Pedro Sánchez, el hombre que quiere ser presidente

  • Ascenso. El secretario general del PSOE se acerca a un momento clave para su futuro político después de crecer de forma paulatina en un partido que no ve claro su liderazgo

LA cosa empezó con un encuentro casual a principios de 2001. José Blanco, secretario de Organización del PSOE, salía de la sede de la calle Ferraz en compañía de su jefe de Gabinete y coordinador de la Secretaría, Óscar López, que se paró con dos amigos, que presentó a Blanco. Uno era Pedro Sánchez, licenciado en Economía, al que López había conocido en Bruselas cuando el primero asesoraba al grupo parlamentario socialista europeo y Sánchez era asesor de la eurodiputada Bárbara Duhrkop, viuda del senador Enrique Casas, asesinado por ETA. El otro era Antonio Hernando, licenciado en Derecho, que trabajaba en diversas organizaciones relacionadas con el mundo de la inmigración.

Los cuatro charlaron durante unos minutos en los que Blanco se interesó por sus respectivos trabajos, y le gustó tanto su trayectoria que cuando meses después se vio obligado a ampliar la Secretaría, cada vez con más competencias -tanto que Zapatero la convirtió finalmente en vicesecretaría- pidió a Óscar López que llamara a Sánchez y Hernando, pues les quería ofrecer que se incorporaran a su equipo. Lo hicieron los dos y junto a Blanco desarrollaron una carrera que ha llevado a los tres a donde ahora están: Sánchez es secretario general del partido, Antonio Hernando portavoz del grupo parlamentario del Congreso y Óscar López portavoz del grupo parlamentario en el Senado.

Pepe Blanco cuidó especialmente a Pedro Sánchez, a quien consideraba un hombre con un enorme potencial político, aunque el amigo de verdad de Blanco siempre ha sido Óscar López, con el que mantiene una relación casi familiar. Pero fue Blanco quien se movió para que Sánchez entrara en la lista municipal de Madrid en 2003, aunque no fue concejal hasta que corrió la lista por abandonos de quienes habían sido elegidos; y fue Blanco quien se movió para que fuera candidato a las generales de 2008, aunque la postura contraria del todopoderoso Partido Socialista de Madrid, presidido por Tomás Gómez, impidió que ocupara un lugar de salida en esa lista, y sólo consiguió escaño un año más tarde tras la renuncia de Pedro Solbes. Exactamente lo mismo que ocurrió en 2011, que Sánchez tampoco fue elegido pero la renuncia de Cristina Narbona le permitió ocupar nuevamente un escaño en el Congreso.

Y ahí empezó todo. Blanco ya manejaba los hilos para convertir a Sánchez en una figura relevante del PSOE a pesar de que no pertenecía a la Ejecutiva ni al Comité Federal. De hecho antes de que se produjera la renuncia de Alfredo Pérez Rubalcaba como secretario general tras los malos resultados de las europeas de 2014, Sánchez llevaba un tiempo viajando por toda España para darse a conocer en las federaciones y mantener contacto con los dirigentes regionales. Cuando se abrió el proceso sucesorio, Sánchez era ya un nombre que sonaba entre la militancia, que fue donde Sánchez intentó hacerse fuerte para acceder a la Secretaría General. Blanco por otra parte no dudaba en pronunciar su nombre allá donde iba, daba su teléfono a periodistas para que le conocieran, tendía sus redes para que Sánchez se hiciera popular en el espacio de tiempo más breve posible.

La propuesta de que fueran los militantes los que eligieran al nuevo secretario general fue clave para el éxito, así como la ayuda de Blanco, Óscar López, Hernando y otros dirigentes próximos al ex secretario de organización que no dudaron en buscar voto a voto entre los militantes de las distintas federaciones, así como tocar a quienes dudaban entre Sánchez y Eduardo Madina, el otro candidato con posibilidad de victoria. Sánchez ganó, entre otras razones porque un tercer candidato, Pérez Tapias, dividió el voto opositor a su elección. Pocas semanas después, en julio de 2014, el congreso del PSOE ratificaba masivamente la decisión de los militantes.

Mucho ha cambiado Sánchez desde entonces. López y Hernando siguen siendo sus hombres de confianza, pero su afán de poder a cualquier precio ha dejado cadáveres en el camino, donde también se acumulan las amistades perdidas. Pepe Blanco entre ellos. La relación hoy es inexistente, aunque se nota poco porque el ex vicesecretario del partido y ex ministro de Fomento se dedica con pasión a su tarea de eurodiputado. Rubalcaba también se ha distanciado de Sánchez, y Felipe González, y Carmen Chacón, y Zapatero... aunque todos aparecen junto al secretario general cuando hace falta, por lealtad al partido.

En las regiones, no es ningún secreto que Susana Díaz tiene más interés en que Sánchez pierda la Secretaría General que en ocupar ella misma ese cargo, que dificultaría su labor como presidenta del Gobierno andaluz. Pero recibe las presiones de las personas más influyentes del partido para dar el paso, porque existe la sensación generalizada de que con Sánchez el PSOE tiene todas las de perder. De hecho, en las pasadas elecciones ha tenido el peor resultado de su historia.

Un sector importante del partido esperaba que Pedro Sánchez presentara esa misma noche su renuncia, como hizo Almunia en su momento o hizo Rubalcaba, pero Sánchez no sólo se negó sino que aspira a convertirse en presidente.

En ese empeño de ser presidente está tomando decisiones que han provocado un profundo malestar en algunos de los dirigentes regionales. Hoy, sólo la presidenta balear es incondicional a Pedro Sánchez, sólo ella. El valenciano Ximo Puig depende de los días y las circunstancias, el gallego Besteiro ha quedado fuera de juego por la corrupción, y tanto los dirigentes de Asturias como Aragón, Castilla-La Mancha o Extremadura, hombres de peso, no ocultan su descontento con algunas de las decisiones que ha tomado Sánchez. Entre ellas, negarse a dialogar con Rajoy, o mostrarse excesivamente condescendiente con Podemos o, en los últimos días, reunirse con el líder de ERC, Oriol, Junqueras, vicepresidente de la Generalitat, sin informar al partido ni antes ni después. Se conoció la noticia cuando la publicó La Vanguardia, dos semanas después del encuentro, y provocó auténtica consternación.

Siempre por lealtad al partido, esos dirigentes regionales están quietos, o casi quietos, a la espera de ver cómo acaban las negociaciones para convertir a Sánchez en presidente. Y si hay repetición de elecciones, que es lo más probable, apoyarán públicamente a Sánchez, le mostrarán apoyo público incondicional. Pero si no remonta los resultados del 20 de diciembre, le esperan con las armas dispuestas para obligarle a dejar la Secretaría General.

La mayoría del partido quiere que Susana Díaz dé el paso y presente su candidatura en el próximo congreso si Sánchez no es presidente del Gobierno. Y tiene todas las de ganar. Pero si la presidenta andaluza no se decide, alguien va a pasarlo mal porque le pedirán que se postule: Javier Fernández, el presidente del Gobierno asturiano, un hombre respetado y querido por la militancia y por los dirigentes, pero que no quiere dejar Asturias. Además, ni le interesan ni le han interesado nunca las luchas por el poder. Todo lo contrario de un Pedro Sánchez que ahora más que nunca va a por todas: ser presidente del Gobierno es su única posibilidad de mantenerse en el primer plano de la política.

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