Un partido entre la cima y la sima

  • Ni el Barça ni el Villarreal aprovecharon el pinchazo del Real Madrid, que se acerca al título con la ley del mínimo esfuerzo · El Sevilla mantiene el sueño de la Champions y el Valencia se lo juega todo a una carta

Una jornada más, y todo sigue igual. Unos que pinchan y otros que no aprovechan los pinchazos de los rivales; unos que rozan la ansiada salvación y otros que se tiran al callejón. La Liga está loca. Cada vez queda menos para el final y todos parecen dejarlo todo para última hora. Hay tiempo. Siete encuentros, nada más y nada menos, que pueden dar aún para mucho visto lo visto, pues nadie va sobrado y a poco que cualquiera se aplique tiene el objetivo al alcance. El que no, suspenderá sin remisión y sin la oportunidad de recuperar en el mes de septiembre.

Ni el Barcelona ni el Villarreal fueron capaces de sacar provecho del enésimo pinchazo del Real Madrid en la segunda vuelta. Será verdad aquello que dicen que lo de Schuster no son las segundas vueltas, pero con los azulgrana con la pólvora mojada sobre el campo y la división entre las masas y la directiva, cada vez parecen menos un rival por el que los blancos deban temer. Mejor que intenten asegurar la segunda plaza para evitar posibles descalabros en la ronda previa de una Champions que ahora es su única tabla de salvación.

Dicen que la Liga es el campeonato de la regularidad, pero al final todo depende de un encuentro. El Madrid dio un golpe mortal al Barça la pasada temporada cuando ganó en Huelva. Este año podría resultar decisivo el derbi entre merengues y culés del 7 de mayo, pero, al paso que va la cosa, todo podría estar decidido a esas alturas. Sólo hay que remar y guardar la ropa, porque en una Liga de las estrellas cada vez más mediocre con no fallar basta para cantar el alirón.

La irregularidad de los equipos da vida a las esperanzas de todos. Cuando parecía que el Villarreal se asomaba al título y el Racing se postulaba como aspirante a la Liga de Campeones, derrota al canto, y encima con una paupérrima imagen ante rivales que merecieron, incluso, un resultado más abultado.

Por abajo, más de lo mismo. Mientras que unos que parecían desahuciados se han puesto las pilas, otros se lo quieren jugar en un único examen final, con el riesgo que ello conlleva. El Zaragoza huele a cadáver y el Valencia juega con fuego. En la capital del Turia comienzan a recordar aquella fatídica campaña 1985-86. La temporada del descenso. El año en el que una plantilla llamada a cotas mayores cayó a Segunda División. Los paralelismos con este curso asustan: carísimos fichajes que resultan un fiasco; cambios en la presidencia y el cuerpo técnico; la cantera como recurso para paliar los males; y la salida de algunos de los emblemas del club.

Eso sí, este año está la final de la Copa. Ganar ese partido marca la diferencia entre el éxito (relativo) y el fracaso total. Ganar o perder es la diferencia entre alcanzar la cima o caer a la sima futbolística. Todo o nada en 90 minutos que ocupan desde hace un tiempo la cabeza de los valencianistas. Dos semanas consecutivas perdiendo y todavía queda un choque más antes de la finalísima del 16 de abril. Ojo, porque el conjunto che sólo tiene seis puntos de ventaja sobre un descenso que se va a vender muy caro. Un partido lo puede cambiar todo, pero jugártelo todo a una carta es un cara o cruz ante el que cualquiera puede sucumbir.

Caso aparte es el del Zaragoza, que en la pretemporada ilusionaba a la afición y que ahora la hace estallar en cólera. Zapater dice que ahora hay echarle lo que tienen los hombres. Veremos.

Así se escribe la historia de una Liga que en realidad son dos. La de siete equipos que luchan por los premios europeos -de primera y de segunda categoría, pues la mitad de ellos pelean por el título- y la del resto que luchan por huir de una categoría de plata que ya tiene un inquilino casi seguro: el Levante.

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