pantalla de humo

Con gran novedad en el frente: Mariano Rajoy

  • Los partidos volvieron a centrar la guerra por el indeciso en la TV, pero sin rehacer la ilusión desbaratada.

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ESTA segunda temporada ha tenido mucho menos audiencia. Se ha emitido tan cerca de la primera y con tan poco nuevo que aportar que era comprensible que los alrojovivos o los hormigueros no despertaran la misma expectación que meses atrás. Se vuelve a pedir el cambio sin que los espectadores contemplen que haya intención de cambiar. Los votantes se sumaron con desgana a los argumentos, pero la guerra por los indecisos vuelve a quedarse en el aire. De pura repetición, de puro escepticismo. La nueva política estaba unida a la rebeldía, a la ilusión, a la ruptura, pero el mensaje y sensación de estas semanas sólo ha sido de reiteración y atolladero. De prometer sin realidad. De un galimatías difícil de resolver y que nadie tiene los redaños de solucionar. Como siempre, Cuatro y La Sexta, las más combativas, exponen y presentan, analizan y descuartizan. Pero tras las palabras se apaga la luz y todos quedan maniatados a los sondeos.

Lo que más ha diferenciado estas semanas de síndrome prevacacional respecto a las prenavideñas ha sido el termómetro y una presencia más activa de Mariano Rajoy, habitual remolón, con su estampa de escapista presuroso y dicción callejera atropellada. Su último programa, dejando sin resuello a Susanna Griso, apenas ha tenido expectación, un millón y poquito de espectadores en Antena 3. La gente tiene más ilusión por el futuro de Islandia. Los políticos han sido pelmazos teloneros de la Eurocopa.

Rajoy, como si él fuera otro nuevo, saluda mientras suena su merengue y se dignó a aparecer en el debate a cuatro. Salió vivo ante la terna alternativa. Fue un debate sin la mordiente y la sorpresa del anterior de Atresmedia. La Academia montó un plató que se antojaba portátil, improvisado, para unos dirigentes con palabras aprendidas y soluciones en tetra brik. El triunfador del debate fue Vicente Vallés. Y eso que era uno de los presentadores.

Rajoy, que ha venido prometiendo que no bajará los impuestos aunque pocos realmente le creen, se escapó indemne de la galería de monólogos del día de San Antonio. Con un Pablo Iglesias moderado, contenido, con discurso de silbido y karma. La impostura descarada del líder de Unidos Podemos ha ido menguando durante estas semanas hasta camuflarse en un Zapatero barbado y desaliñado. Ayer incluso aparecía en La Sexta campestre, como si se hubiera escapado de la tortilla felipista de Oromana. La invocación al presidente de la ceja encorajinó aún más a un PSOE que no encontró el sitio. Ni Pedro Sánchez ni la infantería de gala, incluido Felipe González, ha sabido encandilar en esta ocasión a través de las pantallas. Susana Díaz ha llegado a apretar los dientes. En estas horas de cuenta atrás los del PSOE confían en la remontada, en la secreta conversión de 1,2 millones de nostálgicos desafectos. Ciudadanos confía en que se sume ese 1% machacón que han mencionado en cada discurso y que revolucionarían sus cifras de D'Hont. Un 1% de centristas añadidos a la confianza de Albert Rivera, el que ha mejor mantenido su mensaje anterior, con revolución de terciopelo.

Su nombre vino a pringarse con Daniel de Alfonso, director de la Oficina Antifraude de Cataluña. Las conversaciones destapadas con el ministro del Interior rompieron los programas previstos en esta semana. La campaña giró hacia las escuchas y dirigentes populares como Pablo Casado o Javier Maroto llegaron con la masilla dialéctica a tapar la brecha mientras se olvidaban quien había sido el centro de sus iras: Albert Rivera, pero la palabra favorita de Maroto en estos días ha sido "comunismo". Para generar miedo en torno a la izquierda, palabras de antes de la guerra. Aunque la artillería explotó lejos. En el Reino Unido.

En la guerrilla de los vídeos, escaparate viral para indecisos muy despistados, el PP ha refrescado todas su puesta en escena y jugando a El Mundo Today, al que le cerraron su web paródica del presidente, llegó a pedir a Rivera que se animara a votar en azul. Desde Unidos Podemos se presentaba a una yaya felipista desencantada, paralela a la abuela de Rajoy, la "mujer mayor" que convence a su nieta redicha. Ya Ciudadanos llevó a un bar a un abuelo iluminado.

A Podemos le dio tiempo de parodiar a Star Wars para hacer vibrar a su vivero juvenil. El PSOE fue a su eje vital: la sensatez y voto útil junto a su frase totémica: "por el cambio". El público apaga la tele y cree que nada ha cambiado. Peor, nadie quiere cambiar.

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