El riesgo de un brindis al sol

QUE la Reina opine debería importarnos lo justo. Las palabras de quienes no disponen son simples brindis al sol. Es comprensible no obstante que algunos colectivos se sientan atacados o humillados tras sus confesiones a la periodista Urbano en tanto es un símbolo del país y como tal debiera adaptarse a la heterogeneidad humana o al menos hispana. En el fondo, sus ganas de explayarse son lógicas. El corsé del protocolo asfixia. Y las cosas de palacio, vayan o no despacio, deben ser endiabladamente aburridas.

Dicen que España es mayoritariamente juancarlista, que no es exactamente lo mismo que monárquica. Las antipatías generadas tras la inesperada irrupción de Doña Sofía -que incluyen voces del nacionalismo, de la izquierda, incluso del PP- debieran permitirnos construir la segunda parte de la proposición: el pacto tácito se basa precisamente en la asunción de unos roles bien definidos. Reine usted, reciba generosos recursos del contribuyente y cumpla su función representativa con la eficacia tantas veces demostrada. Eso sí, no se le ocurra meterse en política. Cuestionar los nuevos derechos reconocidos al ciudadano por las Cortes equivale a ignorar las reglas. Y éstas pueden vulnerarse también desde la otra parte, habitualmente escrupulosa. De la antesala al salón del caos apenas hay unos centímetros.

Queda además la sensación de que la Corona no ha sabido moverse ágilmente al gestionar las memorias de la Urbano. Es inconcebible que las sucesivas cribas al texto original no detectaran el material inflamable. La aclaración posterior -"frases inexactas", "ámbito privado"- suena más a improvisado arreglo que a indisimulada indignación.

Aceptemos pues la división endogámica de la vida pública. El boato, los blasones y a veces la diligente conexión con otros países corre a cuenta de los Reyes, nuestro activo diplomático por excelencia -mal lo tendríamos si todo dependiera en este ámbito de Zapatero y Moratinos-. El maniqueísmo, la manipulación, las mentiras, la inoperancia y los insultos son patrimonio político. Convendría no mezclar por razones de supervivencia. Piensen sus Majestades que ningún alcalde o presidente soporta de buena gana que le roben protagonismo o menos aún que opinen de su legado normativo. Si la cosa se enquistara, si las reflexiones reales menudearan, quienes ahora se declaran fieles a este joven esquema democrático quizás cambiasen de opinión. Volverían, esta vez con fuerza, el dilema y la alternativa: República, divino tesoro, exclamarían algunos no necesariamente por razones románticas o ideológicas. La República, intuyo, acabaría con el único poder -aunque sea un poder mermado e hipertasado- ajeno a la contaminación de los partidos y sus jefes. Si esas manazas insaciables condicionaran la identidad de la máxima personalidad nacional, más de uno añoraría hasta las frases de la Reina.

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