El Rocío

Diez horas junto a la Virgen

  • La procesión de la Blanca Paloma culmina una romeria a la que asistieron miles de personas

  • El obispo de Huelva, José Vilaplana, reza la Salve de despedida en el paso

El paso de la Blanca Paloma tras llegar a la puerta de su santuario y despedirse de los rocieros bajo la concha peregrina. El paso de la Blanca Paloma tras llegar a la puerta de su santuario y despedirse de los rocieros bajo la concha peregrina.

El paso de la Blanca Paloma tras llegar a la puerta de su santuario y despedirse de los rocieros bajo la concha peregrina. / reportaje gráfico: josué correa

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Es un estado del alma distinto. Cuando el jolgorio de las campanas de la espadaña enmudecen y se rezó la última Salve, cuando se posó su paso en el altar, todo es especialmente distinto. Es el gozo de lo vivido, lo que uno se lleva en su interior, emociones una y miles. Compartiendo alegrías, bailes y cantes. Para algunos El Rocío ha acabado, pero es cuando empieza el que se vive todos los días del año. La procesión es antesala para guardar las esencias del Rocío vivido y disfrutado.

Es un inmenso rosario con 119 cuentas que se bruñen en hermosos simpecados por toda la aldea. Cada vez es más amplio el recorrido, de Huévar a Hinojos, de ahí a Huelva, desde esta esquina a la de Gines, para regresar por la calle Moguer después de despedir a Jerez de la Frontera. El Rocío es eso en la procesión, alegría desbordada. De brazos en alto, de pedir que llegue el paso de la Blanca Paloma. De espera larga y de impaciencia en los últimos minutos, se quiere tener a la Virgen cara a cara y disfrutar del semblante.

El paso de la Virgen del Rocío navegaba en ese mar de gente que es su aldea en el Lunes de Pentecostés. Es una imagen única. ¡Qué gusta a todos verla así! Aunque a veces no siempre es posible, hay muchas personas al rededor del paso y el ímpetu por llevarla olvida los espacios libres que necesita. Hay que posarla en el suelo, que tampoco está mal para tomar un poco de aire. No es fácil estar ni siquiera junto al paso. Hay que ayudar y no estorbar, aunque todos los que presencian la procesión quieren estar lo más cerca posible. Se abren huecos para entrar y hay que ayudar a salir del paso cuando alguien pide: ¡Aire! Mientras se gobierna el paso de la Señora entre tantos hombros dispuestos a llevarla, hay padres que acercan a sus hijos. Niños que vuelan por las cabezas, otros padres los llevan ellos mismos y se abren camino con la ayuda de los que están alrededor del paso. Hay críos que son especialmente pequeños, de meses, y preocupa mucho hasta que vuelva otra vez a las manos de sus padres. Ellos no saben a dónde los llevan tantas manos en alto. Sus padres sí y se siente alegres y orgullosos de que con este gesto les haya bendecido la Virgen del Rocío.

El último Simpecado que visita es el de Moguer. Su campanil no para de voltear, se entremezcla con las palmas al compás. Es difícil caminar en este repecho de la calle para llevar el paso hasta el porche moguereño. Es la última Salve en la calle. De ahí a las puertas de la casa de la Hermandad Matriz, donde el grupo Requiebro le tiene preparadas sus mejores sevillanas.

Esa es la mañana de Huelva, la que todos esperaban, ya se abren las puertas de la capilla y se levanta el Simpecado. Los curas con más ganas de que llegue la Virgen, como unos rocieros más. Huelva le reza a dúo, con José Antonio Sosa y José Manuel Barral. Dos jóvenes sacerdotes que acaban inmersos en esa gran petalada con la que los onubenses ofrecen cada año a la Blanca Paloma. Eran las 8:45 cuando las palmas al compás del grito de Huelva, Huelva... se convierten en el saludo de bienvenida. Entre los nervios hay momentos para saber que se vive ese instante que todo peregrino busca, el estar junto a su Simpecado cuando la Virgen pasa por su casa.

Este año en el eucaliptal una ausencia, la del Simpecado de la Hermandad de Emigrantes, su sitio lo ocupa su ahijada de Cornellá. Los rocieros solicitaron el cambio para ubicarse en la esquina de la Hermandad de Gines, más cerca de su casa, y un espacio con más desahogo que en el eucaliptal, tan asfixiados por los muchos tenderetes que allí se montan.

La explanada de Gines forma desde hace unos años ese nuevo espacio para la procesión de la Virgen, dando amplitud al recorrido y cabida a tantos simpecados. Este año se adentró un poco más y llegó hasta la misma casa de la Hermandad de Trigueros, eran las 10:20.

A las 13:12 el paso de la Blanca Paloma se posa a las puertas de su ermita, bajo la concha peregrina, después de una hermosa petalada que desde su balcones realizan sus hijos almonteños. El paso se levanta y se le da vuelta para que la Virgen se despida de todos, en una explanada que está totalmente repleta de devotos.

En el interior todo camina hacia el final, son las 13:26. Diez horas de procesión con la Blanca Paloma y todavía queda el último suspiro, la última Salve. Este año tan especialmente vivida porque subió hasta el paso de la Virgen del Rocío el obispo de Huelva, José Vilaplana, para rezarle, lo hizo junto a la camarista y al párroco de Almonte. Una estampa igualmente única, como otras que seguro cada uno de los que ayer participaron en la procesión se llevarán para sus casas.

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