Las 9 vidas de Pedro Sánchez

  • El candidato socialista podrá convencer más o menos, ganar o perder, pero es difícil cuestionar su capacidad de resistencia y reinvención: contra los ataques de fuera y las conspiraciones de dentro

DIMITIRÁ la misma noche del domingo si el PSOE saca menos votos que el 20-D? ¿Dará un paso atrás si se produce en escaños el sorpasso de Unidos Podemos? ¿Renunciará a la secretaría general si el partido resiste en Andalucía y se hunde en España? Todos los caminos dan por muerto, otra vez, a Pedro Sánchez. Pero Pedro Sánchez es como los gatos. Con siete vidas si nos dejamos seducir por el esoterismo de la antigüedad y hasta con nueve si nos atrevemos a viajar al lejano Egipto y penetramos en las tinieblas de la mano felina del dios Ra.

En los dos años que lleva al frente del aparato socialista, el político madrileño ha demostrado su paciencia con los barones poniéndole líneas rojas, con Susana Díaz deshojando la margarita para calcular si era el momento de coger el tren a Madrid y con una militancia rebelde, contestataria, inconformista y aficionada a discrepar que ha situado las disquisiciones internas del PSOE en el ojo del huracán. De su crisis externa e interna.

La noche electoral del 20-D, Pedro Sánchez demostró su capacidad de reinvención transformando la mayor derrota del PSOE en democracia, el fracaso "histórico" en las urnas que sus propios compañeros le recriminaron en el comité federal, en casi una velada de celebración: "Hemos hecho historia, hemos hecho presente y el futuro es nuestro". Son las sorprendentes últimas palabras de quien unos momentos antes había llamado a Mariano Rajoy para asumir su fracaso y felicitarle por la victoria del PP. La explicación de su entusiasmo las había deslizado en unas líneas anteriores: "Han intentado hacer desaparecer al Partido Socialista Obrero Español y no lo han conseguido. Gracias. Me siento enormemente orgulloso de liderar el PSOE". Visto así, lo ha liderado...

Inicialmente, sólo con el respaldo de los afines que entendían que no debía pagar los errores de Zapatero y Rubalcaba, que el PSOE no debía "sucumbir a la histeria" en un momento de "acoso" por la derecha y por la izquierda (con Ciudadanos y Podemos) y que en ningún caso debía seguir la "espantada" de Almunia cuando en marzo de 2000 presentó su dimisión irrevocable.

Después, con el inaudito rechazo de Rajoy a la propuesta del Rey para formar gobierno, terminó situando el proceso de investidura en una improvisada campaña de popularidad a su favor e, incluso, en unas primarias internas para contener a los críticos y convencerles de su liderazgo.

Al menos se había ganado una oportunidad. Una vida más. Y tomaba la iniciativa. No tiró la toalla la noche del 20-D ni en los siguientes cuatro meses en los que ha vuelto a pasearse por los libros de historia… aunque convirtiéndose en el primer candidato a la Presidencia que es rechazado por dos veces en el Congreso. En realidad, en todo este tiempo no ha dejado de hacer historia. Se refleje o no el próximo domingo cuando vuelvan a abrirse las urnas, pocos cuestionarán que el candidato socialista se ha crecido afrontando el desafío de llegar a acuerdos y asumiendo el fracaso de la votaciones del 2 y el 4 de marzo con la normalidad de quien cumple con su "obligación". Rajoy le diría hoy que "a la investidura se va a ser investido" -con el trabajo hecho y los apoyos garantizados- pero Sánchez le podría replicar que el esfuerzo y desgaste también suman. Como su propuesta de "cambio real". Ayer mismo enfatizaba en una entrevista que "hoy podría ser presidente" y no lo es porque "antepuso el interés general del país" a los suyos propios. Porque no quiso ser "presidente a cualquier precio".

Sólo unos días antes de la doble negativa de los diputados, el Pacto del Abrazo con Albert Rivera le sirvió al candidato socialista para escenificar la puesta en marcha de una "segunda Transición" con un gobierno "reformista y de progreso" y para volver a proclamar aquello de "hemos hecho historia". Lo hizo, ciertamente, cuando halló la forma de saltarse las reticencias de su propio partido para sellar la alianza con Ciudadanos recurriendo a los militantes y sometiendo su propuesta a la consulta de las bases.

Entonces fue una (pequeña) victoria; analizándolo hoy, probablemente aquel día gastó otra vida. Porque la realidad es que Pedro Sánchez ha tenido que emplear su capacidad de resistencia contra los previsibles ataques externos, pero también contra conspiraciones internas fuera de control y hasta contra las sombras. Lo ha sido recurrentemente Felipe González y hasta el innombrable Zapatero cuando Pablo Iglesias lo ha desempolvado en el ecuador de la campaña para, además de recordarle que "se equivoca de adversario", minar su autoridad entre esos socialistas "de toda la vida" a los que el candidato se dirige con insistencia para intentar contrarrestar otro de sus grandes enemigos: la abstención.

En realidad, todo esto forma parte del manual del político. El primer mandamiento seguro que es "no bajar nunca la guardia" y el segundo, "aguantar". Mucho más que los demás. Pedro Sánchez podrá convencer más o menos, podrá ganar o perder, pero hay que reconocerle que ya es todo un referente en eso de resistir. Incluso en los momentos de linchamiento inesperado como el que ha vivido estos días soportando el jaleo de las guerrillas de Podemos y los ultras del PP acusándole de racista. Oportunismo, victimismo… Otra vida que al final se le ha esfumado por las cañerías de las redes sociales.

¿Dimisión? ¿Paso atrás? Si aplicamos la lógica, a todas las preguntas iniciales habría que responder con un sí rotundo. Pero hablamos de Pedro (Gato) Sánchez. Con sus nueve vidas y su resistencia a la kriptonita.

trillo

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