26-J: ¡Silencio, por favor!

  • Tan habituados estamos al ruido que reaccionamos al silencio casi con hostilidad Aunque sea un anacronismo, deberíamos defender el día de reflexión sólo por el lujo de no escuchar más palabrería

NO es una contradicción: uno de los recursos más valiosos de la radio para comunicar es el silencio. Te mantiene en tensión, crea misterio, te anticipa un momento relevante y te rompe los esquemas: ¡algo pasa! El silencio desconcierta y da tanta información como el sonido. Aunque nuestra realidad hiperactiva es bien distinta: ¿por qué no nos callamos nunca?

Tan habituados estamos al ruido que reaccionamos al silencio con extrañeza y casi hostilidad. Miramos los móviles una media de 150 veces al día llenando con algo cada segundo de nuestro tiempo -compruébelo, ya verá que los estudios no exageran-. No sabemos pasar un día en casa -ni un rato- sin la radio, la televisión o la música de fondo. Nadie camina, pasea o hace deporte sin que cuelguen de sus oídos unos ergonómicos auriculares. El primer acto reflejo al subir al coche no es otro que meter la llave y pulsar el on y hasta nos cuesta callarnos cuando acudimos a un concierto de música clásica, al cine, al teatro o a un funeral.

Es una elección pero también una huida. Sin mucho éxito, escritores, poetas y filósofos han reflexionado durante siglos sobre la importancia de abstraerse del "mundanal ruido". Emilio Lledó siempre ha defendido el silencio como base de la lectura y del "necesario ensimismamiento", María Zambrano argumentaba que "las grandes verdades no pueden decirse hablando" y Deleuze nos advertía, por ejemplo, que "estamos anegados de cantidades ingentes de palabras inútiles".

Hace un par de meses, en un trabajo coral de La Vanguardia, los periodistas recordaban estas referencias y ponían como símbolo de lo que ya parece una patología que no somos ni capaces de prescindir de la palabra en los sesenta segundos que dura un minuto de silencio. La percha de su reportaje era más que representativa: el minuto en recuerdo de Johann Cruyff que se saltó buena parte del público que abarrotaba el Camp Nou…

En nuestro mundo de redes y telecomunicaciones, tal vez sean ya las bibliotecas y los monasterios los únicos reductos de cierta paz -impuesta- que nos permiten escucharnos a nosotros mismos. Incluso pensar. Sin aditivos. Sin saturación de estímulos. ¿Pero queremos? Porque puede que la explicación al horror vacui esté justamente en el trasfondo de esta pregunta: ni queremos ni tenemos el más mínimo interés en estar a solas con nuestro yo.

El silencio se puede entender como todo un lujo pero también como una frustrante incomodidad. El ruido (también) interesa y el mejor ejemplo lo tenemos en la actual campaña electoral. Aunque la obligada austeridad de los partidos ante la enésima cita electoral nos ha librado de ver sus rostros colgando de las farolas e invadiendo nuestros barrios, no ha ocurrido igual con su palabrería. Lo alarmante es que no sólo no se escuchan a sí mismos (como hacemos todos); sino que tampoco escuchan a los demás. Ahí hallaríamos una clave de por qué no funcionan los debates, de por qué son insufribles los monólogos que nos llevan repitiendo como loros desde hace dos semanas y de por qué no hay manera de pactar. ¿De verdad esperamos que así lleguen a algún acuerdo de gobierno a partir del próximo lunes?

Los periodistas no lo estamos haciendo mucho mejor. Les animo a que sigan las tertulias de análisis y cronometren cuánto tardamos en interrumpir al de lado para colocar nuestros mensajes. Copiamos exactamente el mismo diálogo de sordos que hemos criticado cuando eran otros los interlocutores. Una prueba más de todo ello es cómo se ha convertido ya en todo un clásico eso de lanzar una pregunta sin esperar una respuesta y, como culmen del autismo político, ahí están los "minutos de oro" con que los candidatos cierran sus discursos. Al final deberían preguntar: ¿queda alguien ahí?

Ustedes no se libran. Ni con el ruido mayúsculo de las redes sociales ni a la hora de comer. El deporte de la interrupción lo extrapolamos a nuestras mesas con la misma vehemencia con que seguimos un partido de fútbol: como si estuviéramos en un corral. El silencio ha desaparecido de nuestra escena pública y también de la privada. Aunque es evidente que esta realidad -¿un problema?, ¿una válvula de escape?- supera la campaña electoral, seguro que coincidirán conmigo en que casi lo único bueno de estas dos tediosas semanas es que mañana es el día de reflexión. No me gustan los anacronismos pero creo que en este caso vale la pena defenderlo. Como el momento mágico del director que sostiene en alto la batuta antes de un torrente de aplausos… Como cuando contenemos la respiración en un penalti decisivo. 26-J: ¡shhhhh!

trillo

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