Cuatro pelotas de tenis en una librería

  • El sevillista Baby Acosta y su socio bético, Manuel López Ruiz, vieron el partido de tenis en la cafetería Buenos Aires

LOS limones que lleva en la mano tienen el color de pelotas de tenis. Son para darle sabor a la paella que todos los domingos prepara Manolo. Manuel López Ruiz podría resumir su trayectoria profesional con un verso de Borges: "He nacido en otra ciudad que también se llamaba Buenos Aires". El poema del maestro se llamaba Buenos Aires, igual que la cafetería en la que trabaja Manolo. Nunca fue a Argentina, "le tengo miedo al avión, me ha invitado a ir Scotta", pero lleva 32 años viviendo en Buenos Aires.

En los primeros compases, el dominio de Juan Martín del Potro es abrumador. En la cafetería se juega un derbi cruzado: Manolo es bético casi de nacimiento y su socio, Bernardo Baby Acosta, jugó en el Sevilla entre las temporadas 70-71, con Max Merkel en el banquillo, y 75-76. Un español y un argentino, aunque Acosta naciera en Asunción, la capital del Paraguay. "Desde los cuatro años viví en Buenos Aires".

Allí se hizo mayor, se hizo futbolista, se casó con Haydée, que les echa una mano, la madre de sus mejores goles: sus hijas Mónica, Rocío y Edith, las tres sevillanas de nacimiento. La abuela de Víctor, su nieto. Un cliente le pregunta a Acosta por el resultado del Atlético de Madrid-Rayo Vallecano, cuya segunda parte coincide con el inicio del tenis. Prefiere ver el tenis, y eso que fue contra el equipo colchonero -al que más tarde entrenaría el propio Max Merkel- contra el que debutó en Nervión en una fulgurante aparición de cinco minutos.

El bar Buenos Aires lo abrieron una pareja de dobles, Baby Acosta y Rodolfo Orife. Cruzaron el charco para jugar uno en el Sevilla y otro en el Betis. "Allí ya éramos rivales, porque Orife jugaba en el Chacarita y yo en el Lanús". Del Potro comete dos dobles faltas seguidas que remiten a los tres penaltis que en una tarde marró Martín Palermo. Acosta nació en 1944, tres años antes de que Evita Perón viniera a España. "Cuando murió, hasta los perros lloraban".

Manolo nació a dos pasos del bar, en la calle Espinosa y Cárcel. "De niño, los domingos tenía que esperar a que mis amigos salieran de ver al Sevilla". Recuerda cuando el edificio Sevilla 2 era una huerta propiedad del capataz de costaleros Salvador Dorado El Penitente. De camarero pasó a convertirse en socio de Acosta. "Yo vine con Orife. Lo conocí cuando yo trabajaba en el bingo del hotel Nuevo Lar, del que eran dueños Cardeñosa, García Soriano, Eloy Matute y Orife". Allí conoció al poeta Paco Vélez Nieto cuando trabajaba de conserje. Ganó España. Llega el clásico. "Se me dio mejor el Bernabéu que el Camp Nou", dice Acosta. "Al Madrid le ganamos una vez 2-3. El tercero lo hice yo".

Nadal le dio la vuelta al marcador, para que a todos les diera tiempo de ver al Betis. O llenar los bares del centro. "Muchísimos", dice Florencia de los argentinos que han pasado estos días por la terraza del Badulaque, negocio pionero de la nueva Alameda. Florencia es compatriota de los que ayer perdieron la Davis. Nació en la Patagonia, en un lugar tan literario como su nombre, Comodoro Ribadavia, y lleva doce años en Sevilla. La Alameda es una zona de argentinos reciclados: Marcelo Culasso, que lleva veinte años haciendo marcos en la calle Feria; Guadalupe Tempestini, fundadora del festival del Títere; o Walter Soler, propietario de Badulaque.

Cuatro pelotas en el escaparate de la librería Beta de Eduardo Dato. Se han salido del libro Rafa. Mi historia, que Rafa Nadal ha escrito con el periodista John Carlin. Ayer le añadió un epílogo. El triunfo beneficiará la venta del libro, que aparece junto a Yo, Cayetana, que la duquesa ha escrito sin carlines ni michelines. Y a la vera del libro del manacorí -el Manacor es último en el Grupo III de Segunda B: nadie es perfecto-, un ilustre argentino, un calendario de Quino. Con Mafaldas y a lo loco.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios