Obamas

LLEVA tiempo el PP grisáceo, deprimido, con el mismo mohín de indigestión perenne que transmite el pobre Rajoy. Se bate el PP contra enemigos versátiles, sibilinos, exteriores e interiores pero definitivamente inaprensibles. Avanza o retrocede, no queda claro, hasta que la agenda le teletransporte a 2012, elecciones generales, estación final, sometido el líder a la misma sospecha de candidato endeble que soportaron Almunia o McCain. Adapta el discurso al medio, procura modernizarse, prever el pensamiento del ciudadano, mimarlo, captarlo para el futuro.

Lucha el PP contra el espectro inabarcable -todos los espectros lo son- de su pasado reciente, contra los prejuicios insondables de la progresía oficial, contra sus propios complejos de españolidad. Cae en las trampas del Gobierno, acude a sus encerronas monclovitas, avala la megalomanía presidencial del G-20, ahora o nunca, como si la marcha de la economía dependiera de un sillón junto a los ínclitos.

Aprieta los dientes Rajoy cuando le pitan los oídos -Aznar, Aguirre, Mayor, Elorriaga-, busca algún gesto de cariño, abraza a padrinos invisibles y designa a edecanes que alarguen su ficción hasta el batacazo definitivo. Contempla abatido a Zapatero El Incapaz y envidia secretamente su éxito, su utopismo de diseño, sus paseos mundiales con traductor, sus calculadísimos golpes de efecto, su proverbial potra.

Repta el PP en el Congreso ridiculizado por un partido menor presuntamente amigo; constata su sempiterna soledad parlamentaria; acude al diván para aprender a ser algo sin que se note. Sueña pesadillas en Andalucía y Cataluña, en La Mancha, en el País Vasco, hasta en Galicia. Maldice el Estado Autonómico; se caga en su condición de formación inmutable; cocea. Se pregunta -y lo hace desesperadamente- cómo salir del hoyo, cómo remontar el vuelo. Enciende la tele. Ve a Obama. Se mira la piel. Diablos. Busquen a un afrohispano.

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