Los riesgos del culto a la promesa

Mariano Rajoy se ha explayado. Trece páginas y la amable beligerancia de El Mundo le han permitido trazar un Gobierno imaginario y ya de paso casi seráfico. El aspirante habla claro. Presume de ser previsible, fiable, patriota, adjetivos difíciles de ensartar en su opinión al otro político en liza, ese Zapatero caótico y mentiroso. Rajoy procura recurrir al verbo sin circunloquios ni atajos, y es así como presenta su ideario, cargado de propósitos a veces buenos, otras cuestionables y a menudo difíciles de materializar.

El primero es gobernar. Ninguna encuesta adjudica mayorías absolutas a uno u otro bando, por lo que necesariamente los partidos nacionalistas sacarán pecho, chuparán cámara y pedirán la Luna y quizás alguna otra pieza del Sistema Solar. Rajoy se ha mojado: jamás retirará el recurso del PP contra el Estatut si ésa es la condición para la entente. Tampoco lanzará guiños a un PNV aferrado al independentismo travestido de "convivencia amable". A ver qué música suena cuando las matemáticas llamen a su muy elevado despacho de Génova.

ETA es el mejor ejemplo para ilustrar otro de los ejes de Rajoy: la recuperación del entendimiento entre PSOE y PP siempre que la discusión gire en torno a asuntos cruciales. Terrorismo, modelo territorial o Ley Electoral son material altamente sensible. Sería bonito comprobar que el candidato es capaz de conservar su espíritu dialogante incluso bajo el manto cegador de una abultada victoria.

Hay más. Como ésta es ya la campaña de la economía, no han faltado referencias al tema. La receta del PP es tan simple como optimista: más privatizaciones (Rajoy las llama "competencia en algunos sectores") y menos impuestos. Dan ganas de otorgarle automáticamente la victoria sólo para constatar su teoría sobre la escasa influencia del turbulento entorno internacional en la crisis patria, a su juicio atribuible al cien por cien a la ineptitud de Zapatero y Solbes.

Luego está el formidable caos del Poder Judicial. Resulta que Rajoy cree a ciegas en la independencia de los jueces. Incluso si los nombra el PSOE. Vaya. Ni unos ni otros tienen pues culpa alguna de la parálisis del CGPJ o de la batalla caníbal del Constitucional. Qué de tiempo ha llevado comprenderlo. Por si acaso, eso sí, el PP prefiere que en adelante los chicos del CGPJ se elijan a sí mismos sin interferencias políticas.

El último lote es el más apasionante: una asignatura común de Historia, banderas rojigualdas en los edificios oficiales e igualdad de castellano y catalán. La verdad es que el hombre sabe vender el producto. Ah. Maldita memoria. Está en campaña, donde prometer es tan fácil como respirar.

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