Los envoltorios del 26-J: del merengue al catálogo de Ikea

  • Los argumentos, las razones, también son una mercancía que se vende y se compra: no son unas elecciones para presumir de moderación sino para convencer. Para sacar toda la artillería

A Mariano Rajoy ya lo hemos visto en las redes sociales bailando el himno del PP a ritmo de merengue y seguro que Pablo Motos no se pierden la oportunidad de hacerlo viral cuando participe en El Hormiguero en la recta final de la campaña. En frente, los nuevos socialdemócratas de Podemos, con receta de tila incluida a sus socios del PSOE, ya se han subido a la pasarela para tunear el catálogo de Ikea con su país de sonrisa multicolor y, desde Ciudadanos, vuelven a asombrar con su lecciones de hiperresponsabilidad sin ser capaces de evitar el efecto boomerang -siempre en forma de charco- que provoca el síndrome de Estocolmo hacia su líder.

Y sólo estamos en el minuto uno de la campaña. El 26-J repetiremos el examen de diciembre pero con un ingrediente extra: lo inesperado. No hay límites para movilizar al electorado. Para animar. Incluso para divertir. En Podemos llaman "innovar" lo que sus adversarios tildan de "frivolidad". Para los votantes, si hacemos caso al barómetro del CIS y compartimos que sólo a un 5% de los españoles les molesta tener que acudir de nuevo a votar, tal vez ni la campaña de la rectificación ni la jornada electoral de la recuperación sea tan nefasta. En las calles no habrá banderolas con sus caras pero tampoco hace falta: son los mismos jugadores para un partido (casi) similar.

La decepción, el hartazgo por el fracaso de los últimos cinco meses de bloqueo, resulta incuestionable. Pero estamos antes una campaña diferente con unos políticos incombustibles e imprevisibles. La izquierda conjurará el efecto de la Ley D'Hont con la conveniente alianza matrimonial de Unidos Podemos y, mientras rojos y morados se disputan el liderazgo de la izquierda, los del PP sacan pecho de lo "conseguido" y dan codazos a su marca blanca para ocupar toda la banda derecha.

El centro, el histórico granero de votos del electorado español, pasa a un segundo plano. No son unas elecciones para presumir de moderación sino para convencer. Para sacar toda la artillería. Cuerpo a cuerpo. Puerta a puerta. Populismo sin complejos. De izquierda y de derecha.Los mensajes, con matices, se mantienen pero cambia la música y se fabrica un envoltorio efectista para evitar los errores de la primera vuelta y esconder el fondo más controvertido. Nunca en democracia los partidos habían tenido tal oportunidad: corregir escaño a escaño, afinar voto a voto, los resultados del 20-D. Como cuando te dejan repetir el examen para subir nota. Con el riesgo, por supuesto, de suspender.

Se lo juegan los partidos y nos lo jugamos nosotros. Los argumentos, la razones, también son una mercancía que se vende y se compra. Lo es la información y lo es la política. El catálogo-programa de Podemos cuesta 1,80 euros más gastos de envío. Es pragmatismo, es un provocador golpe de marketing -uno más- y es un símbolo. Como la teletienda de las promesas de empleo y de inversión pública. En la lucha por el voto no hay líneas rojas.

trillo

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