Ibarretxe pone otra vela al diablo

  • El lehendakari, como ya ocurrió durante el pacto de Lizarra y con su proyecto de libre asociación, vuelve a encomendarse a los proetarras para que le alumbren el camino

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La escena del 30 de diciembre de 2004 en el Parlamento de Vitoria se reeditará hoy, aunque haya perros con distintos collares. La constancia (o terquedad, según se mire) es una de las señas de identidad del lehendakari, que sigue enredado en sus ensoñaciones independentistas con otra propuesta condenada al fracaso y que saldrá adelante en primera instancia, como hace cuatro años, con el ominoso respaldo del brazo político de ETA, un apoyo que Ibarretxe ha alfombrado con su estratégica omisión de una condena explícita a la organización terrorista en el proyecto de ley que busca hoy la mayoría en la Cámara de Vitoria para habilitar esa consulta prevista para el 25 de octubre.

"Vamos a ver si aquella alianza entre el PNV y ETA del año 1998 revive o ha muerto, yo creo que revive y que se va a hacer presente en el Parlamento vasco". Son palabras del eurodiputado del PP Jaime Mayor Oreja en alusión al pacto de Estella/Lizarra, un contrato entre los nacionalistas y la organización terrorista que alumbró la penúltima tregua. Un pacto que llegó de la mano del hostigamiento del Estado a la izquierda abertzale a raíz del asesinato de Miguel Ángel Blanco y que sirvió de lanzadera electoralista para Ibarretxe en su estreno como candidato de PNV-EA en las autonómicas de octubre de 1998. Esa fue su primera vela al diablo. Entonces las aguas bajaban mansas por Sabin Etxea, con un PNV mucho más unido que hoy por hoy, agobiado por las dudas.

No la hay de que la gran lección que se debe extraer tras el fiasco de Lizarra es que no se puede construir un marco de convivencia estable sin contar con todas las piezas del puzzle vasco. El anuncio de la ruptura de la tregua etarra en diciembre de 1999 puso la guinda a un agudizado enfrentamiento que culminó en las urnas, donde el PNV creció a costa del desplome de Euskal Herritarrok (otrora marca electoral de Batasuna) y el estancamiento de populares y socialistas vascos.

No se sabe bien si por hache o por be, por terquedad o constancia, pero la segunda vela del lehendakari al diablo estaba servida. Así, al cabo de un año, en septiembre de 2002, planteó un nuevo pacto político que debería culminar con la libre asociación del País Vasco al Estado español, rebautizado como plan Ibarretxe. El Congreso se ahorró liturgias y lo despachó en una sola sesión tras ocho horas de un debate que se mantiene inasequible a los respectivos desalientos. Entonces, como ahora, el lehendakari presenta su propuesta como la fórmula más idónea para acabar con la violencia, con la territorialidad y el derecho a decidir como archiconsolidados ejes, mientras PP y PSOE le exigen que apueste por la integración y el mestizaje con los nacionalistas sin esa imposición travestida como tierno propósito que se encierra en las dos preguntas que quiere plantear a los vascos.

Así que Ibarretxe pondrá hoy su tercera vela al diablo. No tiene otra. Sólo le queda encomendarse al PCTV-EHAK para romper el empate a 33 entre PNV, EA, EB y Aralar, a favor de un proyecto que PSE y PP no quieren ni ver. El apoyo de uno sólo de los nueve diputados de la izquierda abertzale pavimentará la convocatoria de octubre, ese caballo de Troya. El Gobierno apelará entonces al Tribunal Constitucional, la cosa entrará en barrena y el tripartito de Vitoria se presentará como víctima del rodillo españolista.

Después llegará la prueba de fuego, las elecciones vascas, donde no estará Batasuna, la baza de Ibarretxe para no quedarse otra vez a dos velas, como ya le ocurrió en las autonómicas de 2005, donde el plebiscito sobre su defenestrado proyecto se saldó con una estampida de 100.000 votos. Su cirio diabólico no estará esta vez en las urnas, pero el candidato a la reelección puede quemarse definitivamente con la cera etarra.

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