El tiburón cambia de aguas

Zaplana observa detenidamente la proyección de su figura en un espejo. ¿Qué es lo que ve? Aparte de un bronceado que se prolonga infinitamente en el tiempo, divisa un político de raza, quizá duro pero no hosco, leal a sus íntimos y fiel a sí mismo y al partido. Si son sus rivales los que se paran a evaluarlo, el reflejo de su retrato no resulta ya tan benévolo. Lo que ven es el icono de un valor fracasado de hacer política, el baluarte de la crispación y del discurso rabiosamente combativo que, sin embargo, si les valió a Blanco y a Caldera en sus cuatro años de oposición a Aznar pero no al tándem que el político valenciano, ahora millonario tiburón de las finanzas y la telefonía, formó la pasada legislatura con Ángel Acebes.

Su trayectoria de 18 años, que germinó en UCD en 1977 y floreció en el PP en la década de los 90, ha ido de la mano de una mayúscula controversia especialmente intensa tras su investigación por corrupción, de la que salió indemne. Su mejor etapa, o la más celebrada por sus íntimos, se remonta a su época como presidente de la Comunidad Valenciana, donde le recuerdan como un político de perfil moderado y simpático talante, nada que ver con la imagen beligerante que se ha labrado desde 2004 al calor de la investigación sobre el 11-M.

Creció políticamente al amparo ahora insuficiente de Aznar, del que Rajoy ha optado por distanciarse más que prudencialmente. El ex presidente lo incorporó a su gabinete como ministro de Trabajo en 2002 y, poco después, lo aupó a la Portavocía del Gobierno.

A la mayoría de 2000 siguió la debacle electoral de 2004, tras lo que optó por permanecer fielmente al lado de Rajoy en lugar de sumarse al éxodo masivo camino de la empresa privada. Rajoy obsequió su lealtad con la Portavocía en el Congreso que, como ha reconocido, vino a ser la etapa "más dura e ingrata" de su carrera. Pero esta vez no ha resistido los renovados cantos de sirena del sector privado.

Se desconoce si su decisión está más hecha de entusiasmo y deseo o de vejación y destierro, pero su marcha coincide con la renovación de caras empredida por Rajoy y el creciente protagonismo de su sucesor en tierras levantinas, Francisco Camps, al que le une una declarada enemistad y que le habría dejado aún más aislado, aunque muchos le echarán de menos.

Ha sugerido que su retirada es temporal, a la espera quizás de que se serenen las aguas en el PP, y Rajoy ha prometido que contará con él, pero si este compromiso es el mismo que el líder del PP adquirió con Rato, Piqué o el propio Aznar, la espera puede eternizarse. Juan Costa y Manuel Pizarro, relegados a una inopinada segunda fila, también podrían dar la espantada.

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