kenzo takada Diseñador

"La mezcla de poder y dinero es muy peligrosa"

-En la calle Asunción de Sevilla, un grupo de personas bailaban sevillanas. Lo curioso es que los cuatro guitarristas y la cantaora eran japoneses. ¿Será el gen de los samuráis que vinieron hace cuatrocientos años?

-Hay muchos japoneses que vienen aquí a estudiar y practicar flamenco. Yo salí en los años sesenta de mi país y no sabía que existía esa afición tan tremenda al flamenco.

-¿Cómo la explica?

-Cristina Hoyos me ha dicho que el flamenco es un baile misterioso y que por eso atrae mucho a los japoneses.

-¿Qué imagen se lleva de su visita a Andalucía?

-Muchas. La gratitud de los andaluces, la solidaridad con el pueblo de Fukushima. Y, por supuesto, el baile por sevillanas de Cristina Hoyos y Morante de la Puebla.

-¿Qué se le ha perdido en Coria del Río a un artista que vive entre París y Nueva York?

-Hasta hace año y medio, yo no conocía la historia de la expedición de los japoneses encabezada por el samurái Hasekura Tsunenaga. Una historia que deberían conocer todos los jóvenes japoneses.

-¿Dónde concibe el proyecto de las muñecas?

-La idea surgió en París. Las Okiagari Koboshi son unas muñecas tradicionales de la región de Aizu, en la prefectura de Fukushima. Producen un efecto de bamboleo, se inclinan hasta caer y siempre recuperan la verticalidad. La asociación que he creado ve en ellas un símbolo del renacimiento de mi país, reflejado en un viejo proverbio japonés que dice: siete veces caídos, ocho veces levantados. Es una forma de apoyar emocionalmente los esfuerzos de reconstrucción de los destrozos causados por el terremoto.

-¿Qué lección podemos sacar de la historia?

-En 1611, dos años antes de que saliera aquella expedición del puerto de Sendai, hubo un tsunami tremendo. Pese a esa adversidad, consiguieron llegar a España después de hacer escalas en México y en Cuba.

-¿Cómo se enteró del terremoto de Fukushima?

-Estaba en Mónaco y me llamó un amigo desde París. Me dijo que pusiera la televisión y comprobé las consecuencias del desastre. Estaba todo parado, no funcionaban los trenes.

-Usted llega a París en 1964, el año de los Juegos Olímpicos de Tokyo.

-Para la ciudad fue una transformación como la Expo 92 en Sevilla. Construyeron una zona nueva en la parte donde yo vivía, que era de apartamentos para extranjeros. Fuimos objeto de un desahucio olímpico, pero sirvió para abrir Japón al mundo. Hasta los Juegos, era muy complicado conseguir visado o pasaporte.

-¿Los Juegos de 2020 van a ayudar a incrementar la autoestima?

-Sin duda alguna, y abrirán más la ciudad como ocurrió con los de 1964.

-¿Qué queda por hacer?

-Yo escucho las informaciones con el corazón encogido y triste, porque las noticias sobre los problemas de la central nuclear de Fukushima nº1 resultan inquietantes; las fugas de agua radiactiva parecen interminables, y no puedo dejar de pensar en aquellos que sufren. Muchas personas trabajan día y noche para resolver los problemas que ha dejado este cataclismo sin precedentes.

-¿Ha trabajado como diseñador en el cine en el país del que salieron Akira Kurosawa, Nagisha Oshima o Shoei Imamura?

-No trabajé nunca en el cine. Conozco a una hija de Kurosawa porque está relacionada con el mundo de la moda.

-Hablaba de la Expo. ¿Conoce la obra de Tadao Ando, autor del pabellón efímero de Japón?

-Somos de la misma generación. Salimos de Japón en la misma época. Él es de Osaka y yo de Himeji.

-Un diseñador es un arquitecto del cuerpo. ¿el cuerpo humano es un edificio complejo?

-El de los japoneses es muy plano.

-¿Qué significa el símbolo de plantar un cerezo?

-En Japón es la gran referencia simbólica junto al monte Fuji. Significa autenticidad. Ha sido muy emocionante trasladar ese significado desde Japón a Coria del Río, donde hasta los niños han participado en la plantación de cerezos.

-La última conmemoración del desastre de Fukushima coincidió con el décimo aniversario de los atentados del 11 de marzo en los trenes de Madrid...

-Hicimos un acto muy emotivo en el que rezamos por las víctimas de las dos catástrofes, una provocada por la naturaleza, otra por la maldad de algunas personas sin escrúpulos.

-¿Vivió en París el mayo francés?

-Como observador.

-En la memoria de su pueblo, que conoció una guerra ruso-japonesa, ¿cómo se vive la tensión entre Rusia y Ucrania?

-No entiendo mucho de temas políticos, pero hay problemas en Ucrania, en Corea del Norte, en China. Estamos en pleno siglo XXI. Cuando el poder y el dinero van juntos, la mezcla es muy peligrosa.

-¿A qué huele Andalucía?

-Más que un olor, me quedo con un color que impactante para el japonés: el de la jacaranda, un árbol de aspecto muy oriental.

-¿Qué le ha gustado?

-Sevilla, Granada, Valencia. La mezcla de civilizaciones le da una riqueza enorme a su país.

-En Triana vivía Reichi Nagakawa, que tradujo al español al Nobel japonés Kenzaburo Oé y al japonés el Ulises de Joyce...

-No leo mucho. Tengo la vista cansada.

-¿Conoce a Yoko Komatsubara, gran embajadora del flamenco en su país?

-Tiene un hermano mayor que es actor. Todo el mundo la conoce en Japón.

-¿Una modelo de sus diseño?

-Grace Jones. Además de profesional, buena amiga. También trabajé con la mujer de David Bowie.

-El cantante protagonizó la película de Oshima Feliz Navidad, Mr Lawrence.

-También trabaja como actor Riuhichi Sakamoto, buen amigo. Lo conocí en París cuando fue con su grupo en 1985. Mucho antes de que hiciera la música de El último emperador de Bernardo Bertolucci.

-El cónsul honorario de Japón en Andalucía es Japón Sevilla, que fue árbitro de fútbol...

-La mayoría de los japoneses son del Madrid o del Barcelona.

-¿No hay japoneses del Atlético de Madrid?

-No lo sé. Entiendo poco de fútbol. Sólo conozco a Xabi Alonso, porque me lo dijo Tomiko (la intérprete) y hace de modelo. Algunos japoneses han triunfado en Italia, como Nakata, que fue el primero que salió de Japón, y Honda.

-¿Italia sigue siendo espejo mundial del diseño?

-Yo voy todos los años a Milán. Con París son las dos capitales de la moda.

-¿Cuándo se desprendió Kenzo de Kenzo?

-El año 2000 cumplí 60 años. No tenía vida propia, sólo trabajo, trabajo, trabajo. Y dije basta.

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