Iñaki Martínez · Escritor

"La 'Casablanca' de la película es en realidad Tánger"

  • Natural de Honduras (1954), Martínez ejerce la abogacía en Bilbao y la escritura, con dos novelas ya publicadas. Fue uno de los siete fundadores de Euskadiko Ezquerra que luego se integró en el PSOE.

–Iñaki Martínez ha escrito La ciudad de la mentira, finalista del Premio Nadal de este año. Espías, sacerdotes, diplomáticos y periodistas, auque el gran personaje de esta novela es una ciudad: Tánger. ¿Su pasión por esa ciudad viene de lejos?

–Sentía fascinación por Tánger, y sobre todo por el Tánger internacional, el de la Segunda Guerra Mundial. Había viajado tres o cuatro veces a la ciudad, pero en 1994 empecé a fabular con la historia de la novela. Y la escribí. Hice un primer borrador y lo encajoné, lo guardé en un cajón; yo entonces era abogado en Bilbao, no había publicado nada, había escrito relatos cortos, pero sólo para mí. Mis amigos me presentaron a un concurso y gané, pero nada más. Seguí haciendo viajes a Tánger y documentándome, y a medida que conseguía más historias y más datos me daba cuenta de que la primera novela estaba inconclusa.

–Ese Tánger de la novela, el del estatus internacional, parece que ha desaparecido. ¿Se sigue notando en algo? 

–Sí, bueno, lo sigo viendo en el Zoco Chico, el hotel Minzah, en la medina o en los cafés del Bulevard Pasteur. El periodista Haro Tecglen me ayudó mucho, me dio acceso a su archivo, el de La Nueva España, y me presentó a personas bastante interesantes. Al principio, Haro me recibió con un poco de cautela, pero cuando comencé a contarle la historia y, además, le dije que no tenía prisas, pues se abrió y fue fundamental.

–Ese Tánger es como Casablanca.

–Es que Tánger es Casablanca, la ciudad de la película de Bogart y Ingrid Bergman. La pieza de teatro de Joan Alison es Todo el mundo viene al bar de Rick, pero la película es de 1942. La productora era norteamericana, y no sólo buscaba un fin comercial, sino una cierta contribución a la épica de los aliados en la Segunda Guerra Mundial. De ahí esas escenas tan impresionantes, como cuando  cantan La Marsellesa en respuesta a esos cánticos de guerra de los alemanes. Pero la ciudad que se describe es Tánger. Casablanca era entonces una ciudad atlántica no muy grande, con un puerto importante, eso sí, pero no era un lugar donde confluían todos esos espías. En Tánger sí; Tánger era un lugar fundamental en la Segunda Guerra Mundial, en el Estrecho, a la entrada del Mediterráneo, con Gibraltar enfrente. Pero, claro, Tánger era zona internacional, y Casablanca era zona de la Francia de Vichy. Allí sí podían cruzarse los nazis, los colaboracionistas, era un escenario más adecuado para enfrentar este asunto.

–En su novela aparece un Ugarte, que es un personaje de Casablanca interpretado por Peter Lorre. Es el que se hace con los salvoconductos.

–Sí, es un guiño. Mi padre luchó en la Segunda Guerra Mundial, en el Batallón Gernika. Yo fui a visitar al comandante Ordoki, que fue su jefe, poco antes de morir y él me habló de Casablanca, la había visto varias veces y esa tarde también iba al cine. Fue un comentario. Me dijo que salía el tal Martín Urgarte, le parecía curioso, un nombre tan vasco y, bueno, pues ahí mezclé a Alison y a Ugarte con esta novela que había escrito, pero que no tenía acabada.

–Habrá notado el avance del islamismo en la ciudad.

–Sí que lo noto. Si era algo Tánger hasta la marroquinización era una ciudad de las tres culturas, de verdad; había sinagogas, iglesias, mezquitas. Me contaba una de las personas que me presentó Haro Tecglen que era muy común encontrarse a los sacerdotes, a los rabís y a los muecines alrededor de una mesa. Y eso ya no es así. La comunidad católica son pocas familias y de la hebrea casi no queda nada. No son buenos tiempos para la convivencia.

–Es usted, por tanto, un escritor de madurez.

–Siempre me gusto leer y escribir, pero tuve la ambición de publicar cuando tuviese edad. Para escribir hay que vivir, dice la sentencia.   

–Antes había publicado una novela con el trasfondo de la extorsión del impuesto revolucionario de ETA.

–Sí, Arresti. Casi sólo se distribuyó en el País Vasco. Pero esa novela la escribí en 2011 y se publicó enseguida. Iba sobre empresarios y el pago del impuesto revolucionario, pero fue una novela muy distinta.

–No sé si le sorprendió el modo en que se acabó todo esto de ETA.

–Me sorprendió el final, con este fingimiento de autodisolución, que no se sabe si existe o no existe. Pero el hartazgo en el País Vasco era tremendo. En España por supuesto, pero también allí, incluso entre sus gentes, los más cercanos a ETA, es que no se podían ni mirar ante el espejo. 

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