Diecisiete árboles

  • Un campesino afgano cuida la plantación que recuerda a las víctimas del Cougar

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HINDAD es una llanura de dunas y piedras rodeada de montañas ásperas al sur de Herat, capital de una de las provincias del oeste de Afganistán. Un paisaje desértico donde apenas se puede sobrevivir a los más de 50 grados que se alcanzan en verano. En medio de esa desolación hay una mancha verde formada por diecisiete árboles que crecen desafiantes en medio del secarral.

¿Por qué allí? ¿Por qué diecisiete? ¿Por qué sobreviven?

A la caída de la tarde llega Abdul. Tan reseco y cuarteado como la tierra que pisa, pardo como ella. Un enorme turbante en equilibrio improbable sobre su cabeza y un montón de arrugas profundas que asoman entre una barba larga y canosa dan forma su cara. Una cara sonriente y hospitalaria. Llega con su andar traqueteante de jorobado antiguo, acarreando dos cubos de agua que vacía con cuidado a los pies de algunos de los árboles. Luego arranca las briznas de hierba que, oportunistas, han crecido con la inusual humedad. Antes de que el sol se haya puesto del todo, desaparece con el mismo andar deforme que lo ha llevado hasta allí. Repite ese camino cada día desde hace más de dos años.

La primera vez lo hizo de forma precipitada corriendo tras la nube de humo negra que cayó desde el cielo y desapareció detrás de la montaña donde está su casa. Cuando por fin lo vio, el helicóptero era ya una bola de fuego. No había ningún superviviente. Luego supo que las víctimas fueron diecisiete. Eran hombres jóvenes que bromeaban y reían ruidosamente, mostrando dientes muy blancos, tan distintos de los pocos que le quedan a Abdul. Eran hombres que llevaban ufanos unas enormes lentes negras, y la cabeza casi rapada, ¡cómo debía picarles cuando les daba el sol! Eran hombres que no habían venido a buscar droga ni a disparar, sino a allanar caminos, repartir comida y agua clara, y arreglar las escuelas. No hablaban más que de llevar las niñas a las escuelas y las mujeres a los hospitales, tenían esas ideas raras. Y a veces les daban a los niños pequeños dulces envueltos en papeles de colores y se reían con ellos. Todos están muertos. Esos pájaros de hierro no sabían volar entre los vientos endiablados de las montañas. Luego vinieron muchos más soldados y enseguida los periodistas. Se llevaron sus restos a su país, donde los llorarían sus mujeres y sus madres. Un país lejano y afortunado, donde todos tienen casa y comida cada día.

El presidente de Afganistán, Hamid Karzai, se apresuró a expresar sus "profundas condolencias a la población y el Gobierno de España, así como a las familias y amigos de los soldados muertos en este triste incidente". Un mes después, el antiguo rey de Afganistán, Zahir Shah, condecoró a los diecisiete caídos durante una ceremonia que tuvo lugar en el palacio presidencial de Kabul.

Abdul también lamentó su pérdida, a solas y sin lágrimas, porque los hombres no lloran. Hizo un tributo de vida donde aquellos jóvenes alegres perdieron la suya. Plantó un árbol por cada uno de los diecisiete soldados muertos. Y contando sólo con sus manos y su tesón, consiguió que en esa tierra yerma y seca hasta entonces, enraizaran y crecieran diecisiete árboles.

El 16 de agosto de 2005 un helicóptero Cougar se estrelló en el distrito de Shindand al sur de Herat, muriendo en el accidente diecisiete militares españoles. Sobrevolaban la zona en una misión relacionada con las elecciones que tuvieron lugar en septiembre de ese año, las primeras en mucho tiempo. Los talibanes de la zona se apresuraron a apuntarse la medalla del derribo, pero las investigaciones posteriores no llegaron a ninguna respuesta concluyente. El Ministro de Defensa fue a recoger los cadáveres, el presidente del Gobierno interrumpió sus vacaciones y los militares fallecidos fueron enterrados en una ceremonia de estado presidida por el Rey. Desde Xinhua en China, hasta San Diego en California, pasando por Bahrein y Roma, la noticia del accidente recorrió el mundo entero. Pero pasó el tiempo y el recuerdo de los militares fue diluyéndose en las sucesivas oleadas de noticias en todos lados, excepto en sus familias de Vigo y Sevilla. Esas que quedaron rotas para siempre cuando apenas empezaban su andadura, pues los militares fallecidos tenían entre 20 y 30 años, excepto uno que tenía 39.

Aunque la gesta del jardinero de Shindand de nombre impronunciable -Abdul es un nombre supuesto- no apareció en ningún periódico, los árboles que él plantó en memoria de los diecisiete están vivos. O por lo menos lo estaban cuando los vio el año pasado otro militar sevillano cuyo nombre, afortunadamente, tampoco ha aparecido en ningún periódico.

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