Sampedro, el espadachín perplejo

  • El economista, académico y escritor, Premio Nacional de las Letras 2011, fallece en Madrid a los 96 años.

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Allá por los 70, Sampedro aventuró que la economía mundial, entonces keynesiana, se vería copada en breve por el monetarismo de la escuela de Chicago; vale decir, por las teorías dinerarias de Milton Friedman. En alguno de sus artículos, Sampedro imaginaba a Friedman, solitario espadachín, tomando el puente del acorazado keynesiano que entonces dirigía la política europea, y cuyo logro más inmediato, tras la posguerra, fue la conversión de un continente devastado en el epítome del Welfare State. Hasta qué punto Sampedro especulaba sobre vacío o adivinó las profundas corrientes de la Historia, es algo que carece de importancia. Sí parece relevante, en cualquier caso, que el debate se planteara en los términos adecuados: economía "real" frente a economía financiera. Una década más tarde, el triunfo de Ronald Reagan y Margaret Tatcher daba por buena una especulación que en los 60/70, con la socialdemocracia triunfante, se hubiera considerado fantasiosa o inoportuna.

Con esto quiere señalarse, en contra de lo que pudiera parecer, que José Luis Sampedro, funcionario de carrera, asesor del Banco Exterior de España, no ha sido un francotirador errático o un converso de última hora a la prédica antiglobalizada. Manuel Azaña, en sus Diarios robados, se quejaba ya de la presión ineludible que la Graham Bell ejercía sobre el Gobierno de España. Y resulta obvia la importancia de la industria pesada alemana en el desarrollo de las dos guerras mundiales (mucho antes, Radolph Hearst se había inventado una guerra en Cuba para vender periódicos).

Sampedro, en suma, ha sido un fiel seguidor, un leal epígono, de la doctrina keynesiana que alcanza su primer momento de esplendor tras la infausta carnicería de la Gran Guerra. Entonces, Maynard Keynes postuló sin éxito, tras el pacto de Versalles, una política económica que no ahogara a Alemania con excesivos gravámenes. Sin embargo, será más tarde, al declinar de la Segunda Guerra Mundial, cuando el acorazado keynesiano, a través del plan Marshall, desembarque en las costas de una fatigada Europa. Los espectaculares resultados que de ahí se derivan (infraestructuras, educación, sanidad, vinculación política y económica, la inusitada expansión de la democracia), son el subsuelo cultural y anímico del que parten, inequívocamente, los postulados económicos de Sampedro. Unos postulados que diferencian el desarrollo social del mero crecimiento económico, y cuyo componente estructural, estratégico, de planificación a largo plazo, entonces indiscutidos, hoy parecen un vestigio indeseado del dirigismo soviético.

No podemos ignorar, en todo caso, que aquel auge de la socialdemocracia, con una fuerte participación estatal en la economía de los países, estuvo estrechamente vinculada a la presencia de la URSS y su mitología colectivista. Caído el Muro, sin embargo, el protagonismo estatal cayó en un profundo descrédito. Un descrédito, no lo olvidemos, que no nace únicamente de la Europa liberal o conservadora, sino del 68 libertario (puesta aparte la ominosa invasión soviética de Praga) que encontró en el Estado, en el poder institucional, una intolerable fuerza represiva. ¿Se contradice esto con el gesto impar, unamuniano, de Sampedro, cuando actúa como encendido prologuista del Indignez-vous! (¡Indignaos!) de Stéphane Hessel? Tanto Hessel como Sampedro son representantes de un mundo que, para bien y para mal, no es el mundo vertiginoso y monetizado que hoy parece devorarnos. Sampedro, miliciano anarquista en su juventud, no hace sino defender la intervención de los poderes públicos en la defensa del desposeído, y de la propia ciudadanía como parte activa de la política. Pero esto no es la soflama de un incendiario, sino la grave, la reposada ordenación de un pensamiento económico. Cosa distinta es que Sampedro, como entonces Friedman, haya sido el solitario espadachín, el esgrimista perplejo, sobre la cubierta del acorazado liberal que hoy nos acucia. La Historia dirá a dónde nos lleva esto. Hoy corresponde honrar al hombre bienintencionado, a una voz ponderada, al ciudadano Sampedro.

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