La Orquesta del 'Titanic'

  • Es difícil saber si es heroísmo o inconsciencia lo que está llevando a Sánchez a seguir con la batuta en alto cuando ya se escuchan acordes de defunción.

EN el lujoso transatlántico que se hundió en 1912 al chocar contra un iceberg no había una única orquesta. Los conciertos habituales corrían a cargo de un quinteto y, en la recepción del barco, actuaba un trío de violín, cello y piano "recreando un sofisticado ambiente francés". Así lo recoge Walter Lord en La última noche del Titanic después de dedicar buena parte de su carrera investigadora a indagar sobre la fatídica noche que el cineasta James Cameron ha terminado inmortalizando como una de las grandes epopeyas románticas del siglo XX.

Parece que aquel día los dos conjuntos musicales tocaron juntos por primera vez en el gran salón de primera clase. No está claro si interpretaron la profética Más cerca de ti, Señor y, a partir de aquí, todo se diluye entre la historia y la leyenda con casi la única certeza del trágico naufragio: de los 2.223 pasajeros que habían partido del puerto inglés de Southampton, 1.514 jamás llegarían a Nueva York.

El Titanic de Leonardo DiCaprio y Kate Winslet es ya un símbolo de heroísmo pero también de inconsciencia. En las últimas décadas, películas, libros, exposiciones y hasta preciosistas recreaciones del barco no han dejado de alimentar el mito y se han terminado colando en la memoria colectiva por la fuerza y la contundencia con que nos obligan a enfrentarnos a nuestras propias contradicciones.

Lo fácil ahora sería situar al PSOE -con sus dos almas- en el corazón de la improvisada orquesta, preguntarnos si es el heroísmo o la inconsciencia lo que está llevando a Pedro Sánchez a seguir con la batuta en alto cuando ya se escuchan los acordes de defunción y, sobre todo, por qué se empeña en rechazar los botes salvavidas. A babor y a estribor.

Es verdad que la campaña electoral del 26-J nos ha subido a todos a un barco a la deriva, que nadie nos ha preguntado, que no sabemos con qué destino y ni siquiera si nos han tocado los camarotes de primera clase o de tercera. Sin embargo, con mayor o menor responsabilidad, todos participamos del sueño de una vida mejor o de la tragedia. En estos momentos, con un mapa electoral sujeto con los alfileres de las encuestas, situar ya a los socialistas en un callejón sin salida entre el PP y Podemos, a un paso del suicidio por acción o por omisión, parece precipitado -pese a sus conflictos internos y contradicciones- y sería una injusta simplificación.

El dilema de dejar gobernar al PP o aliarse con la izquierda "populista y radical" se producirá o no. A nivel interno, la apatía con que se está desarrollando la campaña no parece anticipar importantes giros ni puntos de inflexión. Tampoco el tacticismo con que todos los partidos están preservando sus posiciones sobre la dura política de pactos que, en un tablero no muy diferente al 20-D, deberá abrirse al día siguiente de la jornada electoral. Ni siquiera los cálculos que en estos momentos podamos realizar sobre el impacto en el voto final que puedan provocar las ambiguas pistas que van dosificando los candidatos: desde Ciudadanos diciendo abiertamente que nunca apoyará al PP si Rajoy está al frente hasta el PSOE asegurando que ni se aliará con Unidos Podemos ni facilitará un gobierno de derechas.

Todo es estrategia pero el resultado puede ser el buscado o justo el contrario. Llevamos días estrujando los números sin percatarnos de que se nos escapa la perspectiva emocional. Tres días antes del 26-J, los británicos acudirán a las urnas para decidir en referéndum si abandonan la UE. El resultado es tan incierto como la gobernabilidad en España y el desafío catalán.

Si el Brexit fracasa, los músicos del Titanic podrán seguir tocando y hacer historia debatiéndose entre la inconsciencia y el heroísmo. Si los ingleses se van, no parece arriesgado pensar que un golpe último de preocupación o de responsabilidad, de cabreo o de oportunidad, pueda trastocar la foto electoral que ahora dibujan las encuestas. Y el día siguiente será entonces otro. Tan distinto y tan contradictorio como decidamos los españoles. Con la emoción o con la razón.

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