El derbi de Manolo y Paco

  • Jiménez y Chaparro, dos sevillanos y hombres de la casa en los banquillos, lo que no ocurría desde hace mucho tiempo, ponen el contrapunto a la orfandad de futbolistas que sienten la rivalidad desde chicos

Visto y oído lo que nos han dejado otros derbis de entre los muchos que ya descansan en la intrahistoria de esta centenaria rivalidad sevillana, es de agradecer que después de bastante tiempo tengamos un duelo sevillano en los banquillos. Puede decirse que quizá no sea ni mejor ni peor, simplemente distinto. Pero lo que está claro es que cuando ya ese sentimiento a estas alturas del discurrir del fútbol desde aquello de la ley Bosman se antoja cada vez más complicado que se plasme en el campo (en el Sevilla apenas habrá un jugador nacido en Sevilla, Jesús Navas, y en el Betis no pasarán de dos o tres), sí es congratulante al menos que los que motiven a esos gladiadores sin más alma que profesionalidad y contratos sean de la tierra y sientan más que nadie los colores.

Por eso, porque son de aquí, los conocemos como Manolo y Paco. Así salen reflejados en los papeles de prensa y hasta en las hojillas oficiales de las alineaciones. Manuel Jiménez y Francisco Chaparro vivirán el derbi de forma muy distinta a gente tan dispar como Daucik, Wallace, Marcel Domingo, Azkargorta, Mortimore o Cantatore. Cada uno a su estilo tratará de darle un toque de sevillanía a un duelo que cada año, por los protagonistas, pierde un punto de ese marcado sello de rivalidad de teta y cuna que tanto juego y literatura dieron.

Buenos conocedores del fútbol local

Parecerá una tontería, pero ha habido derbis a lo largo de la historia que se han decidido por desconocimiento de las características de algún jugador utilizado, generalmente de la cantera. A Jiménez y Chaparro es difícil que se les escape algo porque son profundos conocedores del fútbol sevillano, ya que han trabajado muchos años con la cantera, y nacional, porque están al día en lo que se refiere a la élite del nuestro fútbol. Son trabajadores, metódicos y se preocupan por preparar bien los partidos sabiendo las características más escondidas del rival.

Cuentan con la cantera

Ha quedado explicado en la presentación. El proceso de despersonalización del derbi es galopante con tanto extranjero en las plantillas, pero la llegada tanto de Jiménez al banquillo del Sevilla como de Chaparro al de Betis han servido para comprobar que son dos entrenadores a los que no les tiembla el pulso por poner a jugar a un joven del filial aunque quizá en el caso del Betis sea más factible por las necesidades de su plantilla. Las pruebas están en boca de todos: Crespo, Lolo, Juande, Zamora, Rodri, Toniý

Buenos motivadores

Tanto uno como otro tuvieron claro a su llegada que los vestuarios de Sevilla y Betis estaban faltos de alegría y de los estímulos necesarios. Desde su trabajo con los más jóvenes y con la experiencia a la hora de manejar grupos -mucho más amplia en el caso de Chaparro-, los entrenadores de los equipos sevillanos han demostrado que la psicología es uno de sus fuertes y un elemento esencial en la preparación de un equipo de alta competición. Así, las famosas canciones con mensaje de Chaparro han dejado huella, pero igualmente se ha comprobado en el Sevilla que hacía falta mucho diálogo con los jugadores. La mayoría de los profesionales blancos han destacado esta virtud de Jiménez como clave en su autoestima y la prueba está el haber recuperado a casos que parecían perdidos como Chevantón o Mosquera. Además, Jiménez también ha logrado con sus actos un efecto integrador. El último ejemplo: esperar a Daniel cuando perdió un vuelo y llegó tarde al entrenamiento para no discriminarlo y ejercitarse con él de noche.

Hablan con claridad

Se ha comprobado también desde la llegada de Jiménez y Chaparro que no hay pelos en la lengua ni rodeos en las ruedas de prensa. Esto quizá les ha costado algún enfrentamiento con algún sector de los medios de comunicación, como el más reciente de Chaparro tras el partido de Copa con el Elche o el que el sevillista tuvo tras la noche aciaga de Villarreal defendiendo a uno de sus jugadores, Mosquera, y pidiendo que no "se le masacrara". Ambos son de carácter impulsivo, de personalidad fuerte, nada sumisos y dicen las cosas como las sienten, aunque a veces se muerdan la lengua. En este sentido, hay que destacar el cambio experimentado en el de Arahal, mucho más vehemente cuando trabajaba en el filial, sobre todo en Segunda B, que ahora.

La ilusión, por encima de los contratos

Jiménez y Chaparro cumplen ahora mismo el sueño de sus vidas. De ahí que puede decirse que harían su trabajo casi desinteresadamente. Prácticamente, y a diferencia de un entrenador al uso, poco se sabe de sus contratos, cuánto cobran, qué cláusulas tienený y han llegado a asegurar que firmarían en blanco. Nada que ver, por ejemplo, con los casos más cercanos vividos en el fútbol sevillano: las famosas condiciones de Marcelino, el millón de euros por adelantado de Cúper o la archiconocida espantá de Juande engatusado por las libras de la Premier.

Se estrenan

Aunque están curtidos en mil batallas de rivalidad sin más público en las gradas -en muchos casos detrás de una simple valla- que los familiares de los jugadores o algún que otro loco amante de los escalafones inferiores, Jiménez y Chaparro van a vivir su primer derbi con todo lo que ello conlleva para dos hombres criados en la tierra. Están ilusionados, deseosos de que llegue el momento y disfrutando como dos niñosý en el día de Reyes.

El futuro

Es la mayor de las distancias entre uno y otro. Jiménez, con 43 años, está empezando como quien dice su carrera en los banquillos. Es su primera temporada en Primera División y le queda un largo camino por delante, ya sea en el Sevilla o en otro club de la élite nacional. Chaparro, a sus 65 años, puede decirse que lo ha dado todo aunque el reconocimiento a su gran sabiduría del mundo del fútbol le haya llegado tarde. Después de haber pasado por infinidad de clubes andaluces de menor pelo, Écija, Polideportivo Almería, Xerezý, su máxima aspiración es seguir mientras tenga fuerzas al frente del Betis.

El crédito

Quizá por la exitosa trayectoria de su antecesor, que ganó cinco títulos con esta plantilla y la llevó a practicar un fútbol excelso, Jiménez no ha encontrado la unanimidad de la afición del Sevilla en cuanto a la confianza que, a día de hoy, sí tiene Paco Chaparro. Discutido por algún sector del público y también de la prensa, el de Arahal está llamado a tener siempre que demostrar su valía. Las críticas a decisiones que no llegan a buen término le llegan con más facilidad con la que las sufría Juande Ramos. En el caso del Betis es bien distinto porque a Chaparro le ha bastado poner un poco de coherencia y buenos conocimientos de fútbol para dejar en la opinión de la grada mejor imagen de lo que pudieron hacer Luis Fernández, Javier Irureta o Héctor Cúper.

En acción

Ambos han mamado el fútbol en distintas generaciones y, por tanto, su comportamiento dirigiendo un partido tiene poco que ver. Mientras el primero es puro nervio, el entrenador del Betis es más sosegado en la observación de su equipo, aunque se altere. Jiménez vive en tensión, gesticula constantemente, arquea el cuerpo, a veces dicen que hasta insulta a sus jugadores para provocar reacciones positivas para el equipoý Chaparro se ha criado en una época en la que los entrenadores no salían de los banquillos.

Cocinero antes que fraile

Una gran ventaja tiene Jiménez sobre Chaparro es haber sido futbolista de alto nivel antes que entrenador. Cocinero antes que fraile, puede decirse que lo fue de alta cocina al haber disputado muchos derbis de Primera y haber estado presente en el Mundial de Italia 90 con España. Es por eso que, en un momento dado, puede saber qué pasa por la cabeza de un jugador antes, durante y después de un derbi.

En las dos casas

Aunque no tenga mucha influencia en un duelo a 90 minutos, sí es cierto que Chaparro tiene sobre Jiménez la ventaja de conocer los dos clubes. Lógicamente, mucho ha cambiado el Sevilla desde los años en los que el trianero trabajó en la ciudad deportiva nervionense, pero no hay que desdeñarlo porque, como suele decirse, algo queda.

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