Llego a casa, pincho el recién salido último disco de Mikel Erentxun y en el segundo corte, El hombre sin sombra (2017) me anima, pase lo que pase a partir de ahora, a no cambiar, a no perder, a no caer, porque como si lo supiera, me transmite que a mí, como a él, me han acabado creciendo alas en las cicatrices provocadas simplemente por la lucha diaria contra la vida. Son ya muchos años juntos, son muchos años acompañando mi existencia como banda sonora desde aquellos tiempos en los que los sones de la ópera prima de Duncan Dhu, Por tierras escocesas (1985), me prepararon para la aventura de emprender por tierras madrileñas mi sueño de convertirme en periodista. Con Canciones (1986) mi corazón latió al ritmo ajetreado del aletear de cien gaviotas sin poder evitar pensar en María Isabel e imaginar una vida perfecta juntos en un jardín de rosas. El grito del viento (1987) me invitó a perderme en escenas inolvidables vividas en una calle de París de la mano de María José, mientras en algún lugar de algún país, que como ese París siempre era Madrid, compartíamos pasión por el periodismo como forma de vida entre partido del Atleti y partido del Atleti.

Autobiografía (1989) me acompañó a rozar la eternidad con Mari Carmen, mi fiel talismán, junto a quien la vida me honró permitiéndome que atravesáramos de la mano mares de esperanza a veces turbulenta entre salitre y sudor. Supernova (1991) puso música a momentos en los que nuestro mundo fue de cristal por los imprevistos de la vida y en los que parecía empezar a difuminarse esa casa azul que habíamos soñado como hogar. Y, como si de un presagio se tratara, Naufragios (1992) llegó en un momento en el que sufrimos en nuestras carnes que estamos a un minuto de todo, de ser y de no ser, de seguir viviendo o de morir. Piedras (1994) fue una profecía que, aunque me alertó de la llegada de nubes negras, selló a fuego en mi corazón que allá donde ella acabara estando siempre la sentiría a mi lado en ese nuestro paraíso imaginario al que Duncan Dhu llamó Capricornio. Acróbatas (1998) puso sintonía a lo peor de mí en un tiempo en el que pronunciaba su nombre en mis labios y mi soledad se abría de par en par entre un carrusel de frustraciones.

Te dejas ver(2000) me invitó a nadar contracorriente abrazado a María Dolores con el corazón a flor de piel. Tras ese Crepúsculo (2001) que me ayudó a superar, de su mano atravesé Ciudades de paso (2003) hasta desear seguir a su lado mañana y todos los días, porque soy un loco de atar cuando no la tengo en un nuestro mundo que a veces no es de color de rosas. Como otra profecía, Detalle del miedo (2010) y 24 Golpes (2012) acompañan mi Duelo (2013) a vida o muerte contra el día a día, duelo que siempre acabarán ganando esos mis Corazones (2015).

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