Una definición 30 años inutilizada

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LA definición es treintañera. Y, sin embargo, tanto los sucesivos gobiernos como las sucesivas jerarquías de la Iglesia han optado por ignorarla. Éste es un Estado aconfesional. Sin micrófonos privilegiados para una determinada confesión. Sin interferencias del más allá en el más acá. Sin distorsiones que obliguen al presidente de turno a cruzar charcos demasiado fangosos. Nadie con poder para aplicar aquella ilustre letra jurídica parece dispuesto a hacerlo. Y, claro, quien se siente respondón una vez sin recibir a cambio una vehemente protesta repite el desafío cien veces más.

Zapatero ha sido incomprensiblemente blando con los obispos. Casi mimoso. Les ha mejorado el sistema de financiación, ha desterrado del programa socialista la ampliación de los casos que habilitan el aborto e incluso les ha dado carta blanca para retocar la asignatura de Educación para la Ciudadanía en los colegios de su órbita. Estos muy respetables señores han debido concluir que la generosidad legitima y refuerza su papel opinador.

Piensen no ya en el devoto Francisco Vázquez sino en María Teresa Fernández de la Vega, tan feroz, tan convencidamente progresista, tan terca cuando se trata de otorgarle verdades al rival. La vicepresidenta ejemplifica toda esa docilidad. Es asidua al Vaticano. Departe con el Papa, con Rouco y con quien se tercie, y lo hace con sus mejores galas, demostrando una exquisita deferencia. Sin duda, ésa ha sido la consigna de Zapatero. Armonía y reverencias en los asuntos que enlazan el cielo y la tierra. Por enésima vez, cuestión de talante.

La Iglesia no calla cuando se siente perjudicada. Tosió a Felipe González. Cabreó a Aznar. Pinchó a Suárez. En cada caso, mantuvo su estatus. No hubo graves arremetidas. Nadie se cuestionó fulminar sus privilegios. Sugiere Guerra que ha llegado el momento, pero al PSOE se le olvidan los propósitos de cuando en cuando en el lapso que media entre la idea y su plasmación legal.

La Conferencia Episcopal demuestra con su actitud optimismo. Entiende que su poder de persuasión es aún potente en un país que se borra paulatinamente del culto en la forma y en el fondo. Y, sin querer queriendo, incomoda al votante versátil, el que no se casa con una única camiseta sino con la que más le convenga en cada contexto. Si Rajoy tuviera algo más de vista, meses atrás habría marcado diáfanamente el territorio del PP, una extensión libre de influencias como la propia Iglesia o la AVT. Más bien al contrario, la frontera entre unos y otros se emborrona cuando hay pelea. Saque la calculadora, don Mariano. Piense si le compensa.

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