El tren de la bruja

La Feria del privarse

  • Hay maneras para esquivar la crisis en la Feria, como el gorroneo y el sablazo.

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PUES no, no estaba acostumbrada a privarse, tampoco a que de todo le sobrara, porque le bastaba con pedir y sabía hacerlo para que su padre accediera, con una mueca cómplice, una vez hechas las amonestaciones de rigor. Pero la situación aprieta y ella misma, ya metida en más de veinte años, sabe que no puede pedir para lo que no hay, o que no puede hacerlo con tanta holgura, o que tiene que ajustarse y apurar los momentos para los que dé. Por eso esta Feria no estrena traje de flamenca y le ha dado vueltas a una manera bien resuelta de recomponer el de otros años. Además, compinchada con algunas amigas, consiguió buen precio en un gimnasio y los kilos perdidos le han entallado el traje hermosamente. Aunque, para sus adentros, esto de no poder desenvolverse con soltura y desahogo le estaba costando, todavía más porque notaba las estrecheces que sus padres intentaban camuflar pero que se hacían bien notorias cuando afectaban, no ya a lo accesorio y más o menos prescindible, sino a lo primario. ¿Es ésta, entonces, una Feria del privarse?

Pensadas las cosas despacio, muchos feriantes decididos, y apretados, buscan la manera de salir al paso del quebranto. Y no era raro que los bancos, tan generosos en la bonanza de los buenos tiempos -¿de verdad lo fueron en el fondo?-, accedieran a esos microcréditos festivos para disfrutar la Feria. Ya puestos a incrementar el importe de las hipotecas, a fin de que también dieran para cambiar de coche, sin más avales que un trabajo de coyuntura y sueldos crecidos por la ocasión, por qué restringir esa humilde provisión de crédito que más se parecía a la antigua dita de los tenderos que a una operación financiera, si no mediara, claro está, el interés de la TAE -bien conocida es la sigla para el común de los mortales pagadores de préstamos-. Y otra forma de esquinar la falta de posibles, pero necesitada de su arte, es el "gorroneo", destreza bien característica y que puede sofisticarse hasta lo excelso cuando ya no parece que se come a costa ajena, sino que hasta el afectado acaba por sentirse complacido con el gorrón. Por no contar las formas del sablazo, con sus más dispares lisonjas, para convertir el anticipo en donación.

A pesar de todos estos recursos variopintos, la crisis -¡otra vez la bicha!- hace mella y no caben los modos de un tiempo pasado que, sí, pudo ser mejor. Por eso la feriante que arregló su traje está apurando los momentos que resulten y se encierra a estudiar con más empeño, aunque ya piense en irse donde la Feria sólo será un recuerdo.

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