Zapatero será investido sin hipotecas

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Zapatero será investido la semana que viene como presidente del Gobierno en una segunda votación del Congreso. Tras la ronda de negociación de dirigentes socialistas con todos los partidos del arco parlamentario, el candidato del PSOE no espera recibir nada más que los 169 votos del Grupo Socialista, aunque es probable que sume cuatro más procedentes de Coalición Canaria (CC) y Bloque Nacionalista Galego (BNG). En cualquier caso, no alcanzaría la mayoría absoluta en la primera votación.

Pero lejos de ser un inconveniente, salir investido con mayoría simple es la mejor forma de iniciar una legislatura que debe servir para resituar al PSOE en posiciones más centradas y centralistas, alejadas de los acuerdos con los nacionalistas más radicales. Con la elección de Bono y Alonso como presidente de la Cámara Baja y como portavoz socialista, respectivamente, Zapatero dio pistas de por dónde va a discurrir la acción de su Gobierno en los próximos cuatro años: España. Lo hace por convicción, pero también obligado por una parte muy importante del PSOE, que ha pagado en las urnas el éxito electoral casi personal que ha cosechado en el País Vasco y Cataluña y que no está ya para más veleidades territoriales de su líder.

Tras la cesión a CiU y PNV de dos puestos en la Mesa del Congreso por pura imagen democrática -existe un acuerdo no escrito para que la tercera y cuarta fuerzas estén en ella-, Zapatero quiere salir elegido por mayoría simple porque sabe que con ello trasladará a la opinión pública que gobernará sin hipotecas. Eso no es óbice para que, a lo largo de toda la legislatura, cierre acuerdos puntuales. Los pactos de Estado -terrorismo, justicia, educación, reforma constitucional, etc.- intentará rubricarlos con el PP. Pero el socio preferente para la política diferenciada será CiU, a pesar de que el tripartito catalán sigue siendo un serio obstáculo para el entendimiento entre ambas formaciones. La entente se manifestará a medio plazo, y Alonso está siendo su mayor valedor.

El PNV, sin embargo, ha perdido posiciones. El referéndum de Ibarretxe, la inestabilidad permanente que generan los soberanistas de Egíbar -el último episodio lamentable ha sido el inicial desmarque peneuvista de la moción de censura en Mondragón- y el posible adelanto de las elecciones en Euskadi han convertido al PNV en un aliado incómodo para el PSOE. Urkullu no acaba de transmitir el sentido de Estado con el que impregnó Imaz su mandato en el proceso de paz.

Si la elección de Bono y Alonso y la investidura estarán en la misma clave, Zapatero necesita un Gobierno que recupere la acción política para enterrar la imagen de debilidad que ofreció en determinados momentos de la pasada legislatura, en los que algunos ministros se quedaron mudos casi por decreto presidencial. La elección de zapateristas leales, que forman su guardia pretoriana de amigos, y de algunos técnicos más o menos cualificados, dan sólo para más de lo mismo. Con amplitud de miras y aparcando el adanismo que profesa hacia el PSOE, el líder socialista puede incluso dar la sorpresa con un Gabinete más cualificado. Aunque la continuidad de la vicepresidenta De la Vega como portavoz no es una buena señal. Tal como le dijo en Barcelona Felipe González, el Gobierno no ha sabido comunicar sus logros, por mucho que la vicepresidenta haya estado entre los ministros más valorados.

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