El clásico de la seguridad

Además de cumplir con las expectativas de espectáculo y emoción hasta el final, el clásico del bádminton español destacó también por su seguridad. Antes de que los primeros aficionados empezasen a ocupar las gradas del Fernando Martín, agentes de la Policía Local y la Guardia Civil ya vigilaban las inmediaciones del recinto. Y ésa no fue más que la primera muestra del orden que imperó durante toda la tarde.

Dentro del pabellón, periodistas, fotógrafos y delegados debían vestir un peto amarillo con el que no pasar desapercibidos. Una petición expresa de las altas esferas, esto es, de la Federación Española. Los que no tenían que ir identificados, pero sí se hacían notar por propia voluntad, eran los seguidores de La Orden, quienes, ataviados con un bombo como el de Manolo en los mundiales de fútbol y unas trompetas que nada tenían que envidiar a las vuvuzelas de Sudáfrica, elevaron los decibelios en el interior en unas instalaciones donde también animaban a voz en grito los seguidores del Soderinsa Rinconada.

En una lucha por aislarse del ruido, pero, sobre todo, por hacerse con la victoria, los jugadores de uno y otro equipo saltaron a la pista tras escuchar las respectivas arengas de sus entrenadores, bajo la atenta mirada de sus aficionados y, también, de una pareja de guardias civiles a los que quizá, con tanto volante de ida y vuelta, les picó el gusanillo de la raqueta.

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