Admitamos un toque de frivolidad

  • A diferencia de otros países de nuestro entorno, en España no se ha dejado espacio en política al humor. El deporte nacional es reírse pero en reflexivo: a costa de los demás.

ME entero en una peluquería de barrio que Pedro Sánchez es "guapo a secas", "muy romántico" y "detalloso", que Mariano Rajoy no tiene "ningún glamour", que Albert Rivera ha "decepcionado" y que Pablo Iglesias es un "sinvergüenza" manipulador. Ninguno convence para gobernar España. Ni están preparados ni se les ve con empuje y liderazgo para sacar adelante el país.

En el perfil de las tertulianas hay votantes de toda la vida del PP y del PSOE y algún "experimento" de apoyo a los nuevos que no termina de convencer ni acaba con el "desencanto". Bastan unos segundos de debate para que la vehemencia de la discusión compita con el ruido de los secadores. Rajoy puede ser un "señor educado" pero cuando se defiende su "decencia" saltan chispas. Todo se embarra en el "y tú más" como ocurre en cualquier sesión parlamentaria. No hay quórum sobre quién y dónde se roba más: el Madrid de Granados y Bárcenas contra la Andalucía de Chaves y Griñán; la Cataluña de los Pujol contra la Valencia de Barberá.

Que Unidos Podemos tenga opciones de dejar atrás a un partido de 130 años como el PSOE "es culpa de los medios", que estamos encumbrando al Coletas y que no contamos bien lo que está pasando en Grecia y en Venezuela. Sólo intervengo unos segundos para advertir que son varios los millones de españoles que votarán a Podemos -basta darse un paseo por las aulas universitarias para comprobar que Andalucía ya no es una excepción- y que no sólo están convencidos; están ilusionados. Y con una sólida información que nada tiene que ver con esa imagen de descerebrados que muchos quieren ver.

Entonces se dibuja la preocupación en sus rostros y nos damos brevísimo un respiro... De repente el debate gira en torno a la reina Letizia por su pasado como periodista y divorciada -no me queda claro qué le perjudica más-, se agria con la "desfachatez" de la infanta Elena intentado hacer creer que "es tonta", irrumpen los papeles de Panamá y la sorprendente salida de prisión de Mario Conde y sólo se recupera cierta calma cuando llega el turno del fútbol: Piqué aguanta el tipo y no hay ninguna duda de que Iniesta merece un Balón de Oro. Que a Portugal le hayan empatado los islandeses y Cristiano no pudiera marcar, en un bando se lamenta y en otro se celebra.

Podría discutirse si es buena o mala, veraz o tendenciosa, pero no hay duda de que los españoles consumimos información. Mucha. Mi particular foto electoral es una gota escorada frente a las encuestas y tracking que se publican a diario pero tiene el valor de la espontaneidad y la sinceridad. Más incluso que las tendencias que seguimos en tiempo real en las redes sociales -escondidas en la impunidad de la masa y el anonimato virtual- intentado deducir cómo se va moviendo el mapa del voto.

Las tertulias a pie de calle ponen voz y rostro a las cifras sobre las que los partidos rediseñan sus campañas y, sobre todo, arrojan luz sobre cuáles son las realidades que sostienen las preocupaciones y las expectativas de los ciudadanos. Es evidente que el dictamen definitivo de la jornada electoral, que a veces ni se acerca a lo que vaticinan los sondeos, no se construye ni destruye en dos semanas de campaña. Pero sí se condiciona.

En este recorrido, resulta descorazonador comprobar lo poco que nos salimos del guión, de los prejuicios y de los lugares comunes. Mi particular debate matutino podría llevarse a cualquier reunión familiar y tertulia de bar sin excesivas variaciones. Con matices, la dos Españas de siempre, rencorosas e irreconciliables. Hay, sin embargo, un punto de sorpresa cuando se relaja el tono y se evidencia una aflicción generalizada sobre la solemnidad y encorsetamiento de los cuatro candidatos que se disputan la Presidencia: "Ni siquiera tienen un poco de gracia; no son capaces ni de hacer una broma". Un momento antes, el propio Pedro Sánchez reconocía en un programa de radio que no tiene mucho "sentido del humor" y se preguntaba si, tal vez, sea un espacio que en España no hemos querido o sabido conquistar.

En un contexto diferente, es justo lo que ayer reivindicaba el novelista Richard Ford. El escritor norteamericano, que acaba de ser galardonado con el Princesa de Asturias de las Letras, defendía sobre su narrativa "cargada de punzadas de humor e ironía" que es una de las formas más efectivas de tomar distancia e imprimir solidez a las historias. Sus grandes crónicas de la sociedad contemporánea son la mejor prueba, pero lo podríamos ver a diario en nuestra vida cotidiana y seguro que funcionaría en política si no estuviéramos hablando de un país cuyo deporte nacional es reírse pero en reflexivo: reírnos a costa de los demás, con las desgracias ajenas y en una imparable espiral de acoso y derribo. ¿Una huida como catarsis? ¿Una frivolidad? Si es la clave para dar sentido a la política, al 26-J, al 20-D, no perdemos nada con intentarlo. Todavía queda una larga campaña que sobrellevar.

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