Edgar Morin. filósofo y sociólogo

"Hemos vuelto a la época de Vichy sin alemanes"

-En julio cumple 95 años.

-Creo que es una buena edad para seguir haciendo cosas. Colaboro con mi mujer, que es profesora de Sociología en la Universidad de Marraquech, con un programa muy dinámico y una mentalidad abierta dirigido también a los emigrantes en cursos de universidad a distancia.

-Allí vive Juan Goytisolo...

-Lo conozco. Su discurso de recepción del premio Cervantes fue muy bueno.

-¿Recuerda su primera visita a España?

-Fue en 1950 o 1951. Con unos amigos en un dos caballos a la Costa Brava. En Barcelona conocí a un hombre de Granada que había ido a buscar trabajo. A la salida del hotel lo veíamos todos los días leyendo Los Miserables de Víctor Hugo en la puerta de una iglesia. Nos llevó a Granada. También conocí Estepona cuando no había ni hoteles y era un pueblo de pescadores. Allí conocí a un hombre que abrió su maleta y sacó su uniforme de soldado de la República.

-¿Los Pirineos es un muro entre culturas?

-En mi caso, no. Por esa época descubrí el flamenco en una fiesta en Cádiz. Había soldados españoles de regiones del norte que no entendían nada y yo me aficioné a las peteneras y a los fandangos. Me recordaban las canciones francesas de los años treinta.

-¿Y la literatura?

-Hace dos años volví a Colliure. Fue emocionante oír a chicos de colegios recitar poemas de Antonio Machado delante de la tumba. Caminante no hay camino. Un amigo mío tradujo el Romancero Gitano de Lorca. Son las dos cumbres.

-Aficionado a la aviación. Una constante en escritores franceses: Saint-Exupery, Malraux, Bernanos...

-Aparte de los héroes de la Primera Guerra Mundial, hay una admiración por la aviación que surge en la epopeya de Aéropostale, una compañía que desde Toulouse hacía vuelos inverosímiles a Dakar, Río de Janeiro, Santiago de Chile.

-Tiene publicaciones sobre cine. ¿Sabe que han repuesto la entrevista de Truffaut a Hitchcock?

-El cine fue fundamental en mi vida. Perdí a mi madre cuando tenía diez años y era hijo único. Tenía malas relaciones con mi familia y mi casa eran la calle y los cines. El cine me sirvió para olvidar la realidad de la vida y para aprenderla. Me gustaban mucho las películas alemanas antes de Hitler, la época de La ópera de tres centavos de Bertolt Brecht. El cine americano, el italiano, en los años cincuenta descubrí el japonés. El coreano, el cine filipino.

-¿Iba en bicicleta como las muchachas en flor de Marcel Proust?

-Con siete años me compraron una bicicleta. Durante la ocupación de París fui en bicicleta desde Toulouse hasta Niza.

-Francia lleva ya treinta años sin ganar el Tour...

-Ahora soy más aficionado al fútbol que al ciclismo. Vi en el estadio los dos goles de Zidane a Brasil en la final del Mundial de Francia. El día de la final de la Eurocopa contra España, en 1984, había un coloquio sobre mi obra y vi que la gente empezaba a irse.

-Vio en la Maestranza el mano a mano de Castella y López Simón. ¿Cómo interpreta la muerte del toro el autor de El hombre y la muerte?

-Hay que partir de unas raíces muy fuertes, del ritual del sacrificio que está en todas las religiones. Es también el juego ancestral de la vida y la muerte, la muerte del toro, el peligro del torero. Es una experimentación que puede ser muy fea si el toro no vale, si no vale el torero, pero que puede alcanzar momentos de arte y de fascinación ritual. No se puede ver sólo con las picas y las banderillas. No es algo trivial y cotidiano, como no lo es vivir, morir, matar. Es una fiesta con un trasfondo estético y antropológico.

-Después de lo que pasó el 7 de enero de 2015 en Charlie Hebdo y el 13 de noviembre en la sala Bataclan, ¿hay que liberar de nuevo París, usted que vivió la liberación de 1944?

-Entonces París vivió la ocupación de un ejército alemán. Es una situación completamente distinta, pero se ha producido un vacío del pensamiento político, un miedo al extranjero, al otro, que son los mismos rasgos de la época de Vichy sin ocupación alemana. Hay un rasgo parecido al de entonces, una crisis económica que genera esa angustia y ese miedo. Y un rasgo distinto que tiene que ver con la mundialización: la degradación de la biosfera y el medio ambiente, la multiplicación de las armas nucleares, de los fanatismos religiosos y étnicos. En el pasado existía la ilusión de un progreso histórico, casi mecánico, según el cual mañana será mejor que hoy. Ese axioma desapareció, vivimos ante un futuro desconocido.

-¿Qué le dice la experiencia?

-Que deberíamos actuar con la conciencia de un destino común, pero se da la paradoja de que el nuevo enemigo está en la mente, en la falta de conciencia y responsabilidad.

-Usted quedó huérfano de madre. ¿Occidente ha perdido a la madre Europa?

-Es verdad que se ha producido una desintegración de la solidaridad, de todas las solidaridades. Ya no existe esa gran familia donde había muchos tíos, sobrinos, hermanos. Falta la solidaridad de la familia, de los pueblos, de los trabajos y los obreros, la de la vida cotidiana. Si alguien se cae en una calle de París, la gente delega en la Policía y en los hospitales. Lo hemos compartimentado todo con la estandarización y la mecanización de la vida. El interés personal lo ha reducido a cálculos, estadísticas, sondeos de opinión, pero con eso no se pueden medir el sufrimiento, el amor, la pasión.

-Esa reivindicación de la familia y alegato contra las máquinas que reflejaba Jacques Tati en la película Mi tío...

-Hulot es un reflejo cómico y dramático a la vez.

-¿Vivió el mayo francés?

-Escribí varios artículos en Le Monde con títulos como La comuna estudiantil, Una revolución sin cara...

-¿La nueva política es hija de aquella explosión?

-Di una conferencia en España sobre el mayo del 68, no recuerdo en qué ciudad, en la que anoté dos características del fenómeno. Hubo revueltas juveniles en varios países del mundo. En Francia, pero también en California, en Polonia, en Egipto. Y se producían por encima de las diferencias de los regímenes: capitalistas, soviéticos, democracias o dictaduras. Era una contestación estudiantil contra la autoridad simbolizada en el padre y en la política.

-¿Cuál fue su participación en aquellos hechos?

-Me tocó vivirlo en la Universidad de Nanterre, precisamente donde surgió el movimiento. En marzo de 1968, Henri Lefebvre se fue a impartir un curso a China y me pidió que le sustituyera. Viví en directo las asambleas, la aparición de Cohn-Bendit...

-¿Ha leído En busca del tiempo perdido?

-De los siete libros, me gustan especialmente el primero y el último. Proust nos enseña que la belleza está en la vida cotidiana.

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