La marea española tiñe de color Burdeos

  • Hasta 9.000 aficionados impusieron el rojo por las calles de la ciudad entremezclándose con los croatas

Las céntricas calles de la bella Burdeos se tiñeron del rojo de la marea española gracias a unos 9.000 aficionados que instalaron el buen ambiente en la ciudad francesa en el día del tercer partido de España en la Eurocopa, y con aficionados croatas ejemplares a la espera de que el estado decretado de alto riesgo en el estadio no cumpliese con las amenazas previas de sus ultras.

El aviso del Ministerio del Interior croata y el sindicato de la Policía del riesgo de bengalas y petardos durante el partido, la repetición de la imagen que avergonzó a todos los jugadores de Croacia o la exhibición de símbolos prohibidos, incluyendo la interrupción del partido por invasión, provocaron que el control policial fuese máximo en la entrada al estadio Matmut Atlantique para ambas aficiones.

Ninguna noticia puso en peligro la fiesta que protagonizaron las dos aficiones en el centro de Burdeos. La Place de la Bourse fue el punto de encuentro desde la noche anterior de numerosos seguidores.

Caía la madrugada del lunes y unos 200 aficionados croatas no cesaban en sus cánticos, mientras eran vigilados de cerca por policías armados con visibles e imponentes metralletas. Coches con perros preparados. Seguridad en moto. Todo estaba bajo control para que no hubiese incidentes. Los españoles se encontraban más esparcidos. Su exhibición se hizo esperar para el día del partido.

Desde la mañana, el rojo se impuso al arlequinado rojo y blanco croata. Los aficionados se entremezclaron por las calles, cruzaron bromas, cánticos y abrazos. Intercambiaron regalos. Mostraron un ambiente ejemplar en una Eurocopa marcada por los incidentes de aficiones, principalmente la rusa, que han aprovechado el foco mediático del fútbol para reivindicar temas políticos o viejos enfrentamientos.

A España, sin embargo, le acompañaba el humor. A las camisetas de la selección de todas las épocas, muchas con el verde de Arconada que luego recuperó con el paso de los años Íker Casillas, les acompañaron disfraces y cánticos de todo tipo. Los habituales fueron los de torero y toro. El capote para provocar el vitoreo de cualquiera que bajase por la calle Sainte-Catherine, vía peatonal de un kilómetro repleta de tiendas que hicieron el agosto.

La imponente y gótica torre Pey-Berland y la Catedral de San Andrés eran fotos obligadas para seguidores con banderas, las terrazas del centro se quedaban pequeñas para calmar la sed que provocaban los treinta grados de temperatura Juan, de Cádiz, se fotografiaba con todos simulando ir a caballo con su disfraz. La atención se desviaba al vestido de flamenca de Pedro, madrileño de despedida con sus amigos que le hacían un regalo inolvidable.

A apenas seis kilómetros de distancia se encontraba el estadio de Burdeos, una construcción moderna para exhibir en la Eurocopa que costó 184 millones de euros y donde 42.000 espectadores disfrutarían del partido entre Croacia y España que decidía el primer puesto del Grupo D para evitar a Italia en los octavos de final.

El ambiente festivo se trasladó más tarde al estadio, con el deseo de todos de que primase el fútbol y la deportividad, que siguiese la fiesta sin incidentes y que nada de lo ocurrido por ultras croatas en Saint-Etienne se repitiese en Burdeos.

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