pero acabó sexto.

Tampoco llegó una medalla de puntillas en judo, como otras veces sucedió en los Juegos. La judoca Oiana Blanco (-48 kilos) no pudo superar el primer cruce ante una de las rivales más complicadas, la japonesa Tomoko Fukumi.

Todos los Juegos Olímpicos tienen particularidades y éstos más si cabe. Los británicos han aceptado tunear la sagrada catedral de Wimbledon -bien Almagro, el dúo Ferrer-Feliciano y Carla Suárez, mal Verdasco y la pareja López-Granollers- con esas estridentes tonalidades fucsias y púrpuras, pero a cambio hay que aceptar su particupar modo de ver la vida. Hay que habituarse a circular por la izquierda. Y, por ahora, los españoles y Michael Phelps han tomado el carril equivocado.

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