Final de la Copa Davis

La quinta ya asoma

  • Nadal y Ferrer logran el 2-0 para España en un día que empezó un tanto frío y acabó muy caldeado. El levantino tiró de casta y piernas para sofocar la reacción de un dignísimo Del Potro

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La demoledora derecha de Juan Martín del Potro estuvo a punto de dejar la final de la Copa Davis en el escenario que pretendían los argentinos, con un empate a uno que hubiera inyectado mucha presión a la pareja Feliciano López-Fernando Verdasco para su partido de dobles ante David Nalbandian y Eduardo Schwank. Pero David Ferrer, el número 5 del mundo, tiene má vidas que un gato, o al menos más piernas que Del Potro, quien acusó el cansancio después de tener al levantino contra las cuerdas. Al final, después de 4 horas y 46 minutos, Ferrer festejó una victoria clave para la suerte de esta final: 6-2, 5-7 (2), 3-6, 6-4 y 6-3.

Antes, Rafa Nadal había despachado en apenas 2 horas y 27 minutos a su amigo Juan Mónaco, al que apenas cedió cuatro juegos. 6-1, 6-1 y 6-2. Si el pulso que abrió la final resultó frío por desigual, el segundo contuvo todos los aditamentos que han forjado esta competición legendaria y única. Alternativas, pasión, nervio y nervios, vida, muerte y resurrección. Copa Davis, en definitiva. Y el público acabó satisfecho, rendido a la entrega de los protagonistas. Entre ellos, Feliciano y Verdasco respiraban aliviados...

El equipo argentino se ve obligado ahora a una gesta sin precedentes para ver cumplido su anhelo de conquistar, en su cuarta final, la mítica Ensaladera.

Del Potro, como potencial top 5 que es, saca de la pista a cualquiera, incluido al mismísimo Federer, si le entra su profundísima derecha. Las bolas le corren al de Tandil como a pocos. Y ayer, Ferrer lo comprobó a medida que el partido fue avanzando.

Poco a poco, Del Potro asentó sus enormes pies sobre el polvo de ladrillo y se hizo el dueño de la situación. Ferrer, una vez se llevó la primera manga con solvencia, trató de seguir a lo suyo. Pero empezó a recibir misiles esquinados imposibles de devolver.

En el segundo set, con 2-2, el gigante argentino olisqueó la sangre. Se puso 0-30, su enemigo envió a la red una bola fácil y el partido se le abrió de par en par: el de Jávea empezó a hundir la cabeza entre sus hombros, buscando respuestas, y aunque respondió al break (4-4), siempre estuvo a remolque en la muerte súbita, resuelta con celeridad por el argentino (2-7).

Más idas y venidas en el tercer set: Ferrer se puso 2-0, pero Del Potro, lejos de rendirse, encadenó cuatro juegos y con 3-4 a su favor aguardó otra oportunidad. Tuvo dos, a la segunda logró otra ruptura y con su saque no perdonó (3-6).

Por los mismos derroteros discurría el cuarto set: acción de Ferrer, reacción de Del Potro. Así, hasta que el argentino empezó a llegar tarde a las bolas. Afloró el cansancio y con él las imprecisiones. Ferrer sabía que si se llevaba esa manga, probablemente el partido era suyo. Ahí estaba la llave de la final. Y con 5-4  a su favor, el valenciano fue más agresivo que nunca, disfrutó de otro punto de ruptura y Del Potro entregó la manga con una doble falta.

El número 1 de Argentina no se rindió jamás. Ni con ese 5-1 del quinto y definitivo set. Si casta le puso Ferrer, tanta o más le puso el gigantón, que recortó hasta 5-3. Pero ya no le corría tanto la bola ni lograba tantos golpes ganadores. Con su saque y dos bolas de partido, llegó la sentencia a la primera. 

Así acabó una jornada plena de tenis. De tenis para ver con esmoquin y pajarita, en el caso de la victoria de Nadal, y de tenis para enarbolar la bandera y gritar entre punto y punto en el caso del triunfo de Ferrer.

Los cánticos argentinos, más propios del estadio Monumental de River Plate o de la Bombonera de Boca, resonaron con insistencia desde todos los rincones del graderío. A los sectores donde se concentraba el grueso del público argentino se unían los muchos aficionados vestidos de celeste y blanco que saltaban a animar desde cualquier rincón.

Esa pasión argentina fue la espoleta para que explotara el juego de Juan Martín del Potro, pero también despertó a la afición sevillana, andaluza, española, que antes, en el partido Nadal-Mónaco, no tuvo que sacar todo su arsenal para alentar al número 2 del mundo. El monólogo aconsejaba sentarse y disfrutar, sólo disfrutar del magisterio del balear.

Nadal se compadeció lo justo de su amigo Mónaco, al que la esperanza de plantar cara al gran titán de la tierra batida le duraba el tiempo que mantenía su servicio, que fue poco. En el primer set, la ruptura sobrevino en la segunda ocasión que sacó el argentino, en la siguiente manga sucedió lo mismo y en la tercera, el primer break del número uno español llegó con 2-2 y ventaja.

Fue el punto del partido, sin duda. Mónaco, muy resistente de piernas y bravo de corazón, dispuso de varias pelotas francas para salir del apuro, pero Nadal no osa que nadie, jamás, ponga más casta que él sobre la pista. Y si corría su colega Pico, más lo hacía él. Con ambos a merced del rival en la red, el último golpe de riñón del manacorí acabó con Mónaco derrumbado. El público español estalló, admirado por el despliegue de fuerza y calidad de su ídolo. Mientras, Rafa aguardaba en la red a que Mónaco se pudiera levantar.

Mónaco se levantó sólo para zanjar lo antes posible su agonía. No disfrutó de una sola pelota de break. Empezó tratando de hacer lo que todos, cargar su juego sobre el revés a dos manos del número 2 del mundo, pero éste respondía siempre a esos insistentes envíos. Incluso abría más ángulo en sus devoluciones, hasta que al final caía el punto de su lado. 

Nunca forzó la máquina el balear. No le hizo falta. Dominó la situación como suele, metido en la pista, jugando largo y sin necesidad de subir a la red. Variando su saque. Madurando al rival, moviéndolo de un lado a otro de la pista. Y aunque Mónaco tuvo arrestos y piernas, no hay en este mundo nadie que resista el empuje de Nadal si el héroe español tiene sus músculos bien tonificados. ¿La mente? De eso ni se habla. Es Rafa Nadal, el ganador de diez torneos de Grand Slam y de un oro olímpico. Y además defiende sus colores favoritos, los de España.

El público español agradeció la disertación del gran ídolo como el que asiste a una gran obra de teatro. Luego disfrutó de otra forma, como se suele hacer en los grandes partidos de Copa Davis.

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