La divisa del futuro

  • La volatilidad del dólar está haciendo que cada vez más países pidan que se replantee su papel como moneda refugio · Rusia y China abanderan la propuesta para reformar el sistema monetario

LAS últimas noticias sobre el inicio de la recuperación en Estados Unidos y en Europa, junto a la publicación de algunos resultados empresariales positivos y la evolución de los indicadores de confianza, podrían animar a los inversores a abandonar el refugio en el que permanecen desde julio del pasado año, construido a base de dólares, y a lanzarse a alguna aventura con mayores niveles de riesgo y rentabilidad. Si se confirman los buenos augurios, el dólar habría vuelto a cumplir su función de moneda reserva internacional durante la crisis, a pesar de la tremenda volatilidad de su comportamiento desde el pasado verano. Tras perder el 37% de su valor frente al euro entre finales de 2002 y julio de 2008, inició una escalada que le llevo a apreciarse frente a la divisa europea en casi un 30% hasta el mes de diciembre de ese mismo año. Así se mantuvo hasta el principio del segundo trimestre de 2009, cuando nuevamente comenzó a perder valor, hasta llegar a finalizar el primer semestre con una depreciación del 10% frente al euro. Ante tanta inestabilidad no debe sorprender que, a pesar del satisfactorio funcionamiento del dólar como refugio, los argumentos esgrimidos por los que desde hace algún tiempo vienen reclamando un cambio drástico en la arquitectura del sistema monetario internacional hayan terminado por reforzarse y que los promotores de la iniciativa vuelvan a plantearla en la cumbre del G-20 prevista para el próximo mes de septiembre, como ya lo hicieran con motivo de las de Londres y l'Aquila.

China y Rusia aparecen como los abanderados de la propuesta, aunque firmemente apoyados por otros países, especialmente los emergentes y principales exportadores, entre los que destacan Brasil y la India. Los más interesados son, lógicamente, los grandes exportadores, es decir, China, Japón y los productores de petróleo, a los que habría que añadir los alemanes, cuya capacidad exportadora no solamente tiene que enfrentarse a la creciente competitividad de las grandes economías emergentes, sino también a la fortaleza del euro en los mercados de divisas. Para estos países, una divisa de referencia tan volátil como el dólar se convierte en una fuente fundamental de tensión sobre mercados que podrían permanecer razonablemente estables, en ausencia de movimientos especulativos que con frecuencia no tienen nada que ver con el bien objeto de la operación, sino con el de la moneda en que se acuerda el pago.

La sensación, por tanto, es que el final de la crisis alimenta las expectativas de depreciación del dólar. El principal temor es que la recuperación del consumo resucite el fantasma del déficit comercial en Estados Unidos, pero además están el déficit fiscal, la deuda externa y el coste de la guerra y de las medidas para el retorno a la normalidad. A esto hay que añadir la sospecha de monetización de la deuda, lo que termina por definir un panorama lo suficientemente complejo como para descartar que el dólar pueda volver a comportarse como una moneda estable y predecible a corto plazo. Los hechos son tan evidentes que algunos países han decidido seguir el ejemplo, cargado de simbolismo político, de Irán en 2005 de aceptar el pago de su petróleo en euros. China ha firmado acuerdos con países de su entorno para el pago de sus intercambios en sus propias monedas y ha puesto en marcha un sistema de operaciones swap en divisas (entrega de moneda china con compromiso de recompra) para financiar intercambios comerciales con países de Latinoamérica. Otras iniciativas similares se han puesto en marcha en la propia Sudamérica y es bien sabido que algunos países iniciaron un proceso de sustitución de sus reservas en dólares por euros, comenzando por Rusia, donde más de mitad ya se encuentra nominada en la divisa europea.

El dilema para China y para el resto de los países exportadores es que tampoco pueden consentir una caída en picado de la cotización del dólar ni de los activos nominados en dicha moneda, puesto que son los propietarios de la mayoría y también serían, junto a los propios norteamericanos, los principales perjudicados. En el caso de China, no obstante, parece aceptarse que este objetivo no es contradictorio con una estrategia más o menos definida en una triple dimensión. En primer lugar, reducir progresivamente su posición en la moneda norteamericana, que actualmente se estima en un 70% del total, y sustituirla por oro. En segundo lugar, el rechazo a seguir financiando el déficit estadounidense, dada la extraordinaria magnitud que podría llegar a alcanzar a corto plazo. En tercer lugar, la promoción del yuan como moneda de referencia internacional. El principal problema es que para que una moneda pueda cumplir esta función tiene que ser plenamente convertible y aceptada y esto exigiría algunos cambios de alcance en su política cambiaria. Quizás por todo ello desde China se insiste en una reforma controlada y sin prisas en el sistema monetario internacional, cuya base podría seguir siendo un sistema modificado de Derechos Especiales de Giro gestionado por el FMI, en el sentido de reducir el actual peso del dólar (44%), del euro (34%) y del yen y la libra esterlina (el 11% restante), para dar entrada a otras monedas, entre las que obviamente debería estar el yuan.

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