La DUI y el valleinclanismo daliniano

  • No se hace frente a este desorden si se ven la Constitución y el diálogo como conceptos excluyentes

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La DUI y el valleinclanismo daliniano

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Hemos de dar gracias al procés porque él y sólo él ha sabido sintetizar, para mayor gloria del ruedo ibérico, el genio surrealista y el esperpento, mostrando al mundo con ello la definitiva e indisoluble unidad espiritual de España, es decir: el valleinclanismo daliniano. Eran las seis de la tarde cuando se derritieron todos los relojes, el huso horario optó por la unilateralidad daliniana para la taquicardia de un país meridional al que todavía le cuesta acostumbrarse a esa cuestión del tiempo líquido. Mas no sólo fue un problema de tiempo sino también de espacio, el Parlament, como por gracia de David Lynch, abrió un túnel transportador hacia la Cueva de Zaratustra, y allí, ay Dios mío, adaptación de Luces de Bohemia, es decir; que EL GATO dijo: Fu Fu Fu; EL CANE dijo: Guau; y EL LORO dijo: Viva España. Desde ese preciso instante todos los juristas de ambos lados del Ebro se preguntaban ¿Qué quiere decir fu, fu, fu? ¿Se trata de un fu, sobre fu que ni fu ni fa desde el punto de vista jurídico? Y ahora: ¿qué significa, en el sentido estrictamente Constitucional del término, Viva España?

Pero la cosa no terminaba ahí porque pocos son los límites de la imaginación humana. En la Cueva de Zaratustra, es decir, en el Parlament, no se votó el fu, fu, fu, ni el fu ni fa, pero los diputados comprometidos con el fu, fu, fu de verdad de la buena, otra vez fueron objeto del malvado Lynch, quien por una suerte de transbustanción, les convirtió en representantes de sí mismos, dentro de una cámara de representantes que a su vez representaba a su cámara de representantes, es decir, a todo un sole peuble, y allí, en ese un lugar inquietantemente blanco, firmaron una declaración en la que se comprometieron a fuego, ahora sí, con un fu, fu, fu en forma de República.

Cataluña no se puede gobernar desde Madrid ni Cataluña se puede gobernar contra España

Hay que reconocer que la comunidad jurídica de este país no se encuentra a la altura de las circunstancias, sepan los lectores que no hay tesis doctoral alguna sobre "Paraparlamentarismo, y derecho a decidir", y, por lo tanto, la idea de un medio parlamento que representa a un parlamento y este a toda una nación, ahora mismo no es sino un concepto jurídico indeterminado. Así estamos. Al mismo tiempo, el Tribunal Constitucional ha de convocar con urgencia dos plazas para especialistas en semiótica y estructura gramatical, para saber si ni fu ni fa invalida o no el fu, fu, fu en forma de República, de antes y de después. No sé si eso servirá de algo, en mi humilde opinión, esto sólo lo arregla una mediación patafísica de Fernando Arrabal y Alejandro Jodorowsky. Mientras tanto, el presidente del Gobierno español hace bien tirando de su propio hecho diferencial galaico para preguntar al catalán si cuando dijo fu, fu, fu, proclamaba de verdad un fu, fu, fu en forma de República, porque de ser así, entonces no quedaría otro remedio que abrir la vía para solicitar al Senado nuestro Viva España, es decir, nuestro 155, zum, zum, zum.

Ahora algo más de seriedad. Es obvio que hay algo posmoderno en el procés. Estamos ante la primera gran "revuelta" posmaterialista, una revuelta encabezada por gente que no padece necesidades pero que, en un mundo tan antiheroico como frágil, canaliza los miedos propios de su tiempo y su nostalgia de hazañas sobre un preexistente sentimiento nacional. Ese sustrato psíquico podría no haber sido suficiente para llegar a donde estamos si la tormenta perfecta de la historia no hubiese jugado a favor de obra, pero ésta lo ha hecho. Llegamos aquí, en definitiva, por una conjunción armónica entre un miedo posmaterialista y nostálgico de absolutos y la fortuna -o la desventura- histórica. Bien podría, por ello, responder todo esto a esa idea del tiempo líquido, a una forma, como cualquier otra, en la que se concreta el cansancio de la incertidumbre. Podría ser así, decía, pero no lo es porque en este caso la ecuación posmoderna se proyecta sobre un factor tan sólido y tan antiguo como la idea de comunidad nacional. La "revuelta" parecía líquida sí, pero tenía suelo, y ese elemento sólido compuesto de territorio-nación-estado, es ya desde hace unos días el que todo el mundo ve. Sólido es el conflicto y sólido es, por lo tanto, el miedo. El miedo premoderno, el miedo hobbesiano al desorden.

A este desorden no se puede hacer frente si se piensan Constitución y diálogo como conceptos excluyentes. Es decir, cumplir y hacer cumplir la Constitución no significa que haya de imponerse el status quo como necesaria salida a este conflicto. Por muy positivista que uno quiera ser, no se puede obviar que una Constitución es un pacto político, y que, precisamente por ello, el diálogo no sólo es posible dentro de ella, sino que es una exigencia de su propia naturaleza democrática. El diálogo, la deliberación democrática, cuya expresión cualitativa máxima serían los procedimientos de reforma constitucional, no son, en este sentido, sino una garantía de la propia vigencia de la Constitución. Quien, desde el Estado, y para mostrar su firmeza, quiera hacer ver que existe una contraposición entre hacer valer la Constitución y dialogar, lo que está haciendo no es sino dar pábulo a la idea de que este conflicto necesita un mediador externo, es decir, a una idea colonial de Cataluña que no se corresponde con la realidad. Cataluña no se puede gobernar democráticamente desde Madrid, pero tampoco Cataluña se puede gobernar contra España. Hay que ir asumiendo que nuestro sistema político, no ya entendido este desde una perspectiva puramente formalista, sino material, no admite a corto-medio plazo ninguna de estas dos opciones de forma pacífica. La declaración unilateral de independencia es ahora un espejismo político y económico, del mismo modo que cualquier elongación del 155 de la Constitución más allá de aquello que realmente exija el restablecimiento de la legalidad, no haría sino demostrar la propia incapacidad del Estado para suplir con normalidad la institucionalidad catalana.

Decía Don Gay, el personaje de Luces de Bohemia, que Si España alcanzase un más alto concepto religioso, se salvaba. Don Gay llevaba razón y esto vale también para Cataluña. Muy probablemente el credo valleinclanista daliniano nos ha -de momento- salvado. Dramaturgia algo líquida, lo justo para ser desdramatizada.

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