Diez años bajo la lupa del BCE

  • El 'banco jefe' de la Zona Euro cumple su primera década marcado por los atentados del 11-S, la llegada de la moneda única, la crisis 'subprime' y los frecuentes desencuentros con los países de la UEM

El guardián de la política monetaria europea celebra este mes su décimo aniversario. Diez años en los que este emblema de la integración comunitaria ha tenido que hacer frente a tres grandes hitos con importantes consecuencias económicas: la entrada en circulación del euro, los atentados del 11-S y la crisis de las hipotecas subprime. Y todo ello con la estabilidad de los precios como principal horizonte, algo que no siempre ha sido bien acogido por los 15 países que hoy conforman la Unión Económica y Monetaria (UEM).

El Banco Central Europeo (BCE) vio la luz en junio de 1998, justo seis meses antes de que el euro se convirtiera en una realidad virtual; el 1 de enero de 1999 comenzó a cotizar en los mercados de divisas y a utilizarse como medio de pago electrónico, pero sus billetes y monedas no verían la luz hasta tres años después. Sucesor del que hasta entonces se había conocido como el Instituto Monetario Europeo -se creó en 1994 para coordinar a los bancos centrales de las naciones socias de la UE y preparar la llegada de la moneda única-, se fija el control de la inflación como objetivo primordial porque entiende que es "la mejor aportación que la política monetaria puede hacer a las perspectivas económicas y al nivel de vida de los ciudadanos". Bajo este marco, las tareas asumidas por la entidad van desde decidir si suben o no los tipos de interés hasta autorizar la emisión de billetes, intervenir en los mercados de divisas e, incluso, establecer qué se considera estabilidad de precios (actualmente, que el IPC no supere tasas del 2%).

Su primer presidente, el holandés Wim Duisenberg, fue uno de los grandes valedores del euro. No en vano, se encargó de pilotar su llegada a los bolsillos de 300 millones de ciudadanos y defendió a capa y espada las posibilidades de una divisa en torno a la que surgieron muchos escépticos (los euroescépticos). "Pueden tener la seguridad de que el futuro del euro es el de una moneda fuerte, basada en la estabilidad de precios y en el vigor de la economía europea", señalaba pocos meses después de que comenzara a cotizar.

El 1 de enero de 2002 el euro se transformaba en una realidad física, después de acometer la que se ha definido como la mayor operación logística realizada en Europa en tiempos de paz. El BCE tuvo que coordinar la puesta en circulación de 50.000 millones de monedas y 15.000 millones de billetes, además de la sustitución de las divisas propias de los países que asumieron el euro (ambas convivieron durante seis meses). La euforia popular que desató este acontecimiento se tradujo en todo un espaldarazo para la moneda única que, si en octubre de 2000 alcanzó su mínimo histórico frente al dólar, hoy disfruta de una más que notable fortaleza. Hay que reconocer, no obstante, que esa circunstancia no sólo obedece a que se ha ganado la confianza de los inversores, sino también a los difíciles momentos por los que atraviesa la economía estadounidense.

Precisamente en EEUU, en Nueva York, se desencadenó la primera prueba de fuego que el BCE tuvo que afrontar como banco central de la segunda economía del mundo. Los atentados del 11-S (en 2001) propiciaron una debacle en las bolsas e hicieron que se tambalearan las economías de las principales potencias. Tan sólo un día después de los ataques, el BCE y la Reserva Federal (el banco central estadounidense) anunciaron una inyección de liquidez coordinada de 94.841 millones de euros para aliviar a los mercados financieros.

Pese a ello, y a las insistentes presiones de algunos de los países miembros de la Zona Euro para que rebajara los tipos de interés y contribuyera, de esa manera, a reactivar la economía, Duisenberg prefirió no actuar de forma precitipitada y velar, mientras pudiera, por la estabilidad de los precios -si bajan los tipos, aumenta el consumo y se alimenta la inflación-. Finalmente, entre el 17 de septiembre y el 8 de noviembre recortó dos veces el precio del dinero, pasando del 4,25% al 3,25%, y justificándolo en una previsible caída del IPC y del avance económico de la Eurozona en 2002. En el caso de la Fed, las rebajas durante ese mismo periodo fueron cuatro (la recesión planeaba sobre EEUU) y las tasas se situaron al nivel más bajo desde 1961 (el 1,75%).

El estallido de la crisis subprime -en agosto de 2007- colocó al BCE, presidido desde el otoño de 2003 por el francés Jean Claude Trichet, en una tesitura parecida a la generada tras el 11-S, aunque con el escollo añadido de que la inflación estaba disparada.

Después de los atentados de las Torres Gemelas, la continuada debilidad de la economía entre 2002 y 2005 dio lugar a nuevas bajadas de tipos, y éstos se mantuvieron en el 2% durante más de dos años. A finales del último de esos ejercicios, y ante los primeros síntomas de recuperación, Trichet, que ya preveía el inicio de una espiral inflacionista, promovió una subida de un cuarto de punto, en contra de las recomendaciones de la OCDE y del juicio de los países del euro. Esta decisión fue tildada entonces por el Servicio de Estudios del BBVA como "errónea, arriesgada, precipitada e injustificada".

A partir de aquí, los ascensos se fueron dando de forma escalonada, concentrándose buena parte de los mismos en la primera mitad de 2007, ante el comportamiento de un IPC que no encontraba techo, espoleado por la carestía del petróleo y los alimentos básicos. El pinchazo hipotecario interrumpió esa senda alcista, pero sus efectos no fueron suficientes para ablandar al BCE que, en lugar de recortar los tipos, optó por mantenerlos.

Lo cierto es que la autoridad monetaria ha estado acorralada todos estos meses entre el descontrol de la inflación y la pérdida de fuelle de la economía por los efectos de la crisis subprime. Sin embargo, esta misma semana ha vuelto a demostrar que su prioridad es la estabilidad de los precios: aun habiéndose revisado a la baja el crecimiento de la Eurozona, ha anunciado que no descarta elevar el precio del dinero en un cuarto de punto el próximo julio (hasta el 4,25%). Por contra, la Fed ha aprobado seis rebajas desde agosto del año pasado, pasando sus tasas del 5,25% al 2,25%.

Algunos gobiernos, como el francés, que se ha manifestado al respecto insistentemente, no han visto con buenos ojos la estrategia del banco europeo, al entender que no ha contribuido a facilitar el acceso a financiación de las empresas, en medio de un escenario de desaceleración y escasez de liquidez. Contra esa escasez de liquidez también ha estado actuando el BCE -sólo en las dos semanas posteriores al estallido de la crisis hipotecaria inyectó más de 200.000 millones de euros al sistema-, pero ha habido voces que han considerado su intervención "cicatera".

La celebración del décimo aniversario de la entidad ha servido para hacer balance. En opinión de Jean Claude Trichet, "no es tiempo para la complacencia", pero sí se han apuntado varios logros: el 75% de los ciudadanos ya conocen al BCE; la entidad ha demostrado su independencia, pese a las presiones políticas nacionales; y el euro ha proporcionado tipos de interés bajos y "nos ha protegido" de las turbulencias financieras. De cara al futuro, el BCE resta importancia a las diferencias con los países socios del euro ("siempre se han conseguido solventar") y cree que es el momento de profundizar en la integración económica y finan ciera.

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