las claves

Los dinamiteros del 'procés'

  • Estertores. El independentismo ha perdido fuelle más por la cobardía y la falta de seriedad de sus promotores que por el artículo 155 y la frágil unidad de los partidos constitucionalistas

Los dinamiteros del 'procés' Los dinamiteros del 'procés'

Los dinamiteros del 'procés'

No ha sido el juez Llarena quien ha dinamitado el procés, ni tampoco la activación del artículo 155 de la Constitución, ni ha sido el Tribunal Constitucional, ni los movimientos sociales a favor de la españolidad de Cataluña, ni ha sido la entelequia de Tabarnia con su peculiar e inteligente presidente Albert Boadella. Tampoco ha sido el rey Felipe con su vibrante discurso del 2 de octubre que enrabietó a los independentistas pero movió muchas conciencias que se habían mantenido hasta entonces cómodamente instalados en la inmovilidad ante los avances de os secesionistas.

Todo eso ha ayudado y han sido elementos fundamentales, clave, para desarticular la intentona golpista-independentista, pero quienes han puesto la carga explosiva que ponía fin al llamado procés han sido precisamente aquellos que fueron procesados por el juez Llarena el pasado viernes, acusados de rebelión: Puigdemont, Junqueras y Turull. Con la ayuda inestimable de sus colaboradores más cercanos, entre ellos la que se había convertido en líder de ERC tras el encarcelamiento de Oriol Junqueras, Marta Rovira. Ante el miedo a comparecer ante el juez, ha optado por huir. Ella explica que toma el camino el exilio, cuando lo que ha hecho, como algunos de sus compañeros, como el propio Puigdemont, es algo que cualquier diccionario de cualquier lengua de cualquier país define simplemente como cobardía.

Un inciso, que por otra parte demuestra hasta qué punto son los dirigentes independentistas quienes han destrozado el proyecto que decían defender.

Puigdemont lleva cuatro meses en Bruselas, donde fue recibido con alharacas por los flamencos nacionalistas -grupo alineado con la extrema derecha, por cierto- y con un alarde de simpatía de los más importantes medios de comunicación. Hoy el panorama es muy distinto para él, y la razón es que, con su actitud, ha provocado que el proceso independentistas ya no se considere una aventura identificada con un sueño, una quimera, una aventura cargada de idealismo, sino una iniciativa que no se tiene en pie porque quienes capitanean el proyecto ya no merecen confianza ni respeto.

Bruselas no enloquece con Puigdemont

Puigdemont tiene prohibida la entrada en el Parlamento Europeo incluso para una visita de tipo privada, y la palabra cobardía se pronuncia con asiduidad entre aquellos que comentan las últimas peripecias del dirigente catalán. Ha causado auténtica indignación el alquiler de la mansión de Waterloo, con un coste de 4.400 euros mensuales que no se corresponde con la imagen de exiliado que intenta transmitir, y entre las autoridades belgas empieza a hacerse normal el comentario de que Puigdemont enturbia las relaciones con España y con las instituciones europeas, lo que les provoca preocupación.

Por otra parte, esos medios que dieron tanto espacio a Puigdemont al llegar a Bruselas, hoy han apartado su nombre de las secciones de política y las pocas veces en que aparece es en la sección de sociedad. Por ejemplo, televisiones y periódicos han tratado de forma jocosa la presencia de Boadella en Waterloo y la performance que hizo ante la mansión. Que, no hay que olvidar, se encuentra en una de las zonas residenciales de mayor nivel económico de Bruselas y de su entorno. Lo que abunda en la idea de que Puigdemont tiene poco que ver con un perseguido político.

Todo esto es una advertencia para los independentistas. Si tras el procesamiento de Puigdemont, Turull y Junqueras el juez Llarena decidiera activar la euroorden (como así ha sido)que él mismo desactivó para impedir que, en caso de extradición, Puigdemont no pudiera ser juzgado por todos los delitos que se le imputaban en España -el de rebelión tiene diferentes características en Bélgica que en nuestro país- la reacción de las autoridades judiciales belgas, y sobre todo de los medios de comunicación, sería muy distinta.

Puigdemont no es hoy un ciudadano admirado sino todo lo contrario, y ha conseguido además que se vea el proyecto independentista como algo inducido por personajes poco serios, atrabiliarios, mentirosos y que no han dudado en huir de Cataluña para salvarse de la cárcel, provocando así que sus compañeros sufran prisión porque se les ha aplicado el castigo máximo: prisión preventiva por riesgo de fuga. Castigo que podría haber sido de prisión con fianza si no fuera porque algunos de los imputados efectivamente se fugaron. La última, Rovira, que evidentemente tampoco ha ayudado, con su decisión, a que Llarena tenga la tentación de aplicar las medidas más benévolas que recoge la ley para los imputados por determinados delitos.

La pérdida de fuelle

Los dinameteros seguirán sacando pecho defendiendo el proyecto independentista, pero han firmado su certificado de defunción o, cuando menos, de debilitamiento. Si finalmente no consiguen elegir un nuevo presidente antes de dos meses, se celebrarán elecciones en las que no es fácil que repitan la mayoría actual, porque el desencanto entre su público ya ha hecho mella y las adhesiones ya no son incondicionales; han percibido claramente los independentistas que merecen líderes mejores que los que han estado capitaneando el proyecto, porque su fortaleza deja mucho que desear, que ha habido engaños sonoros y no solo de las llamadas fake news, aunque también. Y que mientras algunos se han dejado la piel arriesgando su vida personal y política, incluso quebrándola, otros sin embargo no han sufrido más que algunas molestias, las que suponen dejar su habitat natural. Pero han marcado desde ese hábitat una línea de actuación que alimentaba su ego y sus ambiciones pero hundían el proyecto de una república catalana independiente, como decían defender.,

Los sondeos indican que el independentismo ha perdido fuelle, y se comprende. En caso de que se celebren las elecciones en julio, se prevé un descenso en votos, y el reto para los partidos españolistas es presentar propuestas que capten esos votos para que no se vayan a la abstención. Pero esas son palabras mayores, no es fácil articular un proyecto que, hoy, ilusione a los que quieren una Cataluña menos españolizada, pero sin seguir el modelo que han pretendido imponer quienes han cometido todas las torpezas políticas y personales para que convertirlo en inviable, en imposible.

El 155 y la unidad no excesivamente sólida de los constitucionalistas han sido básicas para bloquear el procés. Pero quienes lo han echado abajo han sido precisamente los promotores del procés. Una prueba más de que en política sólo salen adelante los proyectos promovidos por dirigentes sólidos, rigurosos y legales. Dirigentes necesariamente valientes, con coraje. Todo eso ha faltado en los líderes del independentismo.

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