El síndrome del líder doblemente derrotado

SEGÚN Rajoy, el combate de legitimidades que libra con la aún dubitativa Aguirre en torno a la Presidencia del PP se decanta de su lado por una poderosa razón: a él lo quieren "los compañeros"; a ella, la prensa. Si fuese verdad, no parece comprensible tanto miedo al pulso. Que se sepa, los periódicos no votan en los congresos populares. Quien está tan seguro de sus fuerzas no debe esquivar un debate que probablemente tendría efectos terapéuticos en el partido, si no internamente, sí al menos hacia el exterior, donde prevalece una imagen de autoritarismo y oxidación.

Así que, si Rajoy se aferra a sus miedos, habrá que concluir que alguna duda alberga. Es lógico. Y humano. Ningún barón puede prometer -como de hecho ha ocurrido- el respaldo de los compromisarios de su comunidad. Ni siquiera el PP vota en masa. Lo hace en secreto, en un íntimo y tal vez travieso acto de libertad. ¿Acaso es que comienza a medrar en Rajoy el síndrome del aspirante doblemente derrotado? Si uno pierde ante el despreciado Zapatero, ¿no es más fácil cascar ante una camarada a la que se supone mucho más brillante sólo por pertenecer al PP?

Sin ánimo de seguirle el juego a Antonio Sanz, la señora Aguirre haría un favor al partido si se aclara, principalmente porque entonces tendría tiempo para sondear y obtener apoyos de calado más allá de Madrid. Actualmente juega en su contra la sensación de que su plataforma hacia el poder la sostienen apenas un puñado de periodistas. Está bien que Álvarez-Cascos le eche un cable, pero no se trata hoy de un peso pesado. Arenas, Camps y Sirera ya se han pronunciado. No lo han hecho otros que podrían sumarse a su proyecto y darle envergadura. El resto es encomendarse al efecto dominó y ver qué pasa en junio.

Entre tanto, se insiste en que no hay alternativas oficiales a Rajoy. Debe ser que María Cristina Castro, militante de base que prometió presentarse, es tan ajena al aparato que ni cuenta.

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