La otra crónica

Los políticos del yo

  • Aunque estemos en una época enferma de mediocridad y de líderes sin carisma, las patologías egocéntricas del poder se contagian: incluso en alguien "invisible" de "perfil bajo" como Rajoy.

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NORMALIZADO el debate, se murió la expectación. No hay sillas vacías; no hay morbo. Los ganadores y perdedores se eligen por parroquias y ni siquiera se dan golpes de efecto con los que animar la campaña. Al final, el todos contra todos ha terminado diluyendo la vieja y la nueva política en el mismo océano en el que discurre la izquierda y la derecha de la primera y la segunda Transición. Y con una consecuencia compartida: aburrimiento y poca utilidad. Pocos indecisos sabrán hoy a quién elegir el 26-J por haber pasado dos largas horas de su vida delante del televisor y, probablemente, ningún convencido habrá cambiado el sentido de su voto y nadie se habrá replanteado cambiar la playa por las urnas.

Ni la gran pantalla ni la pequeña son sinónimo inequívoco de espectáculo. Tras la fiebre televisiva de la campaña del 20-D, el pulso electoral retorna a los formatos más clásicos y tradicionales. Ellos, los políticos, se lanzan a los paseos y al puerta a puerta -también influye lo saqueadas que están las arcas de los partidos para sacar músculo en grandes mítines pagando autobuses de seguidores- y nosotros, los periodistas, volvemos a la esencia del oficio compitiendo, alimentando y compartiendo esa batalla campal que los hooligans de la política libran en las redes sociales despellejándose sin piedad.

Ocurre, por ejemplo, con las entrevistas de toda la vida... Sobre todo si consigues bajar la guardia del candidato para navegar por la letra pequeña de los programas, ponerle contra las cuerdas y sacar a la luz esas jugosas contradicciones, salidas de tono y confesiones que tanta vida dan a una campaña electoral. Es un cuerpo a cuerpo tan efectivo -casi más- que el cara a cara. Mayor incluso cuando es un medio internacional el que arranca el titular. ¿Creerá el entrevistado que nadie en casa lo leerá?

A Mariano Rajoy lo acaba de entrevistar el Financial Times y ya hay un buen puñado de titulares con más impacto que cualquiera de sus estudiadas intervenciones del lunes. El más polémico: "No tengo un sucesor natural". El más escurridizo: "No tengo mucho en común con Reagan. Pero no era exactamente un mal presidente".

¿Exactamente qué fue Reagan? ¿Exactamente qué es Rajoy? ¿No hay "sucesor" para Rajoy o no hay sucesor "natural"? Que estemos en una época enferma de mediocridad y líderes sin carisma no quiere decir que quienes tocan el poder no puedan adolecer de unas patologías similares. El egocentrismo y el narcisismo no son exclusivos de Pablo Iglesias. Incluso alguien "invisible" y "de perfil bajo" como Rajoy -así lo definen los compañeros del rotativo británico- tiene derecho a su momento espejo y a su propia cuota de debilidades.

En su caso el mérito es mayor. Saltar de registrador de la propiedad a la política, transitar en voz baja, llegar casi de carambola a la cima del partido, ganar unas elecciones y aguantar cuatro años de presidente en la legislatura más difícil e imprevisible de la España reciente va mucho más allá de lo que sería cumplir el expediente. Más aún con personajes moviendo las sombras como José María Aznar y Esperanza Aguirre y con un tsunami de corrupción que llama diariamente a sus puertas aunque nunca le termine de golpear.

Del mismo modo que hay escritores que se convierten en su propia creación, Mariano Rajoy parece practicarlo en política. "Me estudio más que ningún otro asunto. Yo soy mi física y mi metafísica". Las conocidas palabras de Montaigne con que la periodista Laura Ferrero analiza en el Abc Cultural el boom de las autobiografías y las memorias son aplicables en la escena pública a buena parte de los personajes que transitan en los diarios, en la prensa rosa y en la de color salmón.

Si la clave es "sentirse identificado", participar de un baile de "seguridades y certezas" que contrarresten el vértigo y las incertidumbres de la sociedad actual, el candidato del PP hace bien en conservar su puesto de "líder" y sus opciones de repetir como candidato -al menos es un "derecho" que se ha ganado- por muy fuerte que pisen las nuevas generaciones -Sáenz de Santamaría, Cifuentes, Núñez Feijóo o Casado están aunque él no los vea- y por muy egoístas que se muestren las encuestas cuando se diseccionan las expectativas de unos y otros.

Ser gallego -ejercer de gallego- sería hasta un valor defendible en el contexto de esa literatura del yo que lo mismo funciona con la trivialidad y la cotidianidad que en el espectro contrario: con lo que rompe y sorprende, con lo que perturba y escandaliza... Por eso siempre habrá lectores de Andrés Trapiello o Karl Ove Knausgard para los que una simple entrevista con Rajoy ya sería una sobredosis y siempre habrá quienes sean capaces de hacer cola para comprar las memorias del actual líder del PP.

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