El cuento de Patxi Montilla y Bambi

Las elecciones vascas se presentan apasionantes. Como siempre y como nunca. Está en juego un modelo de convivencia, la gran asignatura pendiente de la democracia española, que miles de vizcaínos, guipuzcoanos y alaveses aún no han alcanzado la categoría de ciudadanos libres en este país. Lo que dota de singularidad a esos comicios es que la alternancia ha dejado de ser una quimera y esta vez tiene serias posibilidades de dinamitar la hegemonía del PNV, que son 30 años de nada.

Es por ello que durante los próximos meses asistiremos a una campaña de acoso y derribo contra el nacionalismo democrático rebosante de demagogia y ayuna de rigor, en la que se agitarán indecentes cocteleras mezclando terrorismo etarra y nacionalismo democrático como si fueran dos caras de la misma moneda. Y eso no es verdad. Aunque el PNV fue el partido que pactó con ETA-Batasuna en Lizarra, aunque el PNV dé cuerda a los terroristas con sus dudas sobre las torturas, aunque el PNV financie cada vez mejor los viajes de los familiares de presos etarras a lejanas prisiones, aunque el PNV se apoye sin pudor en los votos del brazo político de los terroristas para relanzar sus proyectos soberanistas, aunque la Ertzaintza lleve ya cinco años sin capturar a un miserable etarra... eso no es verdad. El lehendakari siempre ha condenado sin paliativos los métodos de ETA. Miserable es su término recurrente favorito para definir a los miembros de la organización terrorista y a sus actuaciones. Otra cosa es que las coordenadas de su deriva soberanista, cada vez más acentuada, coincidan con los objetivos de la banda, lo que da pábulo a inflamadas verborreas sobre una supuesta retroalimentación ETA-PNV. La casuística del País Vasco, ya se sabe, está envenenada.

En este sentido, Ibarretxe lamentó ayer ante los micrófonos de RNE que en ocasiones se ha trasladado a la opinión pública española la imagen de que "el nacionalismo vasco es una formulación política violenta, impositiva y sectaria, y eso no es así". Lleva razón. En lo primero, que es inaceptable. El PNV es un partido tan democrático como el que más y el segundo más longevo (1895) de España tras el PSOE. ¿Impositivo y sectario? Esas acusaciones tienen fundamento, como ponen de relieve sus inefables propuestas de consulta a la sociedad vasca. ¿Que no hay mal que cien años dure? Ibarretxe advierte que sí al respecto, por cierto.

El gran problema del PNV es que crédito y votos se le escapan entre los dedos. La alternativa se llama Patxi y se apellida López, aunque algún ingenioso ya le está bautizando como Patxi Montilla, en un paralelismo con el presidente catalán, que gobierna con el respaldo de ERC. El ingenioso -Basagoiti (PP)- quiere decir que el candidato socialista quizá se valga de los votos del "nacionalismo radical" para llegar al Palacio de Ajuria Enea. Quizá. ¿Y qué?

Lo más curioso de esta vana especulación es que la figura de Patxi (López) recuerda a la de Zapatero, ese cándido candidato socialista al que -mejor o peor intencionadamente- algunos llamaban Bambi. Que si es un buenazo, que si no da la talla, que si es frágil... Pues Bambi, ya ven, salió astuto, hábil y rocoso, entre otras peores cosas. Combina el palo y la zanahoria y tiene muy claro su camino. Como Patxi, que carga contra el nacionalismo más como adversario que como enemigo, sin demonizarlo. Ésa es la tecla. No se puede ir por la política (menos aún por la vasca) de llanero solitario, como bien ya sabe Rajoy.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios